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marzO: Ellas también juegan / Emakumeak eta kirola

Hambre de inspiración

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La discriminación en el deporte complica la creación de algo tan vital para las nuevas generaciones como los referentes femeninos. Y, aun así, cada vez hay más

Jaione Sanz - Martes, 1 de Marzo de 2016 - Actualizado a las 10:25h

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Eli Pinedo.

Eli Pinedo. (Foto: Efe)

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VITORIA. Las mujeres tienen que alcanzar la excelencia para que el mundo valore sus éxitos. No se trata de un reproche feminista. Es que es así. Pasa, sobre todo, en esos espacios de la vida tradicionalmente dominados por el hombre. El deporte profesional, por ejemplo. Aun con grandiosas hazañas, rara vez consiguen la trascendencia de un compañero mediocre. A lo sumo, si son guapas y se dedican al tenis, a nadar, a hacer acrobacias o a bailar sincronizadas en el agua.

Entonces arrancarán un par de portadas, o saldrán en revistas de moda, sus nombres se oirán durante unos días tras la medalla de turno... Y ya. Por eso es tan difícil encontrar referentes femeninos en los que las nuevas generaciones puedan mirarse, con proyección local o internacional, que ayuden a las niñas a experimentar esos ratos en la piscina, en el campo o en las pistas, con su equipación, como algo más que pura diversión con una breve fecha de caducidad.


Los estereotipos de género que aún cimientan la sociedad tienen mucha culpa. Crecen y se reproducen de mil maneras. Desde que las mujeres son pequeñas, con una educación parca en igualdad que perpetúa la masculinización de unos cuantos deportes, hasta que se hacen mayores, con un reparto desigual de los recursos económicos y materiales y una menor atención de los medios de comunicación. Y aun así, hay mujeres que supieron sobreponerse a las trabas, que sin disponer de esos mitos que la prensa, televisión y radio crean con tanto entusiasmo para los hombres hicieron de su pasión una profesión, que continúan luchando cada día tengan o no trascendencia sus hazañas, que no pierden el ánimo. Que saben que, ahora sí, la mirada de las cosas está empezando a cambiar. Y que ellas pueden, y deben, ser referentes para las deportistas del futuro, aunque no tengan la repercusión de otros. Gente como Eli Pinedo, Livia López o Irantzu García. Tan grandes en lo suyo que, aun sin faro, siguieron la luz.


“Sí, soy un referente, lo tengo claro”, afirma Eli, la amurrioarra que puso nombre y rostro al balonmano femenino de España al traer el bronce de Londres, integrante en la actualidad del equipo Bera Bera de la División de Honor. Lo dice tal cual. Y no se trata de falta de humildad, sino de un firme sentido de compromiso, el que ha adquirido sin papeles con las nuevas generaciones. “Tras cada partido, me tiro media hora de reloj con las niñas, y les respondo en las redes sociales, porque es de las cosas más bonitas que hemos conseguido: que se vean reflejadas y puedan decir eh, algún día llegaré a ser como ellas”, apuntilla. Cuando era un retaco, ella no pudo hacerlo. “Estaban las tenistas Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez”, recuerda, “pero en mi deporte nada”.


Eli empezó a jugar a balonmano a los once años porque le gustaban los deportes colectivos, probó y se enganchó. Y con 18, cuando dio el salto profesional, se dio cuenta de que “la cosa iba en serio”, aunque ni de lejos imaginaba que un día jugaría en la competición para clubes femeninos de balonmano más importante de la Liga española o que sería internacional absoluta con la selección. Pero lo logró. Tenía el talento y le sobraba el carácter. Y ahora, a los 34, sigue volcada en su carrera. Por sí misma y con el claro propósito de aportar luz. “Siempre digo que no se debería diferenciar entre deporte masculino y femenino, sino que se debería hablar de éxitos. Pero aunque se ha avanzado un poco, todavía tiene más repercusión un partido de fútbol de Primera que una medalla de una mujer.  No existe la misma visibilidad, del mismo modo que contamos con menos recursos”, reprocha la campeona.

Y aun así, todas esas trabas, lejos de desalentarla, le han dado más fuerza. “Tenemos que seguir luchando para que las niñas no se vean condicionadas y no abandonen sus metas, porque el deporte es algo absolutamente maravilloso. A mí me lo ha dado todo: experiencias increíbles, los mejores amigos que nunca hubiera podido tener y valores que en el día a día son fundamentales”, afirma. Y aunque sabe que se trata de una batalla continua, tiene claro que nunca se va a rendir, que incluso cuando haya abandonado el balonmano profesional –un futuro cada vez más cercano, pero que aún no se plantea– seguirá abanderando la causa.

