
Iñaki Carretero -cuentacuentos, narrador oral, como se prefiera- y Javier Herrero, rapsoda, dos habituales de la palabra en solitario.
El escenario espera vacío. El público lo observa expectante. Detrás de él, entre bambalinas, en el backstage -o mezclado, quizás, entre la gente-, el artista templa sus nervios marcando la cuenta atrás antes de pisar tablas, repasando el diseño del espectáculo, aclarándose la garganta. Quizás lo haga en compañía de otros o puede que solo, como un cantautor, como un rapsoda, como un narrador oral...
Como tantos colegios, el de Javier Herrero, en su Valladolid natal, culminaba el curso con una fiesta, reuniendo a alumnos y padres, celebrando el final de otro círculo. Y él siempre, desde bachiller, era elegido para ilustrar la velada. "Era ese chaval al que veían más espabilado, no en las matemáticas, sino en la recitación; al que le gustaba la poesía y lo hacía medianamente bien. Por eso me cogían, para declamar las poesías que se daban en aquellos años de posguerra en Valladolid".
De la estrofa, su verbo viajó hasta el teatro amateur, donde vivió incluso certámenes estatales, con piezas como El cuervo de Edgar Allan Poe, en versión de Alfonso Sastre. Y vuelta a la poesía. Desde hace 25 años, desde que el verso habitaba en la Casa del Cordón, es el rapsoda oficial de Vitoria, curtido en múltiples y concurridas veladas.
Como él, Iñaki Carretero ha visitado con su palabra los micrófonos de Radio Vitoria . Pero su escuela fue otra. "Siempre he trabajado con la gente, en la calle, y me parecía muy interesante que pudieran disfrutar con lo que me gustaba. Dedicarme profesionalmente -lleva diez años como narrador oral- fue un rebote de la vida". Había que relatar unas historias en un colegio y nadie quería el encargo. Él aceptó el reto y abrió un camino profesional en el que la Casa de Cultura ha sido siempre paso de referencia.
Desde los quince años, Alvie Smooth comenzó a convertir sus emociones en canciones, hasta que un día el dueño de un bar le ofreció su escenario. Primero se subió en compañía de la inevitable vergüenza y del grupo Desajuste horario -tres años de recorrido-, pero al tiempo también lo hizo en solitario,en el bar Arte. "Me gustaba la idea de mezclar algo de poesía, de hacer algo más tranquilo, y me acuerdo que estaba temblando, sobre todo por saber si a la gente le va a gustar, que es lo que más miedo da".
Casi un centenar de bolos después, los nervios siguen, pero ya no son tan indiscriminados. "Ahora son por ver si sale bien, por ver si no la cagamos y si gusta. Una vez que empiezas, si la gente responde, vas bien hasta el final, pero antes estás con unos nervios..., me ha pasado estar días sin poder comer".
"¿La sensación de la primera vez que me metí al escenario?", se pregunta Iñaki Carretero. "La misma de siempre. ¿Cómo narices alguien paga o viene a verme? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quién soy yo para poder emocionar a alguien? Al final el poder de la gente es el que manda", opina este narrador oral, afincado en Izarra, que sitúa sus fuentes de trabajo en todo cuanto le rodea. "Cuando cuento cuentos soy yo, no soy un personaje, lo hago con mi sentimiento y sólo puedo contar las cosas que a mí me han impactado por algo. En mi cabeza puedo tener preparadas de golpe y porrazo hasta cien historias que puedo contar cuando me dé la gana".
Acompañado por su atril, Herrero interpreta versos, se desdobla en voces que propone la estrofa, "ayudado por el silencio, animado luego por los aplausos finales". Nada que ver su intercesión entre el texto y el público con sus locuciones en radio o sus propuestas teatrales. "En el teatro estás más amparado por una escenografía, por unos actores, un texto y una dirección".
¿Cómo salir a escena un día en que la inspiración no acompaña, en que ha sucedido alguna desgracia, en que simplemente estás enfermo o triste? "Eso son las tablas", opina Smooth, "eres cantante, pero cuando sales ahí te conviertes en un actor, tienes que hacer lo que te toca, hacer la canción y transmitirla. No siempre lo consigues, ¿eh? Yo he dado algún concierto en el que estaba anímicamente bastante bajo y, aunque intentas darlo todo, la gente lo nota. No te ve hecho polvo, pero sí que la cosa no va tan bien".
Hay que darlo todo, cueste lo que cueste. "Si el público ha venido... Yo he hecho una obra de teatro y hora y media antes me habían dicho que se había muerto un amigo. El público ha venido y no puede notar si estoy bien o mal, ha venido a escucharme Hay que hacer de tripas corazón", afirma Carretero, mientras que Herrero apunta a uno de los talones de Aquiles de todo artista. "En nuestro caso, la clave es la voz, si te pillas una afonía es terrible, tienes que recitar con el alma".
