
La afición albiazul pasó en dos minutos del silencio más sepulcral a la euforia.
ERA el partido más importante en la historia del club para muchos. También para Javi, hincha alavesista que, como todos, entró en un completo descontrol delirante cuando Toni Moral batió a Riesgo en el descuento. "Pasé de llorar a flipar en un solo minuto. Aún no me lo creo", decía muchos minutos después del término del rocambolesco derbi.
Mendizorroza no daba crédito a lo que había pasado, aunque la algarabía montada sumergió a la afición babazorra en la mayor fiesta que ha vivido desde hace bastante tiempo. Los realistas desplazados hasta la capital vasca sufrieron las mismas sensaciones, aunque fueron quienes tuvieron que llevarse a casa una cara amarga.
Fue uno de esos choques en los que hubo más pasión que juego y, menos mal, más goles alavesistas que rivales. Todos los estados de ánimo posibles apresaron a las dos aficiones que ayer llenaron 15.542 asientos de Mendizorroza. Sin embargo, sólo uno de los dos grupos terminaría contento y feliz. El otro, hundido.
Al derbi llegaban dos conjuntos inmersos en dos estados de ánimo radicalmente opuestos que en los prolegómenos del encuentro se reflejaban a la perfección en las dos aficiones. Los babazorros, viendo cómo su Alavés venía agonizando, estaban temerosos y cruzando los dedos para que los suyos no descendieran. En cambio, los realistas llegaban predispuestos a celebrar una fiesta.
Los compases iniciales del duelo demostraron que los donostiarras querían comerse el mundo. Así, los gritos de Goazen Erreala retumbaban ante la dubitativa mirada del alavesismo. La Real Sociedad correspondía sobre el terreno de juego a sus seguidores y los habituales del Paseo de Cervantes comenzaron a acongojarse. Hasta que asistieron en silencio al tanto de Díaz de Cerio.
El sopapo que recibieron los gasteiztarras hizo más fuerte a los guipuzcoanos, quienes ocupaban casi una cuarta parte de las gradas entre su núcleo principal y la gente que había desperdigada.
Así, a medida que se acercaba el intermedio, el estadio alavesista se iba transformando poco a poco en el escenario de una tarde grande para el realismo y nefasta para los locales. El panorama era bastante negro cuando Teixeira Vitienes señaló el descanso.
Menos mal que un tempranero gol de Adrián en la reanudación reactivó al personal. Gracias al tanto del asturiano se puede decir que también comenzó el derbi en las gradas, ya que, alentados por la esperanza, la parroquia alavesista se hizo gigante y sus coros se hicieron mucho más fuertes que los foráneos.
Y cuando mejor estaban las cosas, la Real volvió a adelantarse. De nuevo parecía que se vería un funeral alavesista a la salida de una discoteca donostiarra. Pero, caprichos del fútbol, los mágicos últimos minutos en los que el Alavés volvió a la vida invirtieron las tornas. El césped se pobló de gente muy feliz que aguantó varios minutos sobre el campo esperando a agasajar a unos jugadores que volvieron del vestuario agradecidos por el apoyo recibido.
No fueron los únicos en felicitar a la sufrida afición vitoriana pues, pese a recibir un mazazo de forma tan cruel, muchos txuri-urdines quisieron aplaudir al Alavés y dejaron en mera anécdota un amago de pelea que se produjo entre las dos aficiones tras la invasión de campo.
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