
Wynton Marsalis señala su versión en bronce.
c uando ayer despertó, Wynton Marsalis sabía que era el día señalado. Se iba a encontrar consigo mismo. A mediodía y acompañado por su amigo Iñaki Añúa el músico norteamericano cruzaba el semáforo que controla el tráfico entre el Canciller Ayala y La Florida y se topaba con un fantasma.
El espíritu vestía bandera de Vitoria en lugar de la clásica sábana de castillo, pero algo parecía negar ahí debajo su inmaterialidad. Por fin, Wynton tiraba de la tela y se encontraba consigo mismo. "La escultura es mucho más atractiva que yo", aseguraba el músico tras observarse durante un rato, tras tener tiempo para pasarse un brazo por los hombros.
"Es un gran honor para mí venir repetidamente a esta ciudad. En la vida los elementos más importantes son las relaciones humanas y es difícil para mí expresar el cariño y el amor que siento por Iñaki y su equipo", explicaba el trompetista norteamericano, que señaló a Añúa como el mejor abanderado del certamen vitoriano, portador de "una profundidad de espíritu que realmente necesitamos en el mundo de las artes".
Marsalis es la figura visible, porque un rostro debía representar a todos los músicos de jazz que han pasado por Gasteiz a lo largo de los últimos treinta años, y que mejor elección que la joven y enérgica personalidad de Marsalis. "En él hemos querido simbolizar a los muchos otros músicos que han pasado por Vitoria. Es un hombre muy importante, un músico grandísimo que se ha volcado con la ciudad, y es de justicia que la ciudad le recuerde", afirmaba Iñaki Añúa.
No faltaban los curiosos en la puesta de largo de la pieza de bronce, que reposa apoyada en un banco de La Florida, tomándose un breve respiro frente a la repantingada postura del torero, quizás más exhausto tras la faena que Marsalis tras el concierto. Recientemente señalado como próxima Medalla de Oro de la ciudad, Añúa transmitió el testigo del tributo y plantó en el elagante traje claro del músico la insignia del festival gasteiztarra, ante la cómplice y emocionada mirada del homenajeado, que pronto fue asaltado por un grupo de niños con hambre de autógrafo.
El alcalde ejercía de anfitrión en las sombras del parque y el creador de la pieza, Koko Rico, seguía atento los comentarios que levantaba su trabajo, acumulando con una sonrisa numerosos piropos. Con su traje blanco, se le podía confundir fácilmente con un pianista neoyorquino alojado en el hotel.
El breve tumulto se disolvió poco a poco, dejando a los rayos de sol colarse entre las hojas en busca de los brillos dorados de la trompeta. La ciudad se acostumbra ya, poco a poco, a este nuevo vecino escultural, recuerdo de la huella de un hombre que hoy se sube al escenario para cruzar su soplo con las seis cuerdas de Paco de Lucía. No era un fantsma, ni un clon, a pesar de que con su intensa actividad, a buen seguro Marsalis agradecería uno. Debajo de la bandera se escondía el mismo Marsalis y Wynton se encontró con él de buena gana. Compartieron, como si se tratara de un escenario, un pequeño dúo y se despidieron hasta la próxima. Porque Marsalis volverá. Y, a la vez, siempre estará con nosotros.
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