
Cartas al Director
A frontera que separa el éxito del fracaso, la gloria del desastre, es a veces estrecha, a veces ancha, en ocasiones caprichosa, en ocasiones previsible, no siempre inevitable, pero generalmente más fácil de explicar una vez que se ha cruzado.
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En la pasada Copa de baloncesto vivimos un momento de éstos en que la frontera la dibujan unos centímetros, unas décimas de segundo. No entró el triple y se agacharon las cabezas. El Baskonia volvió a casavuelve a casa y si hubiese pasado el balón por el aro habríamos estado más cerca de la gloria, pero el balón chocó en vez de traspasarlo y aquí estamos hoy, en la derrota.
En Vitoria, hace cien años, un grupo de visionarios se puso manos a la obra camino de la gloria -de la mundana y de la celeste- y empezaron una catedral como las de antes, la más grande, la más alta y esbelta. Grande, lo que se dice grande acabó por conseguir serlo, sólo que para entonces no quedaban fieles. Lo de esbelta y gloriosa se fue quedando en el camino y el edificio en su conjunto quedó ahí, demostrando cómo el tamaño no importa cuando de ignorar algo se trata.
Y es que nuestra provincia, nuestra ciudad, tiene una tendencia faraónica al desastre. Pero al desastre previsible, o dicho de otra forma, al desastre de la falta de previsión. Nos embarcamos en la catedral más grande y la terminamos de mala manera cuando la sociedad camina hacia el laicismo. Hicimos una plaza de ganado cuando ya no había ganado, un geriátrico cuando no se podía mantener, un aeropuerto sin viajeros y seguimos haciendo plazas de toros sin toros, viviendas sin habitantes, auditorios sin consenso, tranvías sin necesidad y tantas y tantas cosas.
Menos mal que esa tendencia a la inutilidad de nuestras grandes obras nos ha hecho desarrollar una gran habilidad para reutilizar edificios en desuso, y así resulta que hemos sustituido el ganado por el basket, los viejillos por funcionarios y gobernantes, los viajeros por mercancías, los feligreses por obras de arte sacro, y hasta conseguimos cambiar el arte vasco por un lehendakari. Todo un éxito nacido del fracaso. Claro que, uno se pregunta… ¿no sería más fácil hacerlo bien desde el principio?
Javier Vegas
arabaonline.com
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