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En pelota picada

Por Xabier Iraola Agirrezabala - Viernes, 10 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:12h

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Hace ya un tiempo le escuchaba a un agricultor valenciano lamentarse de los irrisorios precios que percibían por sus cítricos vendidos, principalmente, en Centroeuropa ya que a consecuencia del endiablado sistema de venta a resultas, el agricultor inicial, como se dice vulgarmente, no se comía un colín. Según me comentaba este agricultor, el citricultor valenciano cobraba lo que resultase de restar al precio de venta al público los beneficios del comerciante, del transportista, intermediarios varios, de la cooperativa manipuladora o empresa comercializadora y frecuentemente, lo resultante no llegaba ni siquiera para cubrir los costes de producción del campo, o sea, hablando alto y claro, que todos los agentes de la cadena alimentaria en cuestión tenían derecho a cobrarse sus costes de producción salvo, como siempre, el productor.

Pues bien, parece ser que esta antiquísima y enraizada práctica comercial se ha debilitado con la aprobación de la Ley de Cadena Alimentaria que, en teoría, prevé la obligación de contrato escrito en todas las compraventas de alimentos pero, mucho me temo, que esta práctica de venta a resultas, en mayor o menor medida, sobrevive aún con más vigor del deseado.

Si bien la venta a resultas se ha debilitado no es menos preocupante la actual venta a pérdidas donde, aquí también, un eslabón de la cadena alimentaria, principalmente, la distribución vende los alimentos al consumidor final por debajo de sus costes con el único objetivo de ganar cuota de mercado, o sea, hacerle la puñeta a sus competidores y consiguientemente, dado que ellos nunca pierden, repercutir a la baja esa merma al eslabón anterior, industria transformadora, y ésta, automáticamente, repercutir dicha bajada a su proveedor inicial, el productor que, lamentablemente, es incapaz de repercutir esa merma a sus proveedores (semillas, fertilizantes, pienso, fitosanitarios, …) que, también, son más poderosos que él. Como verán, los baserritarras, se encuentran en el medio de un sándwich al que todo Dios da un mordisco y es, casualmente, el productor de los alimentos que conforman ese sándwich el que se queda con la miel en los labios y relamiéndose la mala baba que le genera la situación.

Casualmente, estos días hemos podido saber que una bomba de origen murciano ha estallado en pleno corazón comunitario y con ello ha lanzado por los aires uno de los pocos salvavidas que tenía el conjunto de la cadena, pero muy especialmente, el sector primario en el momento de hacer frente a la práctica comercial suicida, a la que antes me refería, conocida popularmente como venta a pérdidas. Me explico. El pasado 19 de octubre el Tribunal de Justicia de la Unión Europea emitió una sentencia, dictada por una cuestión iniciada en un juzgado murciano donde se recoge que la prohibición general de las ventas a pérdida que se contiene en la ley de comercio minorista española es contraria al derecho comunitario, especialmente a la directiva sobre prácticas comerciales desleales y que, por lo tanto, que la manden a la papelera.

Según los análisis que he podido leer sobre la cuestión, la Sentencia, con mayúsculas, ni afirma que las ventas a pérdida sean siempre admisibles ni admite su prohibición general sino que sentencia que sólo debieran combatirse aquellas prácticas que sean calificadas como engañosas o agresivas y para ello debiera ser precedido, siempre, de un análisis que determine, o no, el carácter desleal de la práctica denunciada. O sea, si los productores contaban con pocas y débiles herramientas y marcos normativos para defenderse ante los más poderosos, con esta sentencia, los productores se quedan, literalmente, en pelota picada sin nadie que les ampare frente a unos pocos que, éstos sí, si tienen quienes les defiendan, los de la toga y la corbata.

La venta a pérdidas, por otra parte, además de abogar al eslabón más débil, el productor de alimentos, deja sin oxigeno y asfixia al conjunto de la cadena alimentaria, cargándose todo el tejido productivo y además de banalizar la imagen de los alimentos que nos echamos a la boca, impone de facto una alimentación low cost donde la calidad pasa al últimos de los escalones frente al todopoderoso precio que se establece como único factor de compra. Quizás, querido lector, usted sea de los que con una mirada cortoplacista se alegre de esos sorprendentemente bajos precios de la alimentación pero le advierto que, a medio y largo plazo, es una política que se volverá, irremediablemente, en su contra.

No es que lo digo yo, lean estas declaraciones : “Los beneficios para los ganaderos de aquello que los consumidores europeos gastan en comida están siendo reducidos continuamente a causa de una clara desigualdad de poder (...). Concretamente, los supermercados en particular hoy están disfrutando un “super poder” gracias al efecto doble de la globalización y de un nivel alto de concentración de ellos en Europa. Esto les da una ventaja desproporcionada frente a los productores primarios” y flipen, como dice mi hijo, al comprobar que son declaraciones del comisario europeo Phil Hogan.

Por lo tanto, y con esto acabo, cuando vayan a adquirir un alimento reflexionen sobre los motivos de ese bajísimo precio y caerán en la cuenta que, quizás, haya algún productor que o bien no ha cobrado bien ha cobrado por ese alimento menos de lo que le costó producirlo.

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