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Acuerdo o imposición

Por Karmelo Sainz de la Maza Arrola - Martes, 7 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:12h

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Traslado para conocimiento de quien pudiera interesar el contenido de una carta que ha llegado a mis manos. Viene firmada por Mateo Benigno Moraza, quien nació en Vitoria en 1817 y falleció en la misma ciudad en 1878. Insólita por cuanto contiene meditaciones referidas a sucesos del presente. Extraordinario también el destinatario.

A su majestad, el rey Felipe VI. Majestad: Implora su benevolencia y comprensión al dirigirse de modo tan atrevido y sorprendente quien en su existencia terrenal pasada y en los finales del siglo XIX tuvo la oportunidad de aconsejar y actuar en la mejor defensa de los Fueros, Instituciones y Libertades de nuestras amadas provincias vascongadas. Abandoné el mundo apesadumbrado por la disgregación moral que finalmente sufriría nuestro País tras la injusta abolición foral perpetrada en días tan tristísimos, si bien profundamente reconfortado en la dicha del Señor nuestro Dios. En esta ocasión me dirijo humildemente, asumiendo el riesgo de parecerle increíble, urgido por la observación de nuevos momentos de oportunidad.

Seguramente su Majestad no conoce: tuve el inmenso honor de representar a Álava como Diputado en Cortes, enfrentando con el decoro, el nombre y la dignidad que nuestro país exigía a quienes estaban dispuestos a finiquitar nuestro sistema privativo de gobierno y libertades. Lo pretendieron, fuera como fuera, sin atender a razones, violentando la causa de la libertad. Así fue con la funesta Ley abolitoria de 1876, frente a la que presenté las más reverentes exposiciones al Trono y a los Poderes. Nunca fueron atendidas. Primero porque, como ya dijimos, las instituciones vascongadas eran muy poco conocidas y en lo poco conocidas con profunda prevención juzgadas. Adicionalmente y más grave, porque nunca existió la voluntad política y la valentía de encarar con acierto lo que entonces se mostró ya como un altísimo negocio de Estado, gravísimo y muy importante: no se aspiró en verdad a una solución histórica asentada en la benéfica integración de los sentimientos, las realidades y voluntades en juego. Desde nuestra parte entendimos que era una cuestión de principios, una cuestión de doctrina, de derechos permanentes a los que voluntariamente no era dado renunciar.

En aquel punto se perpetró unilateralmente, como consecuencia de la abolición de las libertades vascongadas, la reforma esencial del régimen de gobierno que había perdurado en nuestro país, cambiando las condiciones y el modo de ser de un pueblo sobrio, frugal, que había resuelto a su modo el problema de la vida. En el pasado y a su amparo se había creado y formado una organización social, económica, administrativa y familiar que había obtenido los más legítimos aplausos de propios y extraños. Los Monarcas de España apreciaron y estimaron la incorporación voluntaria de los territorios vascos a un concreto modelo de organización y gobierno, todo lo cual respondía necesariamente al modo en que la Corona cuidó que se guardasen y cumpliesen sus fueros, usos, costumbres y libertades. Los años que a mi generación tocó vivir eran nuevos tiempos en la búsqueda de una adaptación afortunada al constitucionalismo liberal, para lo que intentamos con todas nuestras fuerzas la conciliación y el encaje de aquello que fue estructuralmente exitoso en tiempos pretéritos. La nueva forma de vertebración del Reino de España paradójicamente vino por una solución “a la francesa”, gravemente uniformizadora. Y de este modo se rompió el tracto de confianza y convivencia del que nos beneficiamos en el pasado. Ya anunciamos que tales decisiones unilaterales y graves iban a incrementar peligrosamente el desafecto. Creció y creció años después en distintas formas e intensidades. Sobre tales heridas se inició un camino acompañado de fracaso tras fracaso. Y tuvimos la desgracia de observar acontecimientos dramáticos e incluso horribles. Vinieron otros representantes vascos que procuraron ofrecer en cada momento histórico nuevas fórmulas en busca de una solución siempre añorada y permanentemente frustrada. Siempre fueron ignorados.

