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sociedad | álava

Trabajadores capacitados

Más de 600 alaveses con patologías físicas y psíquicas se emplean en ocho plantas de la empresa pública Indesa, cuya facturación del año pasado alcanzó los 8,2 millones de euros.

Agurtzane Salazar

- Domingo, 24 de Octubre de 2010 - Actualizado a las 04:18h

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SI abandonar la lista del Inem se convierte en una misión imposible en época de vacas flacas, más lo es cuando se posee una discapacidad con un grado igual o superior al 33%. Un porcentaje que supone una barrera inquebrantable a la hora de entrar en un mercado laboral, que cierra todos los accesos a quienes por esa patología ven mermada su capacidad de trabajo.

Más de 600 alaveses que sufren esas afecciones tienen la fortuna de recorrer un camino paralelo, que la Diputación alavesa trazó hace ya dos décadas a través de Indesa (Integración y Desarrollo) para obtener la misma meta: un puesto remunerado que consigue, además de la integración social, un alto nivel de calidad en el acabado de los productos y servicios. Sus ocho talleres dan trabajo a 110 personas en centros cívicos, a 155 en residencias, a 15 en cocina, 40 en lavandería, 220 en limpieza industrial y a 30 en un semillero. Como dato, el año pasado esta empresa pública facturó 8,2 millones de euros.

El Palacio de la Provincia asegura que la cifra se engrosará en 200 puestos más tras dotarla de personalidad jurídica propia, lo que permitirá una mayor capacidad para participar en concursos públicos y determinadas ofertas de trabajo. A una mayor contratación se suman mejoras, como la caseta para la venta del taller vivero de Arbulo, la puesta en marcha del proyecto oleum en la Rioja Alavesa y la construcción de una nueva lavandería industrial.

invernadero de Arbulo

"Con la muleta para ayudar"

A Enrique García, de 29 años, desde hace cuatro el despertador le suena a las 6.30 horas. "Pero ni me hace falta casi la alarma porque soy buen madrugador", confiesa esta gasteiztarra. Una hora después, en la parada del Colegio Sagrado Corazón de Jesús, se monta en el autocar de la compañía Arriaga, donde se encuentra con el resto de sus 29 compañeros de trabajo del taller vivero de Arbulo, el único centro dedicado al sector primario que funciona como tal desde hace 26 años.

Sin embargo, la jornada laboral no comienza como tal hasta el momento en que la valla metálica, ubicada en esta aldea alavesa del kilómetro 365 de la N-I, se abre a las 8.00 horas. Entonces ya no hay marcha atrás. Por delante quedan otras ocho horas para llevar a cabo labores de plantación, mantenimiento, jardinería, así como ocasionales siegas de los 63 municipios de Vitoria o los jardines de un buen número de empresas alavesas.

Aunque, eso sí, antes de ponerse manos a la obra, siempre hay tiempo para saludar a Chicho, Urtzi, Lagun y Zar, dado el ímpetu de los ladridos de estos cuatro guardianes de este centro especial de empleo, que prevé facturar este año 700.000 euros, un 8% más que en 2009. Se trata de un gran invernadero, ya que con sus 6.500 metros bajo plástico le confieren como de los pocos con tales dimensiones en Álava.

"Primero, hay que recoger el tomate, luego clasificarlo, poner las cajas en los palés. Luego, hago lo mismo con los pimientos, que también se meten en las cajas para ponerlos a la venta y lo mismo con las patatas, puerros y berzas", detalla este gasteiztarra "encantado" con su labor. "Gustarme me gusta todo porque es todo al aire libre y se hace más variado. Antes de entrar aquí pasé una época por los trabajos eventuales, pero eran peor porque al cambiar de uno a otro me costaba cambiar el chip. Estaba, como mucho, mes y medio, así que cuando me iba ya me había hecho al trabajo", recuerda este joven, quien antes de Arbulo se ocupó también en un secadero de jamones, en ser limpiador de cristales y en ser repartidor de publicidad.

Enrique es polifacético. De hecho, cuando comenzó en su actual puesto ya tenía "alguna noción" de horticultura, dado que su familia procede de dos pueblos riojanos: su madre de San Antón y su padre de Urdanta. "Pero sí que me pilló de improviso el cultivo hidropónico, que no es en tierra, y la maquinaria porque en el pueblo no están mecanizados y sus huertas son más para consumo propio", detalla con una sonrisa este chico, quien "desde siempre" esperaba con impaciencia a que llegara el fin de semana para volver a pisarlos. "Por eso dicen que me crié medio asilvestrado y la razón de que me guste tanto este trabajo".

