
Zuloa fue el primer punto de encuentro de la jornada para varios de los creadores de la revista de humor; no faltó el brindis.
reunión de pastores, oveja muerta. Reunión de comiqueros , fiesta segura. El TMEO se vistió ayer de 'extra' -con vocación protagonista- para estrenar tercer dígito, para celebrar que, cien números después, sigue despertando carcajadas desde el papel. Que es la tapa más sabrosa de los bares y los kioscos. Que sigue meándose en todo para aflojar nuestras vejigas.
Primera sorpresa del día. Rueda de prensa con un montón de autores. Y están puntuales, logro harto complicado en cualquier cita artística -qué mala es la fama de los creadores-. Pero, sí uno se pone a pensarlo, no es tan raro. Desde hace veinte años, muchos de estos dibujantes y guionistas han cumplido religiosamente -con atea vocación- con los plazos, enviando sus desbocadas historias con la única ilusión de verlas publicadas.
"En el editorial del número 25 comparamos el esfuerzo de publicarla con el de subir al Tourmalet, ahora podía ser con los 14 ochomiles; algo de épico sí que ha tenido". Es inevitable. La reunión convoca al balance. La celebración dispara el recuerdo. La mirada se torna perspectiva. "El TMEO es el paradigma de revista marginal, al margen del pensamiento único... pero no al margen del público".
En cien años, todos calvos. En cien números, muchos caras que permanecen. Como la de Kini. Como la de Mauro Entrialgo. "Ha habido cantidad de gente que ha publicado en el TMEO, muchos se han marchado porque han encontrado un trabajo decente, otros porque se aburrían".
Risas. Las coñas se suceden. Mucha mente perversa junta. Con portada de fondo azul, el hijo ilegítimo -y en ocasiones al borde de lo legal- de Mauro orina sobre una periodista de España Directo, emulando al símbolo del fanzine, pamplonés de nacimiento, vitoriano de adopción. En la contraportada, Santi Orúe apuesta por uno de sus descacharrantes fotomontajes. "Nos hemos dado cuenta de que las campañas contra la droga lo que hacen es más drogadictos".
¿De qué va el número 100? De lo de siempre, de esa heterodoxa receta de celulosa que ha enganchado a lectores de dos décadas. Huele a imprenta. Y a tributo. Abarrots dedica su parcela "al ensalzamiento de los valores tmeístas". Ata tira de humildad. "He seguido trabajando ese humor inteligente y sofisticado que me caracteriza". Al instante -cambio de viñeta, cambio de gesto- reivindica. "Que esto no chufla sólo, hay que comprarlo; la gente se tiene que plantear que el TMEO vive de milagro, que ellos son los que lo mantienen para que sigamos haciendo el anormal".
Reunión. Balance. Recuerdos. Tiempos duros. Es día para las anécdotas, como la del calcetín. "Un día había que montar un número y no había ni un puto duro. Entonces el repartidor dijo que tenía algo de dinero guardado en un calcetín, y resultó que eran 75.000 pelas y pudimos sacarlo", recuerda Kini.
La cifra su mueve en función del que cuenta la historia. Un autor diferente, un estilo diferente. El calcetín es un símbolo. Como aquella página en blanco rellenada -ejemplar a ejemplar- con sendas pegatinas. Como el número 11 de la revista, que nunca llegó a existir, simplemente porque en el momento de entregarlo no se recordó cuál era el número anterior. Pues el 12. "Es el fallo más garrafal de la historia de la imprenta", asegura Mauro.
Por Zuloa charlan Roger, Eskiroz, Larry... Nunca eligieron ser irreverentes. Eligieron ser. Atrapar ideas en trazos, fabricar bocadillos que no se mastican pero baten mandíbulas. "A mí me tiene muy orgulloso aguantar y seguir con el TMEO", confiesa Gol, el padre de Javi el Cabrero. La compañía comiquera desciende hasta el Bodegón Gorbea. Por la tarde, habrá cómic en vivo más allá de la barra. Antes, comida en la sidrería Soka-Tira. ¿Cómo es la onomatopeya de la kupela? Cerca del Bode, descansa la sede del TMEO, escondida en un local de la calle Herrería. Tiembla solo de pensar las decenas de historias que alimentarán el chuletón y el patxaran.
Todas las semanas llegan al buzón originales de nuevos autores que quieren publicar en el TMEO. Al fin y al cabo, sólo se trata de eso, de compartir historias, de pasar un buen rato. De celebrar. "¡Hay que coger un huerto!", grita Roger, siempre surrealista. El del TMEO tiene buen abono. Orín a orín, arin-arin , ¡a por el 101!
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