Diario de Noticias de Álava

El reclamo de la historia

El castro de Henayo, en Dulantzi, fue declarado Conjunto Monumental el pasado martes y pronto se convertirá en un enclave turístico. Invita a viajar tres mil años en el tiempo para reencontrarse con indígenas de la época pre-romana

Parte de la muestra dedicada a Henayo que alberga el Museo de Arqueología.Foto: alex larretxi

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lUCÍAN pulseras, utilizaban calzado, jugaban con sus perros y se relamían comiendo queso. Vivieron hace 2.800 años pero, si alguno de ellos se diera un paseo por Vitoria, "quizá pasaría desapercibido". Así lo intuye Armando Llanos, director de las excavaciones del castro de Henayo, declarado Conjunto Monumental el pasado martes. Nada queda sobre la loma desde la que se divisa Dulantzi y en la que se asentaban nuestros ancestros, pero ya está en marcha el proyecto turístico que nos reunirá con ellos.

La declaración de Bien Cultural ha llegado 30 años después de que el equipo dirigido por el arqueólogo Armando Llanos descubriera un poblado que se remonta al siglo XVIII antes de Cristo. Fue en 1969 cuando encontraron los primeros vestigios: adornos, cuencos y herramientas de hace 28 centurias. Entre todas las piezas del puzzle, hubo una decisiva: los restos de una casa pre-romana y lo que quedaba de muralla. "Fue un caudal para reconstruir la organización de los pueblos indoeuropeos", explica Llanos. Su investigación se enmarcaba en un plan de estudio de la Edad del Hierro, que abarcó otros yacimientos como el de Oro, en Zuia, y la Hoya, en Laguardia. Este último constituye ya un reclamo turístico.

El poblado de Henayo seducirá a los visitantes desde 2008. Para ello, el Ayuntamiento de Dulantzi encargará la reconstrucción de dos casas parejas a las de la Edad del Hierro. Entrar en ellas supondrá sumergirse en tiempos remotos, y un guía se encargará de enfilar la fantasía a través de un recorrido por las huellas de aquellos habitantes indoeuropeos. Ellos no tenían que esperar a que les tocara una casa en un sorteo. Construían una estructura circular de piedra, hacían acopio de ramas y se ponían manos a la obra. Tras colocar postes verticales, forraban la armadura y la revestían de arcilla. Después, hacían un techo con ramas y lo forraban con paja o con tepe -tierra cubierta de césped-. Sin entrega de llaves, ya podían entrar a vivir.

Dentro tenían un hogar , entendido como lugar donde se encendía la lumbre. Nada de habitaciones. La familia compartía un mismo espacio de 20 metros cuadrados. "Eran cuatro o cinco personas de media", señala Llanos. También tenían un hogar fuera para los días de verano.

Desde la loma de Henayo ahora se contempla un paisaje sin apenas arbolado; en la Edad de Hierro, todo el territorio era bosque. Así que nuestros ancestros recogían bellotas de los robles, las cocían y hacían aceite. También había pinos, algo que puede dejar indiferente a cualquiera pero que, sin embargo, no es ninguna obviedad: "Ahora no hay coníferos. Encontramos restos de maderas quemadas y nos sorprendió", aclara el arqueólogo. Tan frondoso era el terreno que es posible que los habitantes del asentamiento deforestaran alguna zona para recoger madera, cultivar la tierra y proporcionar pasto al ganado.

su forma de vida Animales no les faltaban: perros, cerdos domésticos y caballos eran parte del poblado. Cazaban jabalíes, ciervos y corzos; poseían cabras y ovejas que les proporcionaban leche. No presumían de denominación de origen, pero eran diestros en hacer quesos. El trigo también formaba parte de su menú; al menos en Henayo han encontrado granos centenarios.

Y cuando había sed, o al arroyo -hay dos en las faldas de la loma- o a beber del cuenco en el que almacenaban el agua donada por el cielo. No es de extrañar que el divino lugar que ahora concedemos a los trebejos tecnológicos lo identificaran con las alturas y la tierra.

Al fin y al cabo, son muchas las formas de las que se puede cubrir una misma brecha que se repite en todas las eras. Por ejemplo, la inclinación a la coquetería: "En el Museo de Arqueología de Vitoria se exponen las pulseras de los habitantes de Henayo. Son de tipo torques, es decir, abiertas en la parte anterior con una herradura circular", aclara Llanos, quien más de cerca conoce el poblado pre-romano. Imperdibles y hebillas son otros de los complementos que usaban entonces.

La cerámica la abrillantaban "hasta que quedaba como el charol", señala este veterano alavés. Empuñaban sus afiladas espátulas y realizaban incisiones en las vasijas. Todo esto encontró el equipo de arqueólogos, en el que participaron investigadores de Santiago de Compostela. Y lo más sorprendente es que bastó con excavar 64 metros cuadrados. Desde entonces, todos los hallazgos se encuentran en el Museo de Arqueología, pero otros tesoros pueden esconderse aún bajo tierra.

los proyectos "Si hemos hallado una casa, se puede afirmar que alrededor hubo más", aclara Llanos. La loma conserva la forma escalonada que le dieron los pre-romanos, y que los actuales vecinos de Dulantzi han aprovechado para sus cultivos. No obstante, la forma tradicional de labrar la tierra ha permitido que "no se destrozaran los restos arqueológicos, aunque alguna capa sí que ha sufrido daños". Después de que se fueran del lugar los indoeuropeos, llegaron los romanos y otros pueblos sucesivamente. Se construyó un castillo con piedras de la cantera vecina, y con las ruinas de la fortaleza se alzó más tarde una ermita.

Ahora, el Ayuntamiento de Alegría-Dulantzi ha expropiado 39 terrenos para llevar a cabo el proyecto turístico. La historia es "un eficaz activo para atraer visitantes" a Álava, subraya este experto recordando el éxito yacimientos como La Hoya y Veleia. Éste sigue siendo una mina de preguntas: ¿en qué hablaban los habitantes de Henayo? La teoría apunta a que su lengua pertenecería al conjunto de idiomas indoeuropeos. El euskera no lo es, pero, "una vez visto lo de Veleia, ¡nada me extrañaría!", exclama Llanos.

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