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Jon Rodríguez Bilbao

Cuando los sonidos se retratan

Un día eligió la cámara en vez de la guitarra. Aún así, el rock siempre le acompaña. Jon Rodríguez Bilbao acepta el reto de DNA para bucear en su discoteca, mientras habla del inminente Azkena y de la huella fotográfica en la música.

Un reportaje de Carlos González. Fotografía Josu Chavarri - Lunes, 13 de Junio de 2016 - Actualizado a las 06:14h

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El fotógrafo Jon Rodríguez Bilbao (Usual Fotográfica y No Reason Agency) posa rodeado por discos y cámaras en su estudio-tienda de la calle Libertad.

El fotógrafo Jon Rodríguez Bilbao (Usual Fotográfica y No Reason Agency) posa rodeado por discos y cámaras en su estudio-tienda de la calle Libertad.

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Le pasó con 20 años. La fotografía y la música estaban esperando una decisión. Ganó la primera, aunque hoy es el día en el que la idea de aprender a tocar la guitarra está de nuevo sobre la mesa. De todas formas, ambos mundos se siguen cruzando en su vida casi de manera constante, tanto por trabajo como por placer. Es Jon Rodríguez Bilbao, que por un momento interrumpe la agenda de Usual Fotográfica para atender el reto que le plantea DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA: sin guiarse por nada más que sus gustos, seleccionar cinco discos anteriores al cambio de siglo y otros tantos posteriores, aunque en esta última categoría, el creador se toma algunas licencias que se permiten sin problema.

Lo dice incluso con un poco de pudor. “Es que cuando tenía 14 ó 15 años, era más heavy que otra cosa”. Por eso, su primera elección es Iron Maiden. “The Number of the Beast fue uno de los discos que más me marcó en aquella época”, igual que el Plays Live de Peter Gabriel, que “lo escuché hasta la saciedad”. Por aquel entonces, Bilbao vivía en su localidad natal, Amorebieta. “Imagina lo que era ser heavy allí hace 35 años”, ríe, aunque ya por entonces sus oídos estaban atentos “a todo tipo de álbumes”. AC/DC y su Back in black le acompañaron en la época del instituto en Durango, sin olvidar el Electric de The Cult y Surfer Rosa de los Pixies. “Son títulos que tengo asociados a emociones, por eso los elijo”.

“El Azkena es un privilegio para Vitoria, igual que tener Helldorado o la Jimmy”

Admite que ahora compra muchos menos discos y que para el rock “soy un clásico, me gustan las guitarras viejas”. Tal vez por eso, la frontera de los 2000 se la salta a la hora de señalar los títulos, por así decirlo, más actuales. Sucede con el Omega que realizaron Lagartija Nick y Enrique Morente o con la primera referencia (homónima) de Rage Against the Machine, que “hoy sigue siendo un discazo que rompió con todo”, sin olvidar a PJ Harvey y su To Bring You My Love, que “seguro me lo llevaría a una isla desierta”. Sí se ajustan a los parámetros establecidos sus dos últimas elecciones. Por un lado, Earth Rocket de Clutch. Por otro, Highway Companion de Tom Petty, aunque “de él me gusta todo lo que ha hecho, soy muy fan”.

Tras el objetivo Larga -y reconocida- es ya la trayectoria profesional de Bilbao dentro de la fotografía, gran parte de ella desarrollada desde una Gasteiz donde reside desde hace años y en la que ha trabajado para varios medios de comunicación. Hoy, su proyecto Usual (especializado en fotografía de bodas, aunque no sólo se dedique a ello) se compagina con otras apuestas personales. En este sentido, por ejemplo, cabe destacar Soundcheckin’, libro en el que el autor recoge un amplio abanico de retratos realizados en Helldorado tras las pruebas de sonido de varios músicos estatales e internacionales.

“¿Si cobra el que pone el plastiquillo a los CD, por qué no lo pueden hacer los fotógrafos?”

Esto sin olvidar No Reason Agency, propuesta compartida con su colega Sergio Martín con la intención de “dignificar un poco la profesión del fotógrafo” en el mundo de la música. “Cuando vas a una sala de conciertos, el técnico cobra, el camarero cobra, el que friega cobra... En un estudio de grabación, lo mismo... El que pone el plastiquillo al CD también cobra. ¿Por qué el fotógrafo no? Entiendo que estamos en una época en la que parece que todo el mundo puede sacar fotos y que es barato hacerlo, pero la realidad es que unas buenas fotos hay que pagarlas”, recuerda, al tiempo que señala que tanto desde el punto de vista del marketing y la comunicación como desde lo concerniente al valor documental, “nuestro trabajo es más importante de lo que mucha gente cree”.

Asegura que los músicos extranjeros, sobre todo “los abuelos”, son los más conscientes de ese papel de la fotografía en la música, más allá de que “hay quien se deja fotografiar y quien quiere darte una determinada imagen”. Con los artistas cercanos la cosa muchas veces cambia. “Parece que suena engreído que quieras tener una foto chula de tu grupo”, aunque cuando se ven los resultados “les encantan y te las piden... Gratis”.

Él tiene claro que uno de sus deseos es poder acompañar a un grupo durante una gira para después editar un libro. Y que su sueño sería poder hacer una sesión fotográfica con Iggy Pop. “Es mi ídolo”, confiesa. Hasta que llegue uno de esos dos momentos -o ambos-, Bilbao sigue también realizando su labor durante los conciertos, un trabajo que también tiene sus trucos. El primero, preparar la actuación que se va a registrar. El segundo, si se puede, esperar a que pasen tres o cuatro canciones puesto que “en ese momento el músico ya ha roto a sudar”. El tercero, si se está en una sala y en primera fila, “ser consciente de que detrás hay gente que ha pagado su entrada y que no puedes estar moviéndote todo el rato, pegando flashazos y esas cosas”.

Muchos, eso sí, son los factores que intervienen. Para empezar “nosotros trabajamos con la luz” y la iluminación de los conciertos no siempre es la adecuada para el fotógrafo. A la mente de Bilbao viene por ejemplo Soziedad Alkoholika (“siempre trabajan todo con contraluces y siluetas negras”) o el concierto de Tool en el Azkena Rock de 2007 (“se pegaron todo el bolo a la sombra”). Son varios los festivales en los que Bilbao ha estado trabajando, algo que no es tampoco sencillo: muchas horas con el equipo encima, calor, varias jornadas de labor... Y el hecho de tener que estar al tanto de que hay que hacer fotografías aunque, como le sucedió en un Festimad, sobre las tablas estén unos todavía desconocidos Queens of the Stone Age “volándome la cabeza”.

Eso también le ha pasado en el ARF. Ha ido a todas las ediciones, incluida la de la sala. Y no va a faltar a la que está a punto de llegar. “Algún año he perdido alguna boda por ir. Es decir, me cuesta dinero acudir al Azkena porque no trabajo en lo que debo. Pero es que me gusta la música”. “Entiendo que un festival es un negocio, que se hace para ganar dinero, pero el privilegio de tener un Azkena para la gente de Vitoria es la leche. Igual que tener un Helldorado, por ejemplo. O un Jimmy Jazz”, apunta el fotógrafo, que aunque se decanta por ver los conciertos en sala, comenta que en Mendizabala “he visto a bandas con las que he flipado, así que por mí que el ARF siga muchos años”.

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