
Melloni critica la ansiedad de la sociedad occidental por aumentar sus posesiones materiales.Foto: a. larretxi
vitoria. Las dos horas que Javier Melloni dedicó a su comparecencia sobre el temor del ser humano no fueron suficientes para las más de 200 personas que se congregaron en el salón de actos del Europa. A su salida le esperaban multitud de asistentes que o bien querían felicitarle o puntualizar algunos detalles de la reflexión de este catalán, que plantea el temor del ser humano en un contexto de cambio de identidad que todavía está emergiendo. Este jesuita aboga por que occidente mire hacia los países del tercer mundo para llenar los vacíos humanos que posee la sociedad rica y que elevan a la categoría de primer mundo a los más desfavorecidos.
Los miedos de la sociedad actual han centrado este foro que ha sido presentado con un salvavidas como si fuese una emergencia. ¿Está el ser humano en estado de alerta?
La palabra emergencia se podría entender de dos modos. Por un lado está el estado de emergencia que pide una decisión rápida y por otro se trataría de algo que emerge, que está naciendo. Yo creo que en estos momentos en el ser humano está emergiendo una nueva identidad con la que abordar una realidad cada vez más plural y cambiante.
¿Esta nueva identidad que quiere salir a la superficie representa uno de los miedos de la sociedad actual?
Lo nuevo implica dejar algo que ya conocemos atrás y comenzar con lo desconocido y eso causa incertidumbre y duelo en el ser humano. Lo desconocido da miedo siempre, por eso es necesario que establezcamos unas pautas para dar desarrollo a esta identidad y evitar conflictos internos. Las personas se muestran y se comportan atendiendo a una realidad creada que en estos momentos está cambiando, por lo que el ser humano debe adoptar una identidad diferente.
¿Esa nueva identidad que emerge de cada persona podría crear un estado de infelicidad al no saber o no poder darle cabida?
La infelicidad puede ser un bloqueo por constatar lo que nos falta, lo que hemos perdido, entonces vivimos en un estado de queja y todo se ensombrece. Sin embargo, también podemos construir la infelicidad como un lugar en el que también somos humanos. La infelicidad no es un lugar espantoso. Forma parte del proceso y hay que saber integrarlo también en estos momentos de duelo, de traspaso. No hay que tenerle tanto miedo porque forma parte de nuestra construcción como humanos.
¿Cree que la sociedad actual es insegura de sí misma?
La occidental será, porque si miramos a otras culturas yo creo que están más relajadas que nosotros. En mi experiencia hace unos años en la India lo que más me llamó la atención fue que la gente se ofrece a sí misma sin nada que temer. Nuestro gran problema en occidente es que tenemos tantas cosas que perder que desconfiamos de todo. Ésa es la paradoja, los países que más tienen son los más cerrados y los más rígidos. Los que menos poseen tienen una capacidad de acogida que nosotros hemos perdido y éste es un gran reto para nosotros. Tenemos que plantearnos qué está exportando el primer mundo al llamado tercer mundo. Nosotros somos tercer mundo en cuanto a humanidad y el tercer mundo es primero en calidad humana. Lo tenemos invertido.
¿Los bienes materiales cobran demasiada importancia?
Está claro, hemos construido toda nuestra civilización en tener y tener a un ritmo que ya no sabemos cómo se para este tren. Hasta hace poco los pobres no sabían que lo eran. Ahora son conscientes, lo que pasa es que no saben que lo que ven de nosotros es puro espejismo, es una fascinación que no es real. Detrás de nuestra riqueza hay muchas zonas vacías que ellos en cambio sí tienen y hay un gran reto.
¿Nos dejamos llevar por los cánones de perfección y liderazgo y buscamos a toda costa ser los primeros y mejores?
Hay un ejemplo perfecto para hacer referencia a esto. Un trabajador de una ONG en África recibió allí un paquete con sus caramelos preferidos pero en vez de comerselos él optó por regalarselos a los niños con los que desempeñaba su voluntariado en un internado del país. En la hora del patio sacó la bolsa de los dulces y les dijo a sus chavales que el primero que llegase al árbol más lejano del patio se los quedaría. Su sorpresa fue que la reacción espontánea de todos los niños fue la de cogerse de la mano y llegar todos juntos a la vez. En este momento se dio cuenta de lo deformados que estamos y lo mucho que tenemos que aprender de ellos. Tienen mucho que enseñarnos a correr juntos al árbol y a dejar de actuar como si el primero se lo llevase todo.
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