
Cartas al Director
hace unas semanas nos sobresaltamos con la noticia de una tragedia. En Hernani cinco jóvenes sufrieron un accidente. Dos murieron. La conductora fue detenida por superar la tasa de alcoholemia permitida. Hora del accidente, las 5:50 am. Una vez más se juntan alcohol, juventud y carretera. Una vez más se disparan las alarmas, una vez más nos vemos en la alternativa de optar por una educación razonable, por campañas que asusten o por poner los medios para limpiar nuestras conciencias mientras los problemas no sólo no desaparecen sino que crecen.
Está muy bien pretender que todos vamos a ser buenos porque sí, porque una u otra instancia de la administración publique un decreto, porque una u otra policía impute un delito, una falta o simplemente una multa, porque uno u otro organismo se gaste nuestros cuartos en una campaña que a la postre no vale para nada.
En una sociedad en la que todos bebemos no se puede decir que es malo, nefasto, demoníaco algo que hemos visto hacer a nuestros mayores y que nuestros menores nos ven hacer a nosotros. Hace falta ser más positivo, más realista. Hace falta decir que a veces es preferible una multa a una vida. Y si no, ahí están esos muertos en rutas kafkianas hechas para evitar previsibles controles de alcoholemia. Ahí están también las realidades de un país como el nuestro en el que a veces los desplazamientos son inevitables, ahí está esa falta de sensibilidad para educar en el blanco o negro. Si bebes no conduzcas. Pero a veces se nos olvida enseñar a nuestra gente que, si has bebido, conduce con cuidado, conduce despacito, igual te ponen una multa, igual arrugas el coche, pero por favor, no te mates.
Vamos a ser serios, vamos a buscar la forma de que un pecado de juventud no tenga una condena a muerte. No hagamos como aquellos legisladores franceses que, para evitar el creciente número de asaltos a viajeros pusieron la pena de muerte, y lo que consiguieron fue que la mayoría de los asaltos llevase consigo el asesinato de los viajeros para evitar testigos.
Seamos pues conscientes de nuestras miserias y de nuestros pecados, y no intentemos crear una sociedad en la que a la vista de nuestros actos no creemos. Busquemos simplemente, y ya es bastante, una sociedad en la que los errores no salgan tan caros, porque a veces el mayor error es no ser conscientes de los errores propios.
Javier Vegas
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