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Ausente en la prueba en línea de los Juegos, donde por lesión no defiende hoy el oro olímpico logrado en Pekín, Samuel analiza para DNA la manera en la que el título cambió su vida deportiva y personal
alain Laiseka - Sábado, 28 de Julio de 2012 - Actualizado a las 05:14h
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Samuel Sánchez celebra eufórico el triunfo en la prueba en línea de los Juegos Olímpicos de Pekín de hace cuatro años. (Foto: efe)
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Hay un Samuel sereno y frío que habla desde su casa de Oviedo la víspera de que se corra hoy -a partir de las 10.00 horas- la prueba en línea de los Juegos de Londres y lo hace sin pena ni disgusto. Cuenta que en su última radiografía de control, el jueves, se vio que el hueso de la mano que le impide agarrar la maneta para frenar o para cambiar sigue roto. Y dice que, imposible desde cualquier punto de vista la defensa de su título olímpico, no queda lugar para el reproche ni el lamento. A ese Samuel sensato, racional, no le duele tener que ver la carrera sentado en el sofá de su casa y asegura que todos sus sentidos están centrados en recuperarse y regresar a la carretera más pronto que tarde. Bajo esa piel de cuero duro forrada de cordura, de todas maneras, hay otro Samuel sentimental abrazado al oro olímpico que logró hace cuatro años en Pekín.
¿Qué siente ese Samuel antes de despedirse de su título olímpico? ¿Cómo digiere el fin de un ciclo? ¿Es un adiós más triste por verse forzado a hacerlo desde la distancia? Si hace cuatro años el oro de Pekín le cambió la vida, ¿cómo será esta a partir de ahora? ¿Le duele despojarse de los laureles que ha llevado durante todo este tiempo? Samuel, ¿a qué ritmo palpita tu corazón dorado 24 horas antes de que recobre su color?
Al escuchar tantas preguntas que suenan a ruptura, a separación, a final, adiós, adiós y el dolor húmedo de las despedidas, Samuel se rebela, se declara insumiso de esa nostalgia, insubordinado de ese destierro, y proclama su eternidad olímpica. "No siento que esté ante ninguna despedida", dice. "Nadie me va a quitar nunca el oro olímpico. Cada cuatro años, los Juegos tienen un nombre que se suma al de los anteriores como hizo el mío hace cuatro años en Pekín. No hay excampeones olímpicos. O se es, o no se es. Yo lo seré siempre. Un oro es para toda la vida".
Del miedo al delirio Lo supo, recuerda, hace cuatro años en Pekín, frente a la Muralla China y tras un sprint fabuloso hacia la eternidad. Minutos antes, sintió miedo, le temblaron las piernas y se le disparó el pulso porque había pensado que estaba ante una oportunidad única de entrar en la historia del deportes de la bicicleta y, más aún, del olimpismo, un universo incomparable. Tuvo pánico. A fallar. A no elegir bien el momento, a equivocar la trazada, a quedarse encerrado, a pinchar, a romper la cadena, a caerse... Escapó de esa nube negra y nada más cruzar la meta supo que había logrado algo muy grande, que ese oro era histórico y que sería así para siempre.
"De todas maneras", recuerda ahora Samuel, apartado de los Juegos por la caída del Tour y las lesiones posteriores que trata de dejar atrás, "no fui plenamente consciente de la dimensión de lo que significaba ser campeón olímpico hasta que al día siguiente amanecimos en la Villa Olímpica". Estaba con Alberto (Contador) los auxiliares y los mecánicos esperando al día de la crono. Estaban en su burbuja, alejados del ruido del mundo, disfrutando del ambiente hermético de la ciudad de los deportistas. Estaban aislados. "Hasta que llamé a mi mujer (Vanessa) por teléfono y me contó lo que estaba pasando. Me dijo que era una revolución de la pera. Que era portada de todos los periódicos, de los telediarios, de los noticiarios de las radios". Fue la primera vez que fue consciente de la dimensión incalculable de un título olímpico.