El buen clima con sus compañeros también ayuda. "Estamos aquí con la muleta para echar una mano a otro por si no sabe hacer algo", cuenta orgulloso.

Quien está al mando de esta treintena de empleados es Jon Ergüin, responsable hace 21 años de este taller que "al año produce unas 20 toneladas de patata, otras tantas de cebolla y 25.000 unidades de puerro". A Garaia Sociedad Cooperativa se vende toda la producción de tomate y pimiento del país, así como berza o puerros provenientes de las fincas del vivero. Pero no es la única. Una docena más de empresas e instituciones colaboran en este centro ante la gran producción de 100.000 plantas hortícolas de todo tipo.

Un motivo que llevó a Indesa a instalar una caseta de venta, a la que van agricultores de todos los rincones desde mayo a mediados de junio en horario de 8.00 a 15.00 horas. "El resto del año sirve de secado, como ahora con las cebollas", agrega a continuación Ergüin.

En esta misma caseta, Luis Miguel Carrasco, de 44 años, un veterano en el arte de recoger los productos de la tierra, se dedica a clasificar los puerros. "Empecé aquí, en jardinería, en 1989. Primero corto los tallos, los ordeno y hago los manojos con seis en cada uno. Después, los meto en las cajas", declara este vitoriano, quien en verano también colabora con la siega de Adurza o Aretxabaleta, entre otras actividades.

Lavandería

"Conocí a mi mujer en Lortu"

La Diputación también pretende renovar la actual lavandería de la calle Alibarra, a cargo de Luis Mari Ortiz de Arrizabaleta. "Esta planta está ya obsoleta. A últimos de septiembre de 2011 está previsto que acabe la construcción de la nueva planta en Jundiz, donde pasaremos de los 3.000 kilos al día a los 12.000, gracias a la maquinaria avanzada y de los 40 a los 70 empleados", comenta el responsable de Servicios. Un área que también engloba a los 15 empleados de cocina, que producen 220.000 menús anuales, y a los 250 trabajadores de limpieza industrial. Pese a las diversas tareas, sólo un 8% de los asalariados carece de discapacidad física, psíquica o sensorial. "En estas instalaciones se lava y plancha sábanas, felpa, mantelería, uniformes y ropa de los usuarios de las residencias y se entrega en 24 horas porque también realizamos servicios de transporte", aclara con precisión Ortiz de Arrizabaleta.

En el cuarto de doblado, Jesús Ruano, de 52 años, se afana en sus tareas de 7.20 a 14.20 horas. "Me gusta más la plancha porque es un puesto que tú mismo solo lo puedes hacer, sin que otros compañeros medien", relata este hombre quien cuando entró hace 25 años apenas sabía almidonar su propia ropa. "El primer día estuve todo el día planchando cinco pantalones, pero ahora voy a toda velocidad", dice orgulloso. Y razón no le falta, porque además de sus quehaceres diarios en las plantas de Indesa también encontró un hueco para poner a punto su corazón. "Conocí a mi mujer en el taller de mecanizado de Lortu. Llevamos siete años casados, aunque antes estuvimos un tiempo viviendo juntos, por si luego nos teníamos que separar".

En el turno de mañana de esta lavandería también está Manoli Baranda, de 52 años. "Hace unos 8 años empecé de nueva, no tenía ni idea de cómo era una lavandería profesional, pero algo siempre sabes de doblar al haberlo visto en casa", señala esta mujer, quien antes estuvo de camarera en un hotel de Vitoria e incluso montó una pastelería con su marido. "Coincidió cuando tuvimos a uno de los hijos y me empecé a sentir con ansiedad y depresión. Así que al final tuvimos que pedir el traspaso", se acuerda Manoli quien, pese a que se encuentra "a gusto todos los días" y cobra "700 euros y pico", siempre hay unas jornadas mejores que otras. "El día que más me gusta es el de antes de Navidad, cuando el restaurante Teide nos trae pastas y bocadillos y hacemos un parón para comerlos todos juntos", se ríe esta gasteiztarra.

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