Las tablas también suponen lidiar con el público. Alvie ha esquivado borrachos invasores de escena, pero también ha visto cómo una espectadora lloraba todo un concierto. Sus temas románticos habían abierto la espita. También hay que saber surfear la velada. "Hay momentos en los que se van, en que la cosa baja y la gente pierde la atención. Es un ejercicio estar pendiente de eso. Antes hacía un listado de canciones y lo seguía a rajatabla, ahora dependiendo de cómo esté la gente a veces cambio el orden"
Iñaki Carretero todavía recuerda una anécdota reciente, en Tenerife. "Entre una platea de trescientas personas había un hombre totalmente calvo que sobresalía veinte centímetros sobre todas las cabezas y estaba totalmente serio. Yo decía no sonríe, no sonríe, y me puse nervioso porque me parecía que lo estaba pasando mal. Al final dejé de ver su cabeza, fui a mi bola y salió genial. Al acabar la sesión vino el señor a felicitarme porque le había emocionado. Me dijo: es que yo no expreso. El público puede ser muy diferente".
Iñaki, que no para de itinerar sus relatos, reivindica su labor -"no hacemos ni teatro ni monólogos, somos los grandes desconocidos"-, enraizada en la tradición, en la juglaría, en una tradición previa a la escrita. "No somos el cuentacuentos de los miércoles, tenemos nombre. En Francia y en Brasil se llenan teatros y se nos llama narradores, en Colombia no existen cuentacuentos para niños, sino para mayores. La narración ha sido siempre para mayores; ahora hay para niños. Y a mí me gusta trabajar para ellos. Es el público más difícil de atraer. El niño y el adoslescente, como se aburra, te boicotea".
Antonio Machado, Miguel Hernández y Pablo Neruda son los autores de referencia de Javier Herrero, que prepara un recital centrado en la picaresca, siempre buscando la variedad en sus propuestas. Sus recitales se cuentan por llenos, pero es consciente de la influencia del verso. "Juan Ramón Jiménez lo decía, que la poesía era cosa para una infinita minoría. Yo veo el aforo lleno y me entra una satisfacción tremenda. Han acudido a lo que tú vas a ofrecerles". Esa intención y silencio son las únicas condiciones indispensables para los tres. "En un recital se requiere un espacio más íntimo, más pequeño, parece que estás más acogido, se forma esa simbiosis. El poeta, el transmitidor de la palabra; y la parte más importante, el público".
Si el público se vuelca, da igual cien que veinte, aunque "si baja de cinco ya estás un poco tenso", bromea Alvie Smooth, que apuesta cada vez más por eliminar las distracciones, por dar protagonismo a la palabra. "De lo que me he dado cuenta con el tiempo es de que cuanto más solo vas, cuanto menos haces -por ejemplo, si no tocas la guitarra y solamente hablas o cantas a capella- la gente te hace todavía más caso y se queda más con lo que haces. Según vas añadiendo elementos -guitarra, músicos, coros-, la gente va perdiendo atención a lo que quieres decir. Uno se queda con la música, otro con los gestos, otro con que la cantante está buena. En cambio, si quitas cosas, la gente se queda más con el mensaje".
Iñaki también prefiere esa cercanía, esa intimidad. "A mí me gusta mucho mirar a la cara. Trabajo en teatros, pero me encantan los sitios pequeños, que me puedan oler, esa sensación de que la gente necesita escuchar y que tú también necesitas contar lo que tienes dentro; contar sin especificar demasiado, para que cada uno lo meta en su experiencia y sienta lo que quiera".
La formación literaria de Carretero es la misma palabra. Padece dislexia, lo que -paradójicamente- no ha hecho sino acrecentar su conexión con el público. "Gracias a este problema -que no es problema, para mí es un don- me dedico a lo que me dedico y cuento de la forma que cuento", afirma sonriendo, a punto de partir en busca de un nuevo público. ¿Dejaría alguna vez de contar? "Por qué no?", responde, matizando pronto que sólo habla del terreno profesional. "Eso no quiere decir que en un momento dado me junte con cuarenta chavales y se me ocurra contar una historia y les tenga tres horas".
Como Javier, Iñaki y Alvie, muchos esconden en su interior las ansias de mostrar lo que sienten, emociones en forma de relatos, de poesías, de canciones. "Que lo intenten. A muchos nos pasa que crees que no eres lo suficientemente bueno cómo para subirte a un escenario y no quieres dar ese paso. Pero todo el mundo tiene cosas que aportar, no tienes que ser un virtuoso. En el mundo de los cantautores pasa, no hay muchos virtuosos de guitarra, de voz, incluso algunas canciones no dicen demasiado, pero llegan. Es bueno intentarlo, subirse al escenario y sentir lo que es eso". Sentir que otros sienten.
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