
vitoria.Decenas de padres y profesores han asistido recientemente en Vitoria a una de sus charlas haciéndose la misma pregunta, ¿qué podemos hacer para mejorar la convivencia tanto en casa como en los centros educativos?
Lo primero de lo que se tienen que dar cuenta es que todos educamos, queramos o no. Un proverbio africano decía: Para educar a un niño hace falta la tribu entera , y tenía razón. Una vez comprendido esto cada uno debe observar su situación personal y preguntarse qué es lo que está haciendo y cómo podría hacerlo mejor. Está comprobado que la educación en valores comienza siendo una educación de sentimientos y esto debe empezar a hacerse desde muy pronto, primero por parte de los padres y, luego, de los profesores.
Pero parece que, a veces, se pasan la pelota unos a otros.
Desde luego. Nos hemos metido en una rueda de excusas en la que los padres echan la culpa a la escuela, la escuela se queja de que los padres les mandan unos niños poco socializados, por fin todos se ponen de acuerdo y culpan a la televisión. Entonces es cuando se dirigen a los gobiernos, que suelen hacer unas leyes que no valen para nada si todos los demás no se ponen las pilas.
Habla de comenzar por una educación en sentimientos, y en este sentido vincula estrechamente la convivencia con la búsqueda de la felicidad.
Es así. Lo primero que hay que hacer es relacionar la educación con la felicidad porque lo que queremos es que nuestros niños sean felices, lo cual significa que van a ayudar a construir un espacio social justo. La felicidad es el gran objetivo, tanto de la educación como de la política. De lo que se trata es de ayudar a desarrollar una inteligencia capaz de poner al niño en buenas condiciones para ser feliz.
¿Y cómo conseguirlo?, ¿cuál sería la técnica que deberían emplear los docentes?
Las propias asignaturas pueden resultar muy válidas para conseguir este objetivo, como por ejemplo en Lenguaje, ya que gran parte de nuestros conflictos son lingüísticos. También de la asignatura de Historia se puede aprender, ya que nos da la posibilidad de estudiarla, por una parte, como la gran historia de los conflictos mal resueltos, pero por otra, la podemos emplear para contarles a nuestros alumnos la gran historia de la humanidad, la noble, que es la que nos une, ya que explica cómo la especie humana intenta apartarse de la selva, de la ley del más fuerte, para crear modos de vida más justos. Es una historia de la que podemos participar todos, porque nos sentimos orgullosos de ella. Por otra parte, en este momento tenemos la oportunidad de impartir una asignatura nueva, Educación para la Ciudadanía, que trata la solución ética de los conflictos y que también forma parte de la educación afectiva.
Estas claves que usted da para lograr una mejor convivencia, ¿servirían para atajar el problema de la violencia en las aulas?
Sí, de hecho creo que no nos lo estamos tomando con seriedad porque tenemos recursos para poder limitar claramente ese fenómeno en las aulas. Sin embargo, también debemos enseñar a resolver los conflictos o a mejorar la convivencia fuera de la escuela. El problema más grave que nos ha dejado el siglo XX en la esfera personal es que las parejas no se entienden. El fracaso de las parejas no es sólamente un asunto privado, sino que afecta al conjunto entero de la sociedad y a la estabilidad de los niños. A veces nos transfieren a la escuela aspectos de la educación que tendrían que darse en la familia.
Entonces es más un problema de comunicación que otra cosa. ¿Qué opina de las medidas más disciplinarias, de las sanciones?, ¿sirven para resolver esos conflictos?
Al estudiar cómo se deben ordenar las colectividades hay dos modos de hacerlo. Uno es el poder, que es la adopción de normas y castigos, y otro es la autoridad, que tiene que fundarse por una parte en el prestigio de quien la ejerce y por otra en su capacidad de convencimiento. Lo ideal es que la autoridad, que significa una especie de garantía personal, fuera suficiente, y que las normas coactivas quedaran como último recurso.
Pero a los profesores se les ha perdido el respeto o eso es lo que, al menos, se percibe.
Sí, los profesores han perdido autoridad porque ésta, en gran parte, se recibe de la sociedad, que aunque durante tiempo valoró mucho la escuela en este momento está en otras cosas. Es una profesión que, como la de los jueces, sólo pueden ejercer su función si gozan de un prestigio social que les ayuda, y ésa es una de las campañas grandes que tenemos la obligación de hacer.
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