“A las mujeres nos han hecho biológicamente así por algo”, proclama, “y debemos trabajar para ocupar el espacio que merecemos, sin distinciones, para dejar de estar relegadas a ese segundo plano”.
Precisamente por ese motivo nació Araski, como un proyecto para la formación y promoción de las mujeres en torno al baloncesto, para darles visibilidad y educarlas en el desarrollo personal desde una perspectiva integral, incluyendo valores como el empoderamiento de las mujeres, el liderazgo y la toma de decisiones, la igualdad y la creación de referentes. 

“Y seguramente Eli y todas las chicas que tienen el mérito de haber llegado lejos no te contarán todo lo que han tenido que superar para alcanzar un reconocimiento, porque lo tienen asumido, pero ha sido mucho y muy difícil”, subraya Livia López. Ella es la presidenta del club, premio Mujer Directiva de Álava 2013, una peleona harta de buenas palabras que sabe que el mundo empezaría a cambiar si las personas se fijaran en “los pequeños detalles”.


“La gente habla de la violencia de género, la brecha salarial, la falta de conciliación familiar y laboral. Eso es terrible, pero es la punta. Abajo pasan cosas que asumimos como normales cuando no lo son o las relativizamos, incluso las propias mujeres”, afirma. Pone como ejemplos de discriminación hechos tan cotidianos como las bromas sexistas, la tendencia a que los juguetes de las niñas sean de color rosa o “cuando el chico va mal en el colegio y le dejan seguir jugando al fútbol pero a la niña le obligan a centrarse en los estudios”. Situaciones de desigualdad, producto de una educación coja, “que  debemos interiorizar, sin esperar a que lo hagan los hombres”. La sociedad ya pone suficientes obstáculos. A puñados en el ámbito deportivo, empezando por las categorías inferiores.


Como dice Livia, “ya no sólo se trata de las ayudas económicas, que también, sino de cuestiones de funcionamiento”. Los horarios para entrenar, las instalaciones, los materiales, los preparadores... Ellas siempre se quedan con los restos. Con lo peor. Y por eso, ante ese déficit de oportunidades que crece conforme se escalan categorías, es tan importante que existan referentes. “Y nos ha costado hacer ver a las jugadoras del primer equipo que lo son. Hemos trabajado para que se dieron cuenta de que cuando están en el bus y las niñas les miran desde la calle, con esos ojos brillantes, deben creerse su papel. Porque es buenísimo que las niñas tengan en quién mirarse. Y que se miren en personas que sufren, que trabajan en equipo, con valores, que salieron adelante sin espejos”, subraya.
Gente como Irantzu García, que inició su flirteo artístico con el hielo por puro entretenimiento y ahora mira ya a las Olimpiadas de 2018. “Mis aitas querían que hiciéramos ejercicio, por una cuestión de salud, para estar en forma. Me fijé en el patinaje sobre hielo, me llamó la atención... Probé y me gustó”, cuenta.  Lo hacía “por pasarlo bien”, hasta que un día los padres le propusieron pasarse a algún deporte que pudieron practicar los cuatro juntos, hermano incluido. “Querían que hiciéramos algo en familia”, apostilla. Así es como se enteraron de que el Ayuntamiento de Vitoria ofrecía un curso de curling y se apuntaron. Fue el principio de una carrera prodigiosa, de la mano del club Ibarpolo. “Me enganchó”, asegura, “aunque no pensaba en ello como una profesión, en parte probablemente por la falta de referentes, masculinos y femeninos”.


Si siguió adelante, tomándose tan en serio el curling como para acabar midiéndose con los mejores , fue porque su carácter de absoluta autoexigencia. “Me picó el gusanillo de la competición. Pero no me refiero tanto al hecho de rivalizar con otras personas como de competir conmigo misma, de ser cada vez mejor, de superarme”, afirma Irantzu. Y ésa es la mejor lección que, a su juicio, las deportistas profesionales pueden ofrecer a las nuevas generaciones. “En ese sentido son importantes los referentes. Para que esas niñas que practican deporte como un hobby, dos veces a la semana y ya, sean conscientes de que si lo desean, si trabajan, pueden continuar y convertir esa afición en algo más grande”, sostiene la joven.


Ella ha sido ocho veces campeona de España y medalla de bronce en el campeonato mundial de curling mixto. Un palmarés de vértigo con 24 años que, si no ha tenido trascendencia social, ha sido porque “no se trata de un deporte de masas”. A cambio, no obstante, ha podido desarrollarse sin  discriminación gracias a que el curling no hace necesariamente distinción de sexos. “Lo que importa no es si eres hombre o mujer”, dice, “sino lo que vales”. Y ella es pura excelencia.


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