
Tribuna Abierta
AMOS a vivir unos meses intensos. Tendremos que ir ejercitando nuestros músculos faciales para que no acabemos con agujetas de tanta expresión de asombro. Lo que vamos a oir y leer en estos días no tiene parangón con lo que hemos venido oyendo y leyendo. Y eso que los últimos meses han venido cargaditos de sorpresas, sustos y sobresaltos en general. Ahora llega el tiempo de las promesas. Y claro, muchos de los que las emiten deben compartir con Erasmo esas últimas palabras de su Elogio a la locura: "habríais perdido el juicio si imaginárais que, después de haber echado de mi boca semejante fárrago de palabras, me acuerdo de una sola de las que he dicho. He aquí un antiguo proverbio: Detesto al convidado con memoria; y he aquí uno nuevo: Odio al oyente que la tenga. Lo triste es que, aún recogidas en papel, es tan frágil nuestra memoria, y hay tanta necesidad de reciclar, que salvo que alguien se dedique a la muy loable tarea de hacer un recordatorio de promesas apunto la idea y a ver si alguno se anima pronto nos olvidaremos de todo esto, y ellos también, gracias a Dios. La pasada semana leímos que el PNV aboga por convertir en pisos las lonjas de Vitoria. Algunos nos preguntamos quién va a ocupar todas esas viviendas que estamos construyendo, y ahora vamos a meter a gente en las lonjas, curioso. Claro que, luego nos quejaremos de los pelotazos y de los grandes negocios de algunos. Porque, en definitiva, las lonjas, son una especie de inmovilizado que, curiosamente, suele pertenecer a los propios constructores, que lo tienen ahí como una reserva para convertirlo en líquido cuando sea necesario o conveniente. Esas lonjas, que ahora, según las zonas, tienen precios de saldo, dejarán de tenerlo cuando se puedan convertir en viviendas y, desde luego, dudo mucho que el asunto contribuya a abaratar la vivienda, salvo por lo que suponga de saturación del mercado. Las plusvalías, en todo caso, irán a donde siempre, ya lo veremos. En el mismo lote se nos proponen los apartamentos con zonas comunes, para abaratar costes, se nos dice. Y tanto que abaratar. Uno supone que todo esto tendrá algún fundamento más sólido, pero así a primera vista uno se dice… "Otros que han vuelto a inventar la rueda". La he conocido en Madrid y se llamaban corralas. Minúsculas viviendas que compartían aseos, tendederos, zonas de juego, intimidad, confidencias y hasta parejas. También he conocido las habitaciones con derecho a ducha y cocina, cosa que también sale barato e invita a compartir. En fin, que a ver si nos centramos en no vender tanta vivienda pública y dedicarnos de una vez a alquilarlas.
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