Para que finalmente un acuerdo histórico cierre heridas y abra un nuevo tiempo de concordia en el que los vascos sean dueños de su casa para abrirla no solo sin miedo sino con decisión al mundo

Observamos hoy posiciones que renuevan el propósito y alimentan quizás la creación de una nueva oportunidad. Deseamos fervientemente que en el preciso tiempo que vive su generación se produzca finalmente el acontecimiento dichoso, tan denodadamente esperado y trabajado durante siglos, para que finalmente un acuerdo histórico cierre heridas y abra un nuevo tiempo de concordia en el que los vascos sean dueños de su casa para abrirla no solo sin miedo sino con decisión al mundo, empezando por los más cercanos. Grandes serían los beneficios para todos, alegría inmensa para los ciudadanos.

No quiero caer en la tentación de dar fáciles consejos pues resulta temerario dados los condicionantes del tiempo y lugar, los cambios que se han producido en nuestras gentes y otras circunstancias que para una entidad como la mía resulta imposible de palpar en una cercanía física. Permítame su Majestad el atrevimiento con estas mis reflexiones.

La observación del pasado nos advierte que nunca el ánimo pretendidamente benefactor se compadece con la imposición y el desconocimiento de sentimientos diversos, de legítimas posiciones afirmadas pacíficamente por hombres y mujeres de un pueblo, sino que más bien se debilita con las medidas gravosas e incluso agresoras. No se ignore que lo acontecido en siglos ha dañado principalmente los sentimientos dignos y las convicciones firmes de los vascongados. Y crecerá aún si se pierde una nueva oportunidad.

He observado con interés sus recientes discursos en los que proclama que “España es una gran nación”, “una España unida y diversa”, “en la que caben todas las formas de sentirse español” …porque “España es lo que nos une”. Cuando le escucho siempre recuerdo cómo el también Senador Vascongado Pedro de Egaña recibió ya en el año de 1864 la más dura reprimenda desde algunos bancos de la Cámara cuando calificó con naturalidad de nacionalidad a las provincias vascas en tanto estas constituían una organización aparte dentro del reino. En tiempos posteriores se ha extendido y arraigado firmemente la convicción de que los vascos integran una nación distinta, porque así se entienden y se reconocen, defendiendo que sólo desde su libre voluntad será posible acordar un modelo de convivencia que asegure la felicidad en su relación con los más cercanos. Aún más. Majestad, hoy no son pocos los vascos -ya no gustan de llamarse vascongados- que no se sienten españoles. Expresión esta que puede sorprender pero que no debe ignorarse y, aún menos, despreciar. No es cuestión de tozudez o de extrañísima anormalidad sino de legítima y natural afirmación que -por extraño que a algunos les parezca- forma parte de profundas y muy respetables convicciones de ciudadanos libres. Estos tal vez acuerden participar en un mismo Estado, quizás en forma de Reino, siempre que se parta del reconocimiento respetuoso de la realidad vasca y la relación se conduzca a través de un acuerdo asentado en la libertad y el respeto a la voluntad de sus hombres y mujeres, de cada uno de ellos y en su conjunto. En otro caso, no sólo su Majestad corre el riesgo de no ser reconocido como rey por aquellos que no se sienten españoles, por cuanto no se sienten respetados y concernidos por la invocación en la literalidad y fondo de su discurso, también de que el conflicto una vez más en la historia enturbie y empobrezca la convivencia.

Majestad, lo que no pudo ser en nuestro tiempo y que en decenios posteriores tampoco fructificó quizás sea ahora posible. Si previa a la abolición foral la convivencia no fue nunca fruto de la imposición unilateral de la fuerza y el poder de la Corona tampoco a futuro la misma quedará resuelta si en estos nuevos tiempos la mayoría de las Cortes niega y afrenta a la mayoría de los ciudadanos de nuestro País. La incorporación sólo será exitosa si es voluntaria y nunca forzada. Si la nueva organización es negociada y por las dos realidades acordada.

Ruego encarecidamente, Majestad, que perdone el atrevimiento de dirigirme desde espacios y tiempos que no pueden explicarse con palabras. En mi ánimo sólo el amor a mis gentes y la esperanza de que se abra finalmente el feliz acuerdo tan largamente añorado por distintas generaciones. Y para beneficio de las futuras.

Mateo Benigno Moraza y Ruiz de Garibay.

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