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Alumnos de diferentes rincones del mundo estudian la lengua vasca en el euskaltegi de la Euskal Etxea de Madrid, que cuenta con 128 estudiantes matriculados. Una japonesa, un chino y una chilena narran el por qué de su "pasión" por este idioma.
Leire Gondra
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Le encanta el patxaran. Y el arte de Oteiza y de Chillida. En el regazo descansan sus apuntes de euskera. Acude cada día al euskaltegi, ya va por el segundo curso y su objetivo es vivir algún día en Donostia o en Iparralde. "Baiona me encanta", dice abriendo mucho los ojos. Hasta aquí todo normal, habitual. Aficiones, gustos y ocupaciones que perfectamente podrían corresponder a una chica del País Vasco. Pero es que Yoshino es japonesa y vive en Madrid. Y está enamorada de Euskadi, de sus gentes y sobre todo, de su lengua. Esta joven de 38 años y procedente de Tokio, es uno de los alumnos extranjeros del euskaltegi de la Euskal Etxea de Madrid, en cuyas aulas, los baldintzak, los aditz laguntzaileak, y el nork-nori-nor suenan diferentes, envueltos en acentos exóticos y procedentes de tierras lejanas. Sudamericanos y asiáticos se mezclan en las tres aulas de este euskaltegi no sólo con vascos que residen en la capital de Estado, sino también con un nutrido número de madrileños que se sienten atraídos por el euskera
¿Y qué es lo que impulsa a una japonesa, a un chino, a una chilena, a una rusa o a un madrileño a estudiar euskera? "Hay algunos que tienen alguna raíz en Euskadi, una gran mayoría se han enamorado de algún vasco o vasca y quieren hablar el idioma que habla su pareja en casa, y hay muchos extranjeros que se acercan por curiosidad", explica Errukiñe Olaziregi, una de las tres profesoras de este euskaltegi que cuenta con la friolera de 128 alumnos y que recibe subvenciones de HABE.
"También hay muchos jóvenes que escuchan rock vasco y quieren entender las letras de Kortatu o Negu Gorriak", añade. "En los niveles más altos hay sobre todo gente vasca que ha estudiado en Euskadi y que lo retoma aquí", afirma Errukiñe, una donostiarra que vive en Madrid desde los 12 años. Una japonesa, un chino y una chilena cuentan qué les ha movido a estudiar euskera a la sombra de la Cibeles.
Yoshio era periodista en su Tokio natal. Allí asistía a clases de flamenco y acabó afincada en Madrid, donde trabaja en una agencia de viajes japonesa. Se enamoró del País Vasco tras un viaje a Donostia y a Iruñea y una vez que aprendió bien el castellamo se metió de lleno con el euskera, una lengua que no le parece especialmente difícil. "Me habían dicho que el euskera es muy parecido al japonés gramaticalmente y es verdad", asegura esta japonesa que se relame pensando en la gastronomía vasca. Hace apenas un par de semanas, Yoshio subió al monte Txindoki. "El Txindoki me llamaba, me llamaba...", cuenta expresiva Yoshio, que esperaba encontrarse en la nublada cima con la mismísima Mari. "¡Me encanta la mitología vasca!", concluye.
Yu Zeng dejó su China natal hace cinco años y se asentó en Madrid para perfeccionar su español, ya que hizo la carrera de Traducción e Interpretación. Actualmente ejerce su profesión en un agencia de adopciones, y hace apenas un mes que ha aterrizado en el euskaltegi para aprender euskera, una lengua que le parece "un poco difícil". "Los verbos en español acaban en ar, er, ir. Pero en euskera no hay una nada de eso. ¡Y hay muchos sufijos!", explica Yu con su perpetua sonrisa, amable y tímida. Yu siente mucha curiosidad por la cultura y la lengua vasca. Este interés nació después de viajar en un par de ocasiones a Iruñea, en plenos Sanfermines. "¡Allí hay un ambiente muy loco!", dice riendo Yu, que también conoce Donostia.
En muchas ocasiones, el círculo familiar y de amistades de estos alumnos no comprende esta querencia por aprender euskera. Ese es caso de Yu. "A mis amigos les parece que estoy totalmente loco", ríe. "Dicen que, como todas las personas en el País Vasco hablan español, no tiene sentido aprender euskera", explica. "Ellos piensan que es más útil estudiar francés, italiano o portugués, porque hay negocios entre China y Francia y Brasil. Pero el euskera es más interesante para mí", subraya.
"dulce y melódico" El sosiego y los ademanes tranquilos de Yu contrastan con la espontaneidad y la locuacidad de Claudia Weitzman, una chilena que aterrizó en Madrid hace nueve años para estudiar y trabajar y se ha quedado atrapada en esta ciudad. Claudia estudió en su país Administración de Empresa y Teatro, continuó en Madrid con su formación y actualmente trabaja de camarera o dependienta. Estudia euskera porque sí. Porque le da la gana. Porque está en un momento de su vida en el que hace las cosas que le llenan y que le gustan. Y el euskera le gusta. Mucho.
Su primer contacto con esta lengua fue en la Escuela de Artes Escénicas, en Madrid. Allí tenía una compañera donostiarra y Claudia se quedaba embelesada cada vez que le oía hablar por teléfono en euskera con su familia "Me parecía que sonaba muy bonito al oído, muy melódico, muy dulce y le pedía continuamente que me enseñara palabras", explica Claudia. Unas vacaciones se escapó a Donostia. Una vez allí, se bajó del autocar, miró a su alrededor y se dijo "ésta es la ciudad en la que quiero vivir". Asegura que se enamoró de las gentes de esas tierras del norte, de la gastronomía y de sus paisajes, que le recuerdan a los del sur de Chile. Su relación con un chico vasco le reafirmo en su querencia por el euskera y, empeñada en aprenderlo se bajó un curso de Internet para estudiar por su cuenta, pero se vio desbordada y se decidió a matricularse en el euskaltegi de la Euskal Etxea, donde cursa el segundo año.
"Me llamó la atención que era una lengua muy arraigada a la naturaleza, a la tierra, una lengua súper antigua", resalta. Claudia dice que a raíz de comenzar a estudiar euskera ha empezado a interesarse por la lengua mapuche una de las lenguas indígenas de su país que hoy día corre riesgo de desaparecer.
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