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despedida

El apetito insaciable de Pablo

Prigioni se deshace en elogios hacia el Baskonia en una despedida con honores de leyenda

El base argentino, icono del carácter azulgrana, asume como un "gran reto" su desembarco en la mejor liga del planeta

david pejenaute - Miércoles, 15 de Agosto de 2012 - Actualizado a las 05:13h

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Pablo Prigioni se despide a las puertas del Buesa Arena de los periodistas que acudieron a su  última rueda de prensa como baskonista.

Pablo Prigioni se despide a las puertas del Buesa Arena de los periodistas que acudieron a su última rueda de prensa como baskonista. (Foto: Alex Larretxi)

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Vitoria. Pablo Prigioni se despidió ayer en el Buesa Arena como sólo lo han hecho los más grandes. Icono histórico del baskonismo, el base argentino quiso transmitir un mensaje de gratitud hacia todos los estratos sociales de una entidad a la que, según confesó, le debe todo, incluida la oportunidad de probar suerte en la NBA antes de una retirada que no parece tan próxima como los 35 años que aparecen en su documentación invitarían a pensar. Pablo todavía tiene hambre. Su voraz apetito competitivo no ha quedado saciado. Aún le queda un plato al que hincarle el diente. Y aunque su aparición en la sala de prensa del coliseo azulgrana destilaba ciertos aromas de pasado, de resumen de una prolífica carrera, en sus ojos, húmedos de emoción, todavía refulgía una llama de futuro, de ambición.

El jugador argentino, a quien Josean Querejeta no pudo acompañar por encontrarse en estas fechas de vacaciones fuera de Vitoria, volvió a relatar la historia de un cambio vital que le pilló tan a contrapié como al resto. Totalmente convencido para continuar al menos una temporada más en el Caja Laboral, por su estación pasó de repente un tren que consideró que no podía dejar escapar. "El destino me puso en el camino una oportunidad que sentí que debía aprovechar", confesó. "Nunca tuve el deseo de jugar en la NBA, como sí lo tuve de jugar en España o en la Euroliga. Pero siento que si no lo aprovecho, quizá me arrepienta. No ahora, pero sí dentro de unos años", explicó.

Espíritu de aventura Su espíritu aventurero ha resultado clave en la toma de una decisión que le supone perder los cimientos sobre los que sustentaba su ya consolidada y laureada carrera para lanzarse a lo desconocido. Ni siquiera aspectos como el sueldo o la ausencia de garantías de minutos le han hecho echarse atrás. Sentía que necesitaba un nuevo, quizá último, quizá no, reto. "Las condiciones en las que voy son peores en todos los sentidos. Tanto en el plano económico como en el deportivo. Pero nunca tuve las cosas sencillas. Es un reto para mí", confesó el jugador, que no dudó en destacar el enorme papel que tanto Dusko Ivanovic como Josean Querejeta han tenido en su carrera deportiva. "Ha sido una decisión difícil, porque venía de un año en el que en el plano personal me sentí muy cómodo, las cosas me fueron bien. He tenido el máximo apoyo del club, de todos, desde Josean hasta Dusko. El respeto y el cariño que me ha proporcionado Dusko no los olvidaré nunca", reconoció. "Sólo me da tristeza por el Chapu. Nos habíamos ilusionado con jugar esta temporada juntos", dejó escapar una sonrisa el argentino. La decisión, aunque lo parezca, no fue en ningún caso sencilla.

Los compañeros de selección también le animaron a dar el salto. Incluido un ex como Montecchia, que vivió una situación similar. Tal y como constató Prigioni, su excompañero tuvo la ocasión de abandonar el entonces Pamesa Valencia para jugar en los Spurs y luego se lamentó de haber renunciado a probar suerte en la NBA. "Me decía que tenía un agujero en el pecho por no haber siquiera probado", relataba ayer el timonel de Río Tercero. Él quiere esquivar esos reproches futuros. No le tiene miedo al presente, al enorme reto que supone medirse a los mejores jugadores del planeta, pero sí a los peajes de su conciencia en un futuro más o menos distante.

Prigioni, ante todo, se marcha sin el peso de las deudas en su petate. Se siente en paz con la hinchada azulgrana, que en un porcentaje representativo llegó a criticar su fichaje. Por las dudas que representaba la contratación de un jugador tan veterano, los menos; por las rencillas abiertas durante su agria etapa en el Real Madrid, la mayoría. "Me siento tranquilo. El año pasado había dudas sobre mi estado, más los temas extradeportivos, pero yo fui claro desde el primer momento y mi compromiso con el equipo ha sido siempre el máximo que se podía tener", quiso zanjar un asunto que en realidad quedó enterrado en apenas unas semanas. Más o menos el tiempo que necesitaron los reticentes para comprender que el Prigioni que había regresado a Vitoria era el mismo que tomó la N-I dos años antes.

