Violencia doméstica
Es cierto que todos estamos obligados a denunciar cualquier posible caso de agresión o de maltrato. Es verdad que estamos obligados a pedir ayuda si oímos o vemos cómo en la casa de al lado o en la calle alguien está llevando una discusión familiar al terreno de la agresión. Es verdad que los familiares de las personas agredidas tienen la obligación de apoyarlas para denunciar al agresor; pero dicho esto, nadie puede obligar a una mujer a que mantenga una denuncia si ella no quiere. La triste y desafortunada prueba la tenemos en muchas víctimas.Ya no sirve la disculpa de que la mujer maltratada no tiene medios económicos porque, dejando al margen que tiene a su disposición todo un entramado judicial que le tramita el divorcio por la vía de urgencia. Sólo queda la disculpa incomprensible e insalvable del corazón frente a la razón; la disculpa del amor ciego que roza la dependencia hacia esos energúmenos que abusando de ese sentimiento maltratan a la persona que tienen al lado. Ya hay una ley que protege a las personas maltratadas; ya se articulan ayudas para que su vida tenga una continuidad fuera del infierno del maltrato, ahora sólo falta afrontar la complicadísima labor de mentalizar a las maltratadas.
Falta que les recordemos a diario que sus vidas, su dignidad y su futuro son mucho más importantes que la del maltratador con el que conviven. Falta que les recordemos que su seguridad y la de sus hijos dependen de que destierren de sus vidas al maltratador. Basta que les recordemos que hay mucha gente dispuesta a cubrirles las espaldas.
El sistema protege a las personas maltratadas, pero ellas tienen que dar el primer paso sin volver la vista atrás, como ha ocurrido hace unos días con una amiga mía que, alarmada ante los gritos, discusiones y ya hasta un "¡socorro!", decide llamar a la policía, que acude enseguida. Pero cual es su sorpresa que a los dos días los ve a los dos de nuevo en casa. Otra cosa no podemos hacer.