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Tribuna Abierta

La traducción en los conflictos

por joseba iriondo enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

llegar a un país que tan sólo conoces por los libros o la prensa y no entender ni palabra del idioma local es algo habitual para un enviado especial que ha de acudir a lugares diferentes ; puede ser el urdu en Pakistán, el pashto en la frontera de Afganistán, el darí en Kabul, el farsi en Teherán o el cada vez más hablado árabe en Bagdad. A muchos de nosotros, todas o la mayoría de esas lenguas nos resultan extrañas. Tenemos que informar y no entendemos lo que dicen los habitantes del lugar, lo que sin duda resulta bastante incómodo. Coges un diario local y no te enteras de nada. Lo mismo con la tele o las radios. Esa es la razón por la que los fisher se convierten en colaboradores indispensables de los enviados especiales.

Un fisher es un conseguidor. Es quien conoce la lengua y las costumbres locales, el que sabe quién es el líder de tal grupo, el que oye que las carreteras entre tal y cual ciudad son peligrosas. El periodista necesita esa información que no entiende. El fisher necesita los dólares que trae el periodista. Lo que los une es el interés aunque, desgraciadamente, también podríamos decir que muchas veces lo que los une es el hambre. Los dólares son el eslabón imprescindible entre el traductor y el informador, que se entienden en el idioma de los dólares, es decir, en inglés.

En la conflictiva frontera entre Pakistán y Afganistán hablan un curioso idioma. También podría serlo completar la lista de todos los idiomas que utilizan, incluso saber de cuántas lenguas se trata. El urdu y el pashto, por ejemplo, son muy similares fonéticamente. Pero adentrarte en Afganistán con un fisher que no conozca el pashto es como ir con un zarauztarra: los dos son extranjeros. Sin embargo, el traductor necesita los dólares, por lo que no suele resultar sencillo que reconozcan motu propio que desconocen la lengua del otro lado de la frontera; no hasta que ya es demasiado tarde, cuando ya has cruzado la frontera y no hay vuelta atrás. Por eso hay que estar con los sentidos alerta y aguzar el oído.

El salario de un fisher que se maneje bien en inglés oscila en torno a los 100 dólares, ¡100 dólares por día! No hace falta hacer muchos cálculos para imaginar el negocio que puede resultar, en esos países, trabajar durante una semana para un periodista extranjero. Con frecuencia, consiguen en siete u ocho días el sueldo de todo un año. Y es que los medios de comunicación -especialmente los más poderosos- están dispuestos a pagar lo que haga falta para estar en el lugar adecuado en el momento preciso. Y suele tratarse de lugares incómodos, en ocasiones también peligrosos. "Estáis locos. ¿Por qué diablos venís a sitios como éste poniendo vuestra vida en peligro?" Eso fue lo que nos preguntó Ahmed, un refugiado afgano, nuestro simpático fisher , a Ander, a Iñaki y a mí cuando supimos que en la carretera por la que circulábamos habían acabado con cuatro periodistas. "Porque nos gusta nuestra profesión", le respondimos. No lo entendía. Él había venido con nosotros desde Pakistán para ganarse un buen montón de dinero. En su opinión, tantos dólares merecían correr ese peligro. Pero, ¿por qué se arriesgaba alguien que tenía todo aquel dinero? No hay duda de que hablábamos idiomas diferentes.

Tal vez el lector piense que en esos países, los informadores extranjeros resultan fáciles de manipular al desconocer las lenguas locales. Es posible que sí, que nos engañaran alguna vez, una o doce. Pero el lenguaje no es algo únicamente verbal. También a través de las miradas, de las reacciones, del tono y el volumen de las palabras… nos llegan valiosas informaciones. Ese fue el lenguaje en el que nos llegó aquel día la información de que habían asesinado a nuestros colegas al borde de la carretera. Miradas nerviosas, gritos, carreras. Era suficiente para comprender que había llegado el momento de preparar las maletas y deshacer camino. No fue necesario que Ahmed nos lo tradujera o lo interpretara. Lo entendimos. El traductor no quería que sus dólares llegaran a la frontera en un largo cajón de madera, y también nosotros teníamos mejores planes para los siguientes días. Que nos guste nuestro trabajo no quiere decir que estemos deseando someternos a más peligros de los necesarios. La necesidad es una buena traductora. Quizá no tanto como el hambre. En los países muy empobrecidos aprender inglés es una de las maneras que muchos refugiados tienen para conseguir un sueldo aceptable. Ese era el caso de Ahmed. ¡No hay nada como el hambre para ayudarnos a entender y a hacernos entender!

* Periodista. Artículo traducido por ItzulBaita

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