La segunda ocurrió al regresar a casa, pisar la calle y sentirse observado, admirado y señalado, lo que no le había ocurrido nunca antes pese a sus logros ciclistas. "Comprendí lo diferente que era un oro olímpico cuando se me acercó la gente a la que no le gustaba el ciclismo y se enganchó a este deporte", explica el asturiano de Euskaltel-Euskadi. "Claro, no fue solo por mí, sino por el gran año de nuestro ciclismo. Valverde ganó la Lieja; Contador, Giro y Vuelta; Sastre el Tour; y yo, los Juegos. Solo nos faltó el Mundial".
Dos peldaños por encima E internamente, ¿cómo transforma un oro olímpico? "No te cambia. O, al menos, a mí no me cambió. Seguí siendo el mismo. Aquello pudo ser la culminación de una progresión que empezó en la Vuelta 2007 y siguió en el Tour 2008, pero no me dormí en los laureles. No me conformé. Seguí trabajando con la misma humildad que antes. Y crecí", dice Samuel.
Y creció, junto a él, Euskaltel-Euskadi, su equipo, el de Madariaga y Galdeano. El vizcaíno dice que fue Samuel el que con su logro le hizo comprender la magnitud de un título olímpico. El gasteiztarra asegura que aquel oro es un hito para el conjunto vasco, una cima deportiva que difícilmente se volverá a alcanzar. "Euskaltel-Euskadi, su filosofía particular y su historia se dio a conocer más allá del ámbito ciclista", opina Galdeano. "Han sido cuatro años intensos, pero sobre todo para Samuel. Desde entonces le anuncian como campeón olímpico en todas las carreras. Es siempre favorito y referente. Él fue a Pekín convencido de que tenía una oportunidad de hacer historia. Le entraba en la cabeza que podía ser campeón olímpico. Así que conseguirlo le cambió, claro que le cambió. Alcanzar lo que tenía en mente como un sueño le hizo ganar en confianza. Ese día subió dos escalones como ciclista", reflexiona el alavés.
Un espejo para los niños También le cambió el decorado de la vida. "El teléfono empezó a sonar y todavía no ha parado". Durante estos cuatro años le han llamado de aquí y de allá para que mostrase la bicicleta Orbea con la que ganó, la ropa o la misma medalla. Y que junto con la bici, el maillot o el colgante de oro llevara el discurso sano, puro y aleccionador del espíritu olímpico para que calara en los jóvenes modernos, despistados y tentados por todo lo malo de la vida que tienen tan al alcance de la mano. "Al final", prosigue Samuel, "me sentí con la responsabilidad, como otros deportistas antes que yo, de ser un referente para los niños. Hace poco escuché a Miguel Indurain hablando sobre su legado, que somos yo mismo y todos los niños que crecimos viéndole ganar y hacerlo, además, mostrando unos valores tan puros y humanos como los suyos". Con la lógica y prudente distancia con respecto a la figura del campeón navarro, una estatua deportiva colosal, una montaña humana majestuosa, ha sentido Samuel que ha podido dejar su legado y su ejemplo. Que habrá en el futuro ciclistas, o deportistas, que lo serán porque un día se vieron reflejados "en mí, como en Contador, en Valverde, en Freire o en otros".
"Han sido cuatro años maravillosos", recita Samuel su canción recordando sus logros deportivos. Aquella Vuelta de 2009 que acabó segundo, la lucha por el podio en el Tour de 2010, la etapa del Luz Ardiden un año después y, claro, el maillot de la montaña el mismo año. O, también, al fin, la Vuelta al País Vasco, la de casa, "una carrera especial que es un tesoro aún más preciado por todo lo que me costó ganarla".
"Todos son logros inolvidables. El oro olímpico es uno de ellos. Pero yo soy más de disfrutar los momentos, guardar esa foto y dejarla ahí, para siempre, como algo mágico que pude experimentar", dice Samuel. Reacio siempre a vivir anclado en el pasado, el pasado domingo no pudo evitar recordarse, y emocionarse, un año antes en el podio de París como rey de la montaña mientras veía desfilar a Wiggins, Voeckler, Froome, Sagan y los demás. Quizás hoy, dice, le ocurra lo mismo cuando vea a su sucesor en el palmarés de los Juegos subir a recoger el oro olímpico que cambió su vida hace cuatro años.
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