
Aganzo se desahoga con un grito y los dos brazos en alto para celebrar una victoria que mantiene al Alavés en la pelea por la salvación. Fotos: J.R.G. / J.F.
vitoria. De la desesperación al éxtasis. De una grada cabizbaja a una invasión de Mendizorroza masiva. De un final dramático a una gesta que puede pasar a la historia de oro del club del Paseo de Cervantes. El Alavés, en la prolongación del duelo, cuando sus cálculos le instalaban ya en el infierno de Segunda B, apeló a esa fe inquebrantable que, como una letanía, reiteraba poseer desde hace ya semanas. Y esa confianza, esta vez, movió montañas. El derbi, en el último suspiro, dio ese vuelco monumental que permite al conjunto vitoriano mantener sus esperanzas intactas y que, por contra, deja a la Real con posibilidades más remotas de ascender a Primera División.
Jairo, con un cabezazo certero, sembró la esperanza en el tiempo de prolongación. Apenas 100 segundos después, Toni Moral remataba de forma forzada ese balón de oro que dejaba al bloque txuri urdin destrozado y que le permite, hasta el final, pelear por la permanencia en la categoría de plata. Dos dianas épicas. Dos tantos que dejan al Alavés dependiendo de sí mismo. Dos golazos finales que rearman anímicamente a un equipo que, pese a sus errores, sus déficits y sus nervios nunca se rinde.
Y es que, en las situaciones dramáticas, este Alavés se mueve ya como pez en el agua. Poco importa que todo le venga en contra. Que un nuevo error defensivo -una pérdida de Lacen en la medular- propiciase el primer mazazo de la Real. Que, incluso, en su terreno de juego, su afición se encuentre casi en inferioridad numérica. O hasta que el travesaño resuene otra vez en la portería rival sin que la pelota quiera encontrar el fondo de las mallas en una de esas jugadas impresas en la pizarra y ejecutada casi a la perfección (Adrián envió el balón al larguero tras un saque de esquina donde Gabri asistió al asturiano).
Pese a tantos reveses, los albiazules no se achantan. De hecho, ayer acorralaron a la Real, le hicieron esmerarse en tareas defensivas y se arriesgaron a los contragolpes letales conducidos por Díaz de Cerio o Delibasic para recobrar el terreno perdido. Eso sí, el equipo de Salmerón tuvo que pasar por el vestuario para recoger sus frutos.
Con un Gabri batallador e inspirado en el pase final, el Alavés igualó la contienda. Adrián, todo potencia cuando conduce la pelota, vio en su media salida a Riesgo y lanzó su picotazo. La Real, hasta entonces reservona con un resultado que le colocaba en puestos de ascenso, requería dar otra vuelta de tuerca. Sin embargo, ya entonces el timón del duelo lo llevaba el anfitrión.
Y los de Lillo calcaron su primer tanto para dar ese segundo coscorrón en Mendizorroza. Otra pérdida de balón en zona comprometida -esta vez de Gaspar- era aprovechada por Díaz de Cerio para que Delibasic, solo en el segundo palo, batiera a Bernardo.
revulsivos En esos instantes, el Alavés podía haberse desplomado. Otros, probablemente, hubieran bajado los brazos. En cambio, el equipo gasteiztarra no se resignó a su mala fortuna. Al contrario, Salmerón rebuscó en su banquillo para colocar más munición en su ataque (Igor, Jairo y Miguel Pérez). Y, en la zaga, el guardameta albiazul se encargó de abortar un par de acciones realistas que pudieron haber sellado su peor destino -un mano a mano con Víctor y otro chut de Díaz de Cerio que salió rozando el poste-.
A la Real, con una victoria mínima (1-2), le bastaba para verse en Primera. El Sporting entonces ya perdía y el Málaga no era capaz de batir al Granada 74. Los realistas se aupaban a la segunda plaza y el reloj corría a su favor.
Pero salió el cuarto árbitro con la tablilla electrónica que señalaba cuatro minutos para el final del drama en Mendizorroza. Al Alavés se le iba la vida. La Real se veía en una nube. De repente, el bloque albiazul tuvo esos dos chispazos de inspiración que, quizá, cambian el rumbo de la historia de un club. En otro de esos centros al área, después de una jugada dudosa en la que se reclamó penalti por mano de un defensa, Jairo lanzaba un cabezazo para aferrarse a un clavo ardiendo. Y, sin tiempo para reaccionar, poco después Toni Moral marcaba otro gol en el descuento (lo hizo también al Sevilla Atlético en la era Uribe) para encender la llama de la esperanza. La gesta se merece la salvación.
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