
Arkaitz Durán, durante una carrera en 2007.Foto: D.n.a.
Bilbao. "¿Qué ha cambiado del año pasado a éste?". La pregunta, incómoda, se ha subido a un autobús en Bilbao y ha partido en busca de Arkaitz Durán (Gasteiz, 1986), el ciclista prematuro, el único en la historia del ciclismo estatal que cambió un dorsal juvenil por uno profesional en 2005, cuando firmó por cuatro años con el Saunier Duval de Josean Fernández Matxín, aunque no llegase a debutar hasta mediada la temporada, hasta el Gran Premio de Laudio de hace ya tres campañas. La pregunta sigue en el interior del autobús. "¿Qué ha cambiado del año pasado a éste?". Deja atrás Gasteiz, la localidad natal de Arkaitz, la de su padre, Benito Durán, un notable ciclocrossista de la década de los 80 al que su hijo, cosa de los jóvenes, apenas recuerda sobre una bicicleta. Sigue su camino. Al sur. Decidida. Hasta Segovia, la ciudad de Pedro Delgado, el acueducto y el cochinillo. Tradición. Pasado. Allí se refugia el futuro. Un cuerpo estirado y espigado que se acurruca al pie de la Sierra de Madrid, la que esculpe sus piernas, las afila, las hace escaladoras. Navacerrada, una montaña con voz de anciana, le alecciona. En Segovia pasa el alavés, junto a su novia, épocas intermitentes. La pregunta le ha hallado allí, recién duchado, tras de un entrenamiento de cuatro horas.
"¿Qué ha cambiado del año pasado a éste?". Lo medita. Poco. Es joven. "No sé, quizás la confianza. He hecho tres temporadas de profesional y, aunque sigo siendo muy joven, he trabajado para mis compañeros y así, a la sombra y con la confianza de mi director, he ido creciendo. Este año creo que estoy empezando a demostrar que tengo un sitio en profesionales", asegura el corredor, quien en el arranque de la temporada ha mostrado su mejor versión, la que esperaba su entorno. Dicen los que le vieron, que en la Vuelta a Andalucía sus piernas estaban entre las más poderosas. Sobre todo en la etapa reina, la que encumbró a Evans. "Aquel día me hundí al final -recuerda-. Me quedé sin fuerzas tras gastar mucho durante toda la etapa. Pero estoy satisfecho, las sensaciones son buenas", asegura.
Su tono es suave, una máscara amable tras la que se esconde el resquemor. Se lo provoca su pasado. Le pesa. Los tres años como profesional. El gatillo de la crítica. "No es que sea dolor, porque siempre he tenido confianza en mí. Sé que tengo cualidades, pero lo que pasa es que es difícil estar delante. Ahora mismo no veo a nadie que esté ganando carreras con veinte o veintiún años. El problema es que al pasar, la gente creía que iba a ganar desde el principio. Eso no es así. Esto requiere dos o tres años de aclimatación", se defiende el corredor, quien fulmina luego. Certero: "La gente tenía mucha prisa, alguno quizás tuviese ganas de que yo no anduviera, que me saliesen mal las cosas. Yo nunca he hecho caso".
Durán reconoce, sin embargo, que los tres años han sido difíciles. Dice que hubo momentos en los que no disfrutaba, que entrenar día tras día para hacer el cien le minaba la moral, que entonces, cuando dudaba, se refugiaba en Benito Durán, el ex ciclista, el padre, en Matxín y en su propio ego. "Nunca me he sentido inferior a nadie". Un salvavidas que llegó a resquebrajarse. Durán se descuido. Se diluyó. El director basauritarra se dio cuenta de ello. Le delataron la cinta del manillar y las cubiertas. No las gastaba. "Es cierto, no lo niego. Pero soy consciente de que con esta edad es difícil mantener la cabeza. Tienes bajones. Es que se hace duro entrenar para no ganar, para no brillar. He cometido fallos, pero he aprendido. He dejado atrás los momentos difíciles", se excusa.
Algo ha cambiado en Durán. Ha madurado. A los 21. Incongruente. Real. "Ahora tengo ventaja con respecto a la gente de mi edad por haber pasado tan joven". Desplaza así las dudas: no se arrepiente de aquella firma que le unió al Saunier Duval. Dice que psicológicamente se ha hecho fuerte, que sale reforzado de una época dura que le ha reportado una base sobre la que sustentar un físico inigualable, de atleta. Guarda estos tres años en un baúl. Recuerdos desordenados. "El de Laudio, el de mi debut, no lo olvido".
Reserva para el Tour Cuando en 2004, en juveniles, Arkaitz ganó 20 carreras, soñaba ya con el Tour, la mejor carrera del mundo. "A mí me gustan más las vueltas que las clásicas. Por eso sueño con ganarlo", dice. De ganarlo está lejos. Algo menos de disputarlo. Matxín le ha incluido, como a Beñat Intxausti, la otra perla de la factoría amarilla, en la lista de reservas para la ronda gala. "Me dijo que si iba bien que era posible que corriera. No me asusta. Los corredores son los mismos que el resto del año", dice.
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