Diario de Noticias de Álava

Tribuna Abierta

Deporte, dopaje y ciclismo

por joxé iriarte 'bikila' enviar a un amigo imprima este texto texto normal texto medio texto grande

El Tour ha vuelto a quedar empañado por el escándalo del dopaje. Encima, nos ha llegado la triste noticia de Iban Mayo (a falta de un segundo análisis que lo verifique o desmienta).

Considero el deporte una actividad que en lo personal va mucho más allá de lo puramente físico. El entrenamiento y la disciplina que le acompaña modelan músculos y la psique para adecuar el cuerpo al esfuerzo. Y ello, lejos de parecerme un machaque, lo he ligado al desarrollo de mi personalidad y me ha valido para afrontar muchas vicisitudes, y también gozar de sensaciones como las que se experimentan al alcanzar la cima de la montaña deseada, finalizar una prueba muy exigente como la maratón o posibilitar que mi pensamiento vuele libre, algo difícil en espacios cerrados o en prácticas rutinarias.

Incluso cuando me limito a ser mero observador, siento muchas veces pasión y deleite. El Tour me ha proporcionado momentos de verdadero placer. Siento admiración por esos gigantes de la ruta, portentos de potencia, resistencia y capacidad de concentración como la requerida para realizar una contrarreloj de 50 kms. Capaces de ascensiones al límite, que cuando menos esperas superan lo imaginable con esas aceleraciones tipo Pantani que te colocan el corazón en la garganta.

Creo que el deporte bien desarrollado produce múltiples beneficios a la sociedad que lo cultiva. Por eso me siento cabreado, triste, confundido por lo que ocurre en el ciclismo, cabeza de turco de una guerra contra el doping mal llevada y peor plantada.

Como deportista me repugna el doping. Jamás lo he necesitado ni lo he utilizado. Y pienso que quien lo utiliza, sea como aficionado o como profesional, además de perjudicarse a sí mismo, está trampeando. Juega con ventaja respecto al resto de sus compañeros de fatiga y además pone en peligro su salud. ¿Y a pesar de ello, por qué ocurre? No creo que haya un solo factor y, según el tipo de deporte y el modo de practicarlo, puede que las razones varíen en lo sustancial.

En el deporte aficionado o popular el doping es un fenómeno residual y minoritario, aunque tiene su gravedad, pues afecta a personas muy desequilibradas, con un egocentrismo desmedido; un afán de protagonismo que produce, sobre todo, autoengaño. En el deporte profesional entran en juego otros mecanismos, relacionados con las duras condiciones en las que se desenvuelve el negocio, muy ligado a la imperiosa necesidad de lograr el máximo beneficio y el máximo éxito.

El deporte profesional, tal como hoy es entendido, empuja en buena medida al uso del doping. Los patrones quieren el máximo rendimiento de sus asalariados, el máximo de competiciones (por ejemplo, ¿la pelota de hoy en día tiene algo que ver con cómo se jugaba hace 20 años? ). Ello acarrea muchas lesiones (a pesar de los adelantos en medicina deportiva, jamás ha habido tantas lesiones y tan graves como en el presente) y despidos. Y empuja a lo que empuja. Un ciclista lesionado en plena carrera, además de pundonor necesita algo que le ayude a aguantar el esfuerzo y el dolor.

Para los deportistas, convertidos sobre todo en currelas, apremia asegurarse un futuro o el modus vivendi. Si un albañil arriesga por cuatro perras a caerse del andamio y romperse la crisma, no es de extrañar que otros arriesguen su salud por mucho más dinero. La relación entre deporte extremo y practicante de origen humilde, y sobre todo de profesiones duras, no siempre es proporcional, pero se acerca mucho. ¿Conoce alguien a un hijo de papá boxeador?

Una profesión sujeta a una competencia mercantil feroz (lo mismo en los sistemas deportivos donde el Estado liga el éxito deportivo con la propaganda política, como fue el caso de ex RDA) la empuja al trampeo de todos sus implicados o a mirar hacia otro lado. ¿Es creíble que los directores, los mánager, médicos, entrenadores y preparadores físicos desconozcan lo que se toman sus pupilos? El percherón es adecuado para el tiro y el corcel árabe para correr. Los milagros no existen y no caben progresiones prodigiosas sin ayudas extras. Los límites físicos terminan imponiéndose.

No es posible un control efectivo del doping (su erradicación se me antoja imposible) si no se cambia el modelo de profesionalidad y todo lo relativo al deporte concebido como negocio (directo o ligado a la publicidad) que todo lo corrompe. El llamado código ético sólo será efectivo si se aplica al conjunto del aparato deportivo: desde las empresas al deportista. Si no es así, se impondrá la injusticia y la hipocresía.

Me recuerda al mundo de la política oficial, donde determinados partidos, convertidos en cruzados de la anticorrupción, se lanzan a la yugular del que cazan con las manos en la masa sin proponer jamás ir a la raíz del problema, tan ligada a su propia existencia y al sistema que defienden.

Algo así esta ocurriendo con el ciclismo, cabeza de turco que sirve para desviar lo que ocurre en otros deportes. El ciclismo profesional es un deporte muy exigente. Exige a sus practicantes, en época de competición, vivir casi como monjes guerreros. No ocurre lo mismo con el fútbol o el baloncesto, por poner sólo dos ejemplos. Sus estrellas, además de ganar infinitamente más que los ciclistas, se ven publicitadas en medio de juergas y veladas nocturnas en las revistas del corazón. ¿Y al día siguiente? ¿Qué tomarán para poder rendir el mínimo exigible? ¿Por qué no hay controles sistemáticos de doping ni siquiera en los campeonatos? ¿Se les exige un código ético?

No tengo nada contra quien quiera doparse con opio, ni contra el deporte espectáculo. La cuestión es de proporción, de medida, de una necesaria revolución de sus fundamentos. Hace falta un gran debate en el que participen, además de los directamente implicados deportistas, patrocinadores, instituciones diversas y aficionados que con sus dineros y asistencia aseguran su práctica generalizada. Es necesario hacerlo si no queremos que deportes como el ciclismo y espectáculos como el Tour entren en crisis definitiva.

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