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"Estrada. ¡No puede ser!"

Lápida en el cementerio de El Salvador.Foto: d.n.a.

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Jesús Estrada fue uno de los 16 represaliados por la estrategia del bando nacional en Vitoria aquel 31 de marzo de 1937. Su delito reposaba en su cartera, donde guardaba el carné de afiliado a la UGT. Mal negocio en aquella época, como malo fue su ideario republicano, denostado por los responsables del alzamiento. No supo cómo ni por qué, pero su nombre constituyó uno de los recogidos por la lista de la muerte ordenada por el general Mola. Aquello acabó con su vida, pero no con su memoria. De hecho, uno de sus cuatro hermanos, Luis -también víctima de la represión fascista, que le llevó a conocer diversos penales-, decidió depositar el recuerdo de aquél en su hijo, al que nominó heredero del nombre del sindicalista y, por ende, depositario de los valores del finado. Y, como buen heredero, Jesús Estrada, el actual, lucha por dar a conocer lo que su padre le legó por escrito antes de que muriera a los 35 años de edad.

Los genes hicieron de este Jesús Estrada un mecánico que ahora, con 65 años, vive como pensionista disfrutando de sus aficiones. Entre ellas, el vídeo y la fotografía. Pero eso es otra historia.

Los parecidos con su tío no sólo residen en el nombre, sino también en su condición de inquilinos del penal de la calle La Paz y como sufridores de las iras del mismo represor, un tal Bruno Ruiz de Apodaca. Podrían llegar a considerarse meras casualidades, pero los hechos aseguran que de casta le viene al galgo .

El caso es que Luis Estrada, viendo la muerte cerca, dejó escrito a su hijo Luis el porqué de su nombre y la verdadera historia que acabó con el primigenio Jesús Estrada. Aquel legado motivaría al joven Jesús, también hijo de su época. Y es que, en plena agonía del regimen franquista, los nuevos aires nacionalistas le llevaron a militar en movimientos de liberación nacional, con los que colaboró. Aquello le costó la cárcel. Conoció diversos penales, entre ellos el de la calle La Paz, donde su tío durmió antes de ser ejecutado.

Recuerda que a su abuelo le ofrecieron exhumar el cadáver del sindicalista ejecutado. También rememora que aquel anciano, siempre con una oreja cerca de la radio, donde se escuchaban las ondas de programas prohibidos de Radio España Independiente y Radio París, dijo que no, que sólo aceptaría dar sepultura cristiana a su hijo si se reconocía que había sido fusilado. Claro está, no fue posible. No hasta 1978 cuando el hoy consejero Joseba Azkarraga ordenó la búsqueda de los restos y certificó la defunción de todos ellos.

En su adolescencia, Jesús Estrada, el actual, conoció cárceles como las de Basauri o Segovia. También tuvo la oportunidad de toparse con el mando que llevó personalmente a su tío y a otros 15 republicanos a las laderas de Azazaeta para darles el tiro de gracia. Dice que fue un shock para el entonces policía.

Todo tuvo lugar en una romería a Estíbaliz. Quién sabe por qué, las fuerzas del régimen habían recibido el aviso de que en aquella colina se estaban concentrando personas relacionadas con la subversión. En "el trenico" de vuelta a Vitoria, "un personaje delgado nos enseñó la chapa y nos pidió la documentación". Al ver mi nombre, Apodaca gritó "¡No puede ser... Jesús Estrada... No puede ser! Se acordaba de aquel nombre y los fantasmas del pasado retomaron su vigencia.

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