Diario de Noticias de Álava

Un cuarto con vistas

Después de haber cumplido la mayor parte de su condena, Nanclares les concede un respiro. Pueden vivir fuera de la cárcel catorce horas al día alojadas en un piso de acogida para presas. Ellas agradecen la concesión; la necesitan para reintegrase

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más de la mitad de las presas de Nanclares pierde visión desde que ingresa en la cárcel. El patio de la prisión es demasiado pequeño y los ojos se olvidan de ver a larga distancia. Otro efecto colateral de la sentencia. Al fin y al cabo, la suya allí dentro es una vida a escala y los puntos de referencia escasean. Por eso salir da a veces casi tanto vértigo como entrar. Los finales de las condenas, aseguran los expertos, son tan duros como los principios. En ese momento, a las personas que han estado un tiempo privadas de libertad, les da miedo casi todo y a casi toda la sociedad, ellas. Por eso necesitan dar el paso poco a poco y de la mano. No vaya a ser que tanta perspectiva de golpe les maree. El único piso de acogida para mujeres en semilibertad que hay en Álava nació precisamente con ese objetivo: constituir un espacio entre la prisión y la libertad desde el que volver a resocializarse paso a paso.

Durante el día conviven allí diez mujeres que están en régimen de segundo o tercer grado, y excepcionalmente algunas que gozan ya de la libertad condicional. Sus historias son todas diferentes e iguales, y sus previsiones de futuro, radicalmente honestas. "¿Mi ilusión ahora? Yo sólo quiero trabajar y empezar una vida nueva, sin conflictos a mi alrededor. Nada más". Beatriz tiene 22 años y ha pasado nueve meses en la cárcel de Nanclares. Aunque durante el último mes y medio, lo único que hacía en la prisión era dormir. A las 7.30 horas un autobús le esperaba a ella y a sus otras nueve compañeras en la puerta de la cárcel con destino Vitoria. Hasta las nueve de la noche -el toque de queda para ellas son las 21.30 horas- tenían autorización para emplear su semilibertad fuera del centro penitenciario como estimasen oportuno, siempre bajo la supervisión de los voluntarios de la Asociación de Ayuda al Preso que gestiona el recurso. La condición que les pone el programa del piso de acogida es sólo una: no estar ociosas.

En su otra casa de día, desayunan y comen, pero la mayor parte del tiempo lo invierten en asistir a talleres ocupacionales o cursos formativos. "Nuestra labor es que tengan las necesidades básicas cubiertas y analizar sus capacidades para que las aprovechen. Sabiendo qué es lo que mejor sabe hacer cada una, pueden potenciarlo", apunta Ana, una de las tres educadoras que trabaja en el piso. Allí esas mujeres dejan de ser un número. "Sobre todo les escuchamos. Llegan con una necesidad enorme de expresar y a veces no sólo con la palabra. En la cárcel se habitúan a una forma de expresarse muy distinta. Cuando llegan, te piden ayuda para todo. Ensayan para llamar por teléfono, por ejemplo. No saben qué decir, cómo relacionarse. Y les cuesta muchísimo confiar. En Nanclares aprenden a hacer todo lo contrario".

Gracias a este permiso tutelado y a la orientación que ha recibido desde el piso de acogida, Beatriz ha conseguido un puesto de trabajo en la hostelería y ha recuperado la seguridad en sí misma. Hace sólo unos días le concedieron la libertad condicional. "Estoy muy contenta. Aquí me han ayudado mucho. Te enseñan a valerte por ti misma. Te vuelves a habituar a las normas y asumes responsabilidades. Al principio es todo muy difícil y ellas te ayudan".

vidas desgastadas En la cárcel, asegura Beatriz, el desgaste al que se está sometido es además de físico, moral porque "tienes todo el día para pensar qué estás haciendo con tu vida. Y aunque parezca que no, el tiempo pasa". Así que cuando llega la hora de volver a empezar y de recuperar el sentido de la realidad que les ha atrofiado el microcosmos carcelario, el apoyo personal y humano se antoja inestimable. "En Nanclares hay talleres, y cosas por el estilo, pero la cárcel no reinserta a nadie. Estar allí es perder el tiempo. Es una escuela de delincuencia. Las chicas entran con una dificultades pero salen con más. Por eso es tan necesario apostar por este tipo de recursos que trabajan en favor de la plena integración de las personas que han pasado un tiempo en prisión", explica Ana.

Miriam ha estado encerrada más de siete años. "Me cogieron con droga nada más llegar a España. Yo me vine de Colombia porque tenía mucha necesidad. Y lo primero que conocí de España fue Nanclares. Me condenaron a nueve años".

Sus compañeras le llaman la mami y sus ganas de conversar le delatan. La suya es una historia casi de película. Abre mucho los ojos y la recuerda de carrerilla. "Las primeras personas que conocí en España fueron las funcionarias de la cárcel. Yo no tenía a nadie aquí, nadie me hacía visitas. Pero un día conocí a un hombre que estaba en el módulo uno. Me saludaba todas las noches por la ventana. Una semana después de conocerle, me comuniqué con él a través del cristal, como nos dejan hacer. Me dijo que estaba casado, pero me pidió que siguiera comunicando con él, porque se estaba separando. Me mandaba cartas todos los días. Él me dio la mano allá". Poco después hubo boda, allí mismo, en la iglesia del pueblo, durante un permiso.

bis a bis S.F.D. también ha conocido a alguien en la cárcel. "Es un chico de Guinea Bissau que está en el módulo de los hombres. Empezamos a comunicarnos todos los martes por los cristales y a los seis meses pedimos un bis íntimo". Se lo concedieron: noventa minutos juntos en una habitación. A S.F.D. le condenaron por tráfico de sustancias contra la salud pública. Ya lleva casi un año y medio encerrada. Sobre todo echa de menos a su hija. "Tiene cinco años y vive con su padre en Lisboa. Hace tres meses que no la veo". Cuando piensa en su libertad, se imagina con ella. "Lo que más quiero en el mundo es trabajar, tener un trabajo propio y digno, y conseguir un piso para vivir con mi hija".

Ya le queda menos. De momento le han concedido el tercer grado y la posibilidad de disfrutar de su régimen abierto en el piso de acogida durante el día. Como a sus compañeras. Media pensión en una habitación con vistas. Las distancias dejan de ser siempre cortas y la condena, poco a poco, caduca. Empieza la segunda parte de sus vidas.

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