
El pasado miércoles apagamos los móviles por la subida de tarifas, aunque estas costumbres no deberían sorprendernos. Hace ya tiempo Telefónica acostumbraba a reducir las llamadas internacionales con gran despliegue publicitario mientras subía lo cuota básica, que es la que pagamos todos.
Poco a poco vamos acostumbrándonos a privarnos de cosas como medio de protesta. Recuperamos nuestras particulares, cuaresmas aunque sea por un rato.
Así pues, animado por esta tendencia a hacer días sin consumo, me voy a atrever a proponer uno. El día sin potes . Y es que resulta curioso que los hosteleros protesten por el acoso municipal, que se quejen de la bajada de ventas, cuando en realidad los acosados somos los clientes, y los sufridores también.
Nosotros nos quejamos de los precios y, como no todo el mundo está dispuesto a dejar de comer para beber, pues claro, los bares van quedando vacíos y entonces los clientes nos quejamos también de que cada vez hay menos ambientes.
Pero los hosteleros deberían analizar también cuestiones más simples, como la subida del 66 % que ha producido el euro en un par de años o tres. Como el desparpajo con el que algunos bares suben de 90 centimos a un euro el vaso de vino, mientras se nos dice que el IPC anda por un 3% y mientras a sus propios camareros no les suben sus nóminas más allá de un 4% o así.
Llamese la gallina de los huevos de oro, el cuento de la lechera o la visión a corto plazo, el hecho es que mientras los precios y los sueldos lleven escalas tan descompasadas, el resultado creciente será el mismo… Bares vacíos.
Y es que algunos parecen haber dado por bueno el modelo de gestión que solía describir Gila: Aquel del bar que cobraba 600.000 pesetas por una cerveza. "Pero no pondrás muchas" -le preguntaba alguno. "¿Para qué? -respondía el tasquero- con dos o tres al año saco para vivir". Puede que sí, pero creo que aquel bar cerró hace años, antes incluso de lo del euro.
La versión del matrimonio difiere completamente de la del agente, pero ya no hay vuelta de hoja; si en algo se caracteriza la policía de esta ciudad es por su desprecio al diálogo y su prepotencia desmedida. El conductor intenta razonar pero los locales se cierran en banda y el tono de la conversación sube por momentos. Las niñas se ponen cada vez más nerviosas por la forma de hablar de los agentes hasta que empiezan a llorar, así que el padre sale del coche para evitar en la medida de lo posible que el disgusto sea mayor, aunque a uno de ellos (mujer para ser exactos) no le gusta la idea y le amenaza con detenerlo. Dentro del coche, las niñas siguen histéricas pues no les ha sucedido nunca nada parecido y no entienden lo que pasa. La madre decide salir también del coche pidiendo a los agentes un cambio de tono por el estado de las hijas, aunque la misma que ha amenazado con la detención del padre le acusa de andar buscando bronca, dejando bien claro además, porque lo dice, que el estado de nerviosismo de las niñas no le importa nada. Todo este episodio se salda finalmente con una multa, un berrinche absoluto por la mala educación de los municipales, y con un recuerdo aterrador en la memoria de las pequeñas. Y esto último no es un decir, pues la pequeña se pone a llorar cuando escucha hablar de lo sucedido. Lo que deja claro la policía de esta ciudad es que para nada es un servicio cercano al ciudadano. No da seguridad verlos patrullar, sino más bien indiferencia. No existe confianza en el ciudadano para pedirles ayuda pues la idea generalizada es la de que no sirve para nada, y por desgracia es lo que demuestran a diario con esa actitud chulesca que desprecia las palabras. Hoy por hoy, a mi parecer, la policía local de Vitoria-Gasteiz es tan sólo un método recaudatorio más de este Ayuntamiento inepto e incompetente que malgobierna la ciudad, aunque eso sí, uniformado y motorizado. Muy pocos se salvan.
Episodio de soberbia de los policías locales
Este sábado 10 de febrero, en Gasteiz, se escribe un nuevo episodio de soberbia policial. Un matrimonio en coche con sus dos hijas de 8 y 3 años, y un policía local que decide que el conductor se ha pasado un semáforo en rojo. Dos intrépidos agentes colocados más adelante paran a la familia avisados por el primero y piden los papeles del coche al estupefacto padre, que es el conductor.
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