
Tribuna Abierta
las sensaciones de derrota son peligrosas porque evalúan los hechos de forma incompleta y precipitada, sin tener en cuenta toda la información. Los sentimientos elaboran sus balances en función de expectativas y presunciones previas que no siempre son realistas, a base de autoengaños y ocultaciones de la realidad. Lo mismo podría decirse de los sentimientos de euforia, sobre todo cuando se construyen sobre la exageración de los mejores datos y la rebaja de los peores resultados. Así que invito a los líderes políticos a analizar con inteligencia las conclusiones electorales del 27 de mayo y considerar lo que ciertamente ha ocurrido, sin mentir a la sociedad y a sí mismos sobre lo bueno y lo malo de lo acontecido en las urnas. Porque nadie, por unas razones u otras, tiene motivos para cantar victoria o sentirse derrotado.
La primera lección del 27-M es una vieja verdad: el cáncer electoral, el que más daño procura, es la división interna, personalizada en líderes que muestran sin disimulo su antagonismo y confunden a los votantes con la disparidad de sus discursos. La seguridad y la confianza son los valores que buscan los electores, de manera que la división ideológica o nominal, percibida así por la gente, provoca abatimiento y desestabilización. Nadie discute el pluralismo interno de las organizaciones, ni siquiera cierta ambición personal; pero todas las discordancias deben extinguirse cuando llegan las elecciones. Algo de esto le ha ocurrido al PNV, campeón del desencuentro cuando más necesario era su empuje unitario. Además, PNV y EA han ido por separado y han recibido un doloroso voto de silencio. Los dos han perdido mucho en esta aventura solitaria: el PNV retrocede en Álava y Gipuzkoa y EA va camino de ser Gipuzko Alkartasuna. La lección es clara: los electores han reprobado esta segregación irresponsable cuya peor consecuencia es la debilitación del proyecto abertzale. Vea pues el PSE en su discreto éxito electoral no sólo sus propios méritos, sino también el obsequio de las desavenencias nacionalistas y las aventuradas tácticas cortoplazistas.
La segunda lección es de puro sentido común: los hechos pesan más que las palabras. A nuestra clase política le cuesta entender que la realidad, tal y como la percibe la gente, no se resuelve con unos mensajes voluntaristas. El proceso de selección del candidato del PNV en Gipuzkoa, los sucesos de Irun y el cambio de candidato tras denunciarse supuestas irregularidades fiscales constituyen el ejemplo, primero, de cómo hay que hacer las cosas para salir derrotado y, segundo, de cómo la presunción política puede ser capaz de ignorar el rechazo de los electores a estos sucesos. Si la comunicación no puede variar la percepción popular de la realidad en pocas semanas, mucho menos podrá contrarrestar sus efectos electorales si se limita a echar mano de las reservas de credibilidad del partido.
La tercera lección electoral tiene que ver con la maduración política de nuestra sociedad: las personas cuentan tanto más que las siglas y las ideologías. Es una tendencia imparable que aún no se ha traducido en las estrategias de los partidos, probablemente porque a éstos les infunde miedo una cierta pérdida de control. La lejanía social de los partidos tiene su contrapunto en la proximidad de nuevos líderes, quizás porque ya se atisba un cambio de la actual partitocracia a una democracia participativa.
Creo que la sencillez y la humildad, propias de la gente con grandeza, nos han dado la cuarta lección de estos comicios. Salir con la humildad del aspirante a ganar voto a voto la confianza popular es lo que ha otorgado el éxito a los candidatos triunfadores. Porque ya no basta con tener un partido detrás y una historia. Es preciso que la gente perciba la voluntad de servir al pueblo y la ilusión por mejorar la sociedad como impulso de la acción política. Quizás el nacionalismo vasco ha perdido algo de este espíritu. Por exceso de confianza, estúpida parquedad, demasiada lejanía e insuficiente renovación.
La última lección es que ha quedado patente la certeza de que el PP se impondrá en las próximas elecciones generales si Zapatero no arriesga más en el proceso de paz, no se desprende de los complejos históricos y se sacude la presión político-mediática de la derecha.
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