Un incondicional en el exilio Su coraje, su eterno apetito competitivo, su capacidad para inocular sangre a un colectivo un tanto abúlico, le devolvieron el favor de una grada a la que ni siquiera descarta volver a unir su destino en un futuro que, a tenor de sus ganas de seguir jugando, parece más lejano que próximo. ¿Se plantea la posibilidad de un retorno a Vitoria como entrenador? "Hay veces que me lo he imaginado. Pero llegado el momento ya veré qué camino tomo. El día que cierre la puerta de jugador tendré tiempo de decidir", se sacude los fantasmas. Todavía, pese a su edad, todo eso le parece ciencia ficción. Su hambre no languidece todavía. En cualquier caso, su baskonismo continuará latente en la Gran Manzana. "Si tengo esta chance es gracias a este club, a esta ciudad, a esta afición, que me dio mucho, incluida una segunda oportunidad. Seré un aficionado del Baskonia en la distancia. Un incondicional más", proclamó.

El jugador argentino, integrante de una generación irrepetible para el baloncesto de su país que ha estado íntimamente ligada a la historia del club vitoriano, tiene la fórmula para triunfar en la capital alavesa. No se precisan ingredientes mágicos, ni un talento desorbitado. Es mucho más sencillo. Prigioni lo sabe y lanza un mensaje para los que vengan por detrás: "No hay más fórmula que dar lo que cada uno tiene. Pero tienen que entender lo que gusta en este club y a esta afición. Aquí lo único que se exige es entrega, sacrificio, dar el máximo. Esos son los valores de este club", resume. Y han sido también los de su selección, con la que lo ha ganado todo en una década mágica y que en Londres no pudo cerrarse con una nueva medalla olímpica. Eso dolió, y mucho, en el seno de la albiceleste. "Después del partido estuvimos todos llorando durante quince minutos en el vestuario", desveló. Una prueba más del apetito insaciable de un grupo de gladiadores a los que el baloncesto echará en falta cuando no estén.

A la hora de echar la vista atrás, en el momento de digerir los siete años repartidos en sus dos etapas en el combinado azulgrana, al timonel sudamericano le cuesta escoger una instantánea. "Es muy difícil, porque han sido muchos momentos buenos. Me quedo con todos, incluso con los malos, porque todo ha formado parte de mi aprendizaje. Hasta las cosas malas me han servido para crecer. Este club lo es todo", aseguraba, visiblemente emocionado. "Me han sabido dar unos valores, que quizá los tenía dentro pero que desde luego han ayudado a sacar".

Su desembarco en la mejor competición de baloncesto del mundo no resultará silencioso. Al contrario. Prigioni tendrá el honor de fijar un récord en el mismo instante en el que pise por primera vez el parqué del Madison Square Garden. A sus 35 años, se convertirá en el rookie más veterano en la historia de la NBA. En cualquier caso, no deja de ser una anécdota para un tipo al que no le asusta la tremenda competencia con la que se encontrará en su puesto en unos Knicks que este verano han reclutado a un base de garantías como Raymond Felton y se han hecho con los servicios de un veterano de lujo como Jason Kidd. El argentino tiene un plan. No es nuevo. Es el de siempre. "Trabajaré al máximo para demostrar que tengo capacidad para ayudar al equipo, para poder jugar", advirtió.

Sin miedo a nada Cruza el charco sin miedos. Como mucho, con cierto grado de incertidumbre por su desconocimiento de los intestinos de un baloncesto trufado de egos, de jerarquías establecidas. "Son cosas que no controlo. Pero no tengo miedo ni excesivo respeto a nada. No tengo la sensación de que me vaya a costar una locura. He estado jugando recientemente contra el equipo de Estados Unidos, que son los mejores de los mejores, y no me ha parecido tan diferente. Está claro que requeriré de un periodo de adaptación, pero creo que soy inteligente para acortar ese periodo al máximo", firmó su declaración de intenciones.

Todo comienza de nuevo para Prigioni, que ayer ofreció su penúltimo adiós a una afición que lo idolatró, lo odió como sólo se puede odiar a quien se ha amado con todo el alma y lo volvió a venerar, que volvió a soñar con milagros gracias al espíritu del que sólo los más grandes en la historia del baskonismo han sabido hacer gala. Con una edad que para muchos jugadores supone la jubilación, Prigioni regresa al parvulario, henchido de ilusión, de ambición, de hambre. Porque eso es lo que es él: pura avidez. "No me pongo plazos para dejarlo. Lo de la edad es sólo una cuestión del DNI. Voy a ir año a año. Cuando no me vea capacitado para dar lo mejor, para luchar con los mejores, lo dejo. No me veo jugando un partido por semana para salvarme del descenso. Respeto a los que hacen eso, pero cuando yo vea que no puedo competir al máximo nivel, se acabará". Sólo entonces se apagará su apetito. O quizá ni siquiera entonces. Y tendrá que buscar nuevos retos, nuevas ambiciones, quién sabe si en un banquillo. Pero eso queda lejos. Antes, el baskonismo tendrá la ocasión de seguir su pelea por hacerse un hueco entre los mejores de los mejores. Pocos dudan de que lo conseguirá.

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