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Democracia de lujos y miserias

Por Josu Iraeta - Miércoles, 8 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Han transcurrido casi treinta años y hoy pocos recuerdan que lejos de haber iniciado una era de paz y prosperidad, a salvo de la competencia militar, económica y política que representó el socialismo real, Occidente se encuentra sumido en un marasmo cuya primera consecuencia es el cuestionamiento del modelo neoliberal vigente.

Quién lo hubiera dicho, treinta años después de la caída del muro de Berlín, el mundo capitalista se enfrenta a su propia crisis, otra más. Han contaminado el planeta de norte a sur. Por todas partes, desde Washington a Brasilia, desde Caracas a Buenos Aires, desde Bruselas a Madrid, han impuesto la economía del lujo y la miseria. Del enriquecimiento rápido y la pobreza creciente. De los industriales millonarios y las industrias en quiebra. De los banqueros pletóricos y corruptos, amos y señores de los estados pobres. Todos ellos han puesto al mundo en una posición difícil y peligrosa.

Es insoslayable establecer una relación directa entre el escándalo del hambre y la especulación mundial desenfrenada. Entre el paro y el racismo. Entre el aumento de los conflictos y los intereses belicistas de los poderosos.

No pretendo esconderlo porque es cierto, cabe recordar que durante un tiempo el capitalismo supo esbozar en Europa, máxime en los países escandinavos, una salida, una alternativa al socialismo de la Unión Soviética. Pero este modelo capitalista con maquillaje humano también ha hincado la rodilla. La razón es evidente: la imposición de una política ultraconservadora y una economía neoliberal.

Hoy nadie pone en duda que las crisis del capitalismo son cíclicas, esa es una de las razones por las que la inercia de aquellos años continúa. El tiempo ha trabajado voluntades y, como consecuencia, Europa ha llegado a ser proclamada Unión, pero lo cierto es que los conflictos sociales y las dificultades que todavía afrontan los estados más pobres, ponen en cuestión el modelo.

También como entonces, desde el Este, y sobre todo del Sur, aumenta sin descanso la presión migratoria. Los ciudadanos se resisten a soportar la desenfrenada corrupción y a seguir pagando los costos sociales del falso progreso neoliberal.

Lo cierto es que todo se mueve como si, en tres décadas de interesada, hueca e irresponsable euforia, los mecanismos del sistema se hubieran enajenado de golpe y amenazaran al propio sistema desde su interior. Y es cierto, porque eso es lo que ocurre, ese es el cáncer congénito del sistema capitalista.

El desgraciado fin del socialismo real supuso y supone graves complicaciones para aquellos países que, de una u otra manera, se beneficiaban de sus lazos con la URSS. Pasado el tiempo, en los países inmersos dentro de la esfera del capitalismo real, el panorama es similar, y en algunos de ellos -especialmente en África-, las consecuencias son aún más complicadas.

Lo cierto es que desaparecida la necesidad de combatir al comunismo, para el capitalismo actual su presencia en el llamado Tercer Mundo solo es objeto de interés para el pillaje multinacional, y en ello colaboran las conocidas organizaciones internacionales, que se sustentan mayoritariamente con las aportaciones del alguacil del mundo.

El resultado es un mundo fracturado, roto, en continuo estallido, como si la santa bárbara de cada país estuviera conectada de continente a continente. Muchos de ellos muestran todavía las cenizas que delatan la verdad. Otros arden hoy, como antes ardieron otros. Recordemos a Yugoslavia, Angola, Mozambique, Somalia, Liberia, Irak… Hoy el enemigo común es la yihad.

La comunidad internacional dispone de un instrumento, la Organización de las Naciones Unidas. Una organización con atribuciones desfasadas, con pocos medios y escasa autoridad. Es así como los Estados Unidos de Donald Trump, siendo como es una potencia declinante pero con las ambiciones y el poder militar intactos, asumen tareas que encajan perfectamente con sus intereses y visión del mundo, prescindiendo consultar sobre medios y objetivos con otros países. Recordemos a quienes interpretaron la vergonzante farsa que desmanteló Irak, activando una tragedia tan salvaje cono inútil.

Todo lo expuesto es cierto, inapelablemente cierto, es por eso que las personas críticas, que razonan y cuestionan, debieran sentir la necesidad, el deseo de difundir, de convencer, que existen alternativas a la crisis capitalista, al mundo de países chabola. Que es posible mitigar, debilitar el control militar del planeta al que nos dirigen quienes -a muchos miles de kilómetros de sus fronteras- no vacilan en invadir, saquear y masacrar países para mantener su hegemonía.

Para entender las consecuencias prácticas de los actuales regímenes políticos no es necesario viajar mucho. Si levantamos la cabeza y observamos con detenimiento los aconteceres de nuestros vecinos, tanto del norte como del sur, podríamos pensar que el socialismo democrático debiera haber encontrado, por fin, su oportunidad, pero lo cierto es que sus continuas renuncias ante la presión neoliberal lo han evitado.

Si miramos al sur, en España, a pesar de que hace tiempo que huele a fin de reino, y si este no se ha concretado, es porque sus socialistas, cada vez que llegan al Gobierno, olvidan la prédica que les distinguió en el pasado, un pasado cada vez más lejano.

Si miramos al norte, observaremos que los socialistas que han gobernado la República de Francia hace ya mucho que plegaron las velas ante el neoliberalismo. Quizá no sería exagerado afirmar que en primera instancia sacrificaron el socialismo, hoy es posible que estén cerca de acabar con los socialistas.

Vivimos momentos convulsos por diferentes razones, razones que convergen en la respuesta que genera el limbo jurídico-político que permite -incluso en pleno siglo XXI- el colonialismo y la dominación. Sin embargo, el mensaje que se percibe de uno y otro lado nos dice que cada uno está donde le corresponde, que su situación es lógica, que está obligado a adecuarse a su posición.

No es cierto, ante este mensaje fraudulento y perverso debemos responder que el mundo hacia el que nos dirigimos no es aceptable ni lógico. Y no lo es porque, de serlo, la sociedad civil estaría aceptando el fin de su proyecto de vida, del derecho a realizar sus sueños y aspiraciones. Significaría, de hecho, un legado mortal para el futuro de nuestros hijos.

Hasta ahora, el balance de integración en la Unión Europea no está siendo muy halagüeño para los socios del sur. Y no me refiero exclusivamente a España, porque tampoco lo ha sido para nosotros, los vascos. Todo esto no es nuevo, ya fue analizado y previsto hace muchos años. Es por eso que debe reconocerse que a Bruselas se le atribuyen pecados que, en realidad, vienen arrastrándose desde el origen de la Comunidad Europea.

Así pues, el futuro que se nos ofrece, si no se modifica la tendencia, puede ser peor que lo conocido hasta ahora. Porque no es admisible plantear el futuro de regiones y naciones como Euskal Herria -entre otras- en función de coyunturales transferencias. No es aceptable ni es serio. El futuro debe sustentarse en auténticos proyectos económicos, políticos y sociales sólidos.

Si no lo entendemos así, nos llevarán arrastras colgando del último vagón. Y, sépanlo, no será de alta velocidad.

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