Editorial
Obispos, fe y voto
La jerarquía de la Iglesia Católica se ha vuelto a quitar la careta tras una legislatura de permanente crispación y oposición frontal a la aprobación de ciertas leyes que chocan con la idea la
familia cristiana que defiende como única y verdadera. Pero el salto que ha dado la Conferencia Episcopal con el documento de orientación de voto que expuso ayer es cualitativo, y poco importa que le asista legitimación para hacerlo (la tiene, como también recibe dinero procedente del Estado). Con motivo de las elecciones generales del 9 de marzo, los obispos piden el voto para los partidos que "no defiendan la negociación con los terroristas" en un sencillo silogismo para solicitar el voto al PP. Habría mucho que objetar a tan simplista apreciación porque es público y notorio para toda la sociedad (y más para la vasca, que afortunadamente no tiene que sufrir el bombardeo sistemático de medios estatales) que el PP también negoció con ETA cuando estuvo en el poder. Lo que sorprende es el descaro del documento, fiel a la deriva integrista que está sufriendo la jerarquía eclesial en los últimos tiempos de la mano de purpurados como
Rouco Varela
o del obispo auxiliar de Madrid y portavoz de la Conferencia Episcopal,
Juan Antonio Martínez Camino . A algunos desmemoriados dirigentes católicos habría que recordarles que con motivo de las elecciones de 2004, y en su documento
Votar es un derecho y un deber no se realizó ninguna mención a las negociaciones que el Ejecutivo dirigido entonces por José María Aznar había mantenido con dirigentes de ETA. En la declaración, los obispos cargan, sin citarlo, con dureza contra el PSOE y contra todos aquellos que hayan aprobado los consabidos avances sociales, es decir, todos menos el Partido Popular. Tras una lectura detallada del documento, lo lógico es que, con la sinceridad que se les presupone, determinados dirigentes como Rouco Varela o Martínez Camino den un paso más sin complejos y se incorporen a las listas del PP, o se presenten con un partido propio, al más puro estilo de la democracia cristiana italiana de la época de la Guerra Fría. Y no es difícil colegir que uno de los beneficiados por lo ultramontano del documento es
Rodríguez Zapatero, ante la incredulidad de los centenares de miles de católicos de bien que asisten perplejos a la ilógica deriva de su jerarquía.