
David Herrero pedalea por el bidegorri paralelo a la playa de Ereaga en su primer entrenamiento tras la caída de la Vuelta al País Vasco.
Elías, un cicloturista de Gorliz que aprovecha, como todos, cada rayo de sol que se cuela por la persiana que corona el cielo de Euskal Herria en primavera pensando en el reto de la Quebrantahuesos, le ha mirado de arriba abajo cuando las barreras del Metro en Urduliz han frenado al grupo. Pie a tierra. Uno. Respiro. Elías se le ha acercado de voz. Le ha dicho: "Os vengo siguiendo un rato y me ha parecido que sí, pero ¿eres tú David Herrero?". Al bilbaíno se le ha desplegado una sonrisa tibia. Ha respondido con un "sí" tímido que ha encendido, sin embargo, a Elías. En el paladar, se le amontonan las preguntas: "¿Y qué tal estás? ¿Y cómo en bici si hace nada te vi con las muletas? ¡Qué pena lo de País Vasco! Te estuve siguiendo toda la carrera y luego llegó la caída... ¡Qué pena!, ¿verdad?". La misma sonrisa primera y unos hombros encogidos son la respuesta de Herrero. Las barreras se alzan. El grupo retoma la marcha. Como el del Karpin-Galicia apenas diez kilómetros antes, en el portal de su casa de Leioa, un mes y pico después de la lluviosa tarde de Orio en la que su cadera crujió mordida por el asfalto.
Lunes al sol. La del reencuentro es una mañana veraniega de mayo. Día 12. El mundo de Herrero ha virado todo en apenas un mes. 180º a ninguna parte. Rumbo perdido. Toca reencontrarse. "Me va a costar volver", se flagela, y seguido, él mismo se consuela: "Menos mal que para cuando me caí ya había ganado una etapa, la más importante de mi carrera". Luego, guarda silencio. No le convence lo que dice. Vuelve a fustigarse. Se fija entonces en lo que no tiene. Cuento de la lechera. "Aquella etapa la ganaba, y el podio de la Vuelta lo tenía cerca, y luego, la Vuelta a la Rioja, y la Vuelta a Asturias, y la Clásica de Alcobendas.... Mayo es mi mejor mes y mírame aquí", cuenta, mientras pedalea ligero, molinillo, por el bidegorri que corre paralelo a la playa de Ereaga. Al fondo, el mar en calma. Un plato. El de su Orbea Orca, de 52 dientes, ni lo toca. No puede. "Tengo que ir con calma, por mucho que me cueste contenerme. Sería fatal para mí empezar ahora a forzar, porque he perdido musculatura en la pierna derecha y si lo hiciera correría el riesgo de que me surgiera una tendinitis que me devolvería al trayecto que más he repetido este último mes. ¿Cuál? Del sofá a la cama y vuelta", bromea. Es lo que peor ha llevado Herrero. La zozobra. El acuartelamiento. Sobre todo, recuerda con estupor las dos primeras semanas. "Fue un martirio". Amigos y familiares le mantuvieron en pie, sin derrumbarse. Jocoso. Eso, y el consejo de Pablo Lastras, quien, después de pasar por una lesión similar, le telefoneó para decirle que esas dos primeras semanas eran vitales para su recuperación, para que el hueso hiciese callo. "Me costó, pero le hice caso. Ni me moví en ese tiempo". El resultado lo certificó la radiografía que se hizo ayer por la mañana: "Todo va bien. Aún me duele algo cuando camino, pero en bici apenas me molesta. Ahora, es cuestión de tiempo, de ir poco a poco", explica. Poco a poco son sesiones dos sesiones diarias (mañana y tarde) de un par de horas, apenas 50 kilómetros, al ritmo pausado. "Hasta que la pierna derecha vuelva a coger fuerza". Para ello, se ejercitará también en el gimnasio. Ciclismo de invernadero. Poco agradable.
Herrero prefiere el de asfalto, pese a que éste le traicionase en Orio. "¿Si me acuerdo de lo que pasó? Claro, pero no he querido ver las fotos. Tampoco un dvd que me grabaron. Lo veré cuando vuelva a ganar. Entonces acabaré con el trauma", dice confiado. Las palabras se han comido los kilómetros. Baja hacia Butrón mientras la primavera le inunda su mirada. "¿Has visto esa hierba? ¡Qué alta! ¡Qué verde!". Sus ojos son los de un preso que acaba de recuperar la libertad. "Sí tenía cierta claustrofobia cuando estaba todo el día encerrado en casa. Es que los ciclistas no estamos acostumbrados, y de la noche a la mañana me vi apartado de todo". Todo es lo que redescubre a cada pedalada, en su primer día: el castillo, la recta de Maruri, el repecho de Villela, Mungia.... Ahí está el límite. Una hora. Ciaboga. Vuelve ahora sobre sus pasos. Viento en contra. Resopla. No es el de hace un mes. Ni por asomo. Lo ha perdido todo. Mientras abandona la proa del grupo para escapar del viento, recuerda esa leyenda en el ciclismo que viene a decir que cada día que no se entrena borra dos entrenados. "Puede que sea cierta. Para mí ahora es como si volviese a empezar". Lo ha dicho mientras remonta el asfalto trillado de la subida a Butrón, bajo la solana en su vuelta a empezar mientras pedalea a rueda de Carlos Canales, su primer mentor, el director ante el que dicen se presentó una tarde en su taller de Bilbao pidiéndole un dorsal juvenil. "Atácame ahora como le hiciste a Bettini en Viana", le ha dicho Canales. Y Herrero ha cambiado su sonrisa tímida por una risa sincera. La primera en mes y pico.
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