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E. arteagoitia/a. salazar - Sábado, 7 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 13:09h
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LA BLANCA (DIA 7)Los niños se adueñan de La Blanca en el día de Celedón y Neska Txiki (A.L.)
Vista:
La bajada de Celedón y Neska txikis congregó a miles de personas
La capital alavesa se quedó ayer pequeña ante los miles de asistentes que no se quisieron perder el día pequeño, aquél que las fiestas dedican a los reyes de la casa: los niños, esos locos bajitos que serán el relevo de la nueva generación de blusas y neskas. Ayer se cumplía el 27 aniversario de la primera bajada de Celedón txiki. En esta ocasión, y por tercer año consecutivo, el remake del aldeano de Zalduoando, protagonizado por Aitor Garcés de Los fayos llegó acompañado de Neska txiki, encarnada por la sonriente brasileña Marcela Arasa.
Tras salir de la iglesia de San Miguel, a las 11.30 horas, los representantes de los más pequeños visiblemente nerviosos y emocionados, bailaron en la balconada el aurresku en honor a la Virgen Blanca, después de cuatro meses de ensayos. A continuación, subieron por la escalera puesta especialmente para la ocasión para realizar la ofrenda floral a la patrona. Sin embargo, sus dos ramos no eran los únicos de esa florida estampa que se prolongaba hasta lo más alto de las verjas que protegen a la patrona de la ciudad.
Uno de ellos, un lirium de color blanco, fue puesto por la argentina Tora Romero y su nieta gasteiztarra Alma Valentina, de tres años. "Es un gesto de agradecimiento a la Virgen por todo lo que ha hecho por mi hijo. Le ha dado trabajo y le ha permitido vivir en esta ciudad", cuenta esta mujer que ayer vivió su primer día de festejos en la capital alavesa. A las 12.00 horas, con el txupinazo, los muñecos comenzaron a descender por dos cuerdas que les llevaron desde la fachada del Consistorio hasta el otro lado de la Plaza España.
A lo largo de cuatro minutos de recorrido, una abarrotada plaza de padres, tíos, abuelos y, sobre todo, niños, se desgañitaban con la popular melodía que dice que Celedón se ha hecho una casa nueva con ventana y balcón. La gasteiztarra Maite y sus hijos Ieltxu, Aroa y June brincaba tal y como lo hacían los representantes en miniatura del aldeano de Zalduondo. Aunque lo hacían con un ojo casi puesto en sus espaldas. "Nos asustan los cabezudos, pero los gigantes no", explica Gorka, el hijo de unos amigos de Maite. En cambio, Txema y su hija June, de 10 años, no tuvieron tanta suerte. "Se nos ha echado el tiempo encima y al final hemos llegado cuando ya estaban subiendo a los muñecos", comenta con cierta pena esta padre gazteiztarra.
Obligaciones Han transcurrido ya cuatro días desde que Celedón descendiera desde los cielos envolviendo a la capital alavesa en un ambiente de verdadera fiesta. Las fuerzas empiezan a flaquear y cada vez cuesta más levantarse para cumplir con las obligaciones que establece para una cuadrilla de blusas la programación de La Blanca. Sin embargo, el de ayer era un día especial. Uno de esos en los que no importa haber dormido poco, tener los tobillos hinchados de pegar tantos saltos o seguir sin poder desprenderse del constante olor a vino que deja el hecho de estar atado casi las 24 horas del día a un porrón.
La jornada estaba dedicada a ellos, a los más pequeños, a la generación que dentro de unos cuantos años se encargará de dar vida a las fiestas de su ciudad. Por eso Olaia y su hermano Ekhi, de diez y cuatro años, respectivamente, apenas podían contener los nervios de ver atravesar la Plaza Nueva a Celedón y Neska txikis. Para ambos es uno de los días más importantes de La Blanca, porque por una vez ellos son los protagonistas. Por delante les esperaba una larga jornada que culminaría en el parque de El Prado, un espacio que cada 7 de agosto se convierte en un verdadero paraíso para todos los niños, que tienen la oportunidad de disfrutar de multitud de juegos infantiles.
El día, sin embargo, comenzó pronto en casa de los González de Garibay, sobre todo para la madre, para Arantza, a quien le toca vestir cada día a los pequeños. "Encima siempre llegamos tarde a todas partes, siempre mirando al reloj", asegura resignada, aunque se arma de paciencia para que ambos luzcan el mejor aspecto. "Las dos, tanto Olaia como yo, llevamos el moño impoluto, aunque nos cueste esfuerzo", explica Arantza, que se confiesa "bastante purista" en todo lo que tiene que ver con la indumentaria de fiestas. "El día que vea a mi hija con una camiseta de tirantes, sandalias y falda de arrantzale, como van ahora las jóvenes, no sale de casa". Gari, el padre, también está de acuerdo en este aspecto. De hecho, pese a su corta edad, su hijo Ekhi ya ha adquirido una de sus costumbres, que es no quitarse de la cabeza la txapela durante todos las fiestas, aunque el sol apriete y haga mucho calor. "Para eso es igual que yo, somos dos fotocopias, y es lo que siempre ha visto en casa", apunta.
Pese al trajín que se traen en fiestas, este blusa de la cuadrilla Okerrak tampoco quiso faltar a su cita habitual en este día dedicado a los más pequeños. "Yo tengo asumido que haga lo que haga la noche anterior, este día tengo que estar con mi hijos", explica. "¡Y lo cumple, vaya que si lo cumple!", apunta su mujer. Durante las fiestas es Arantza la que se encarga del cuidado de los hijos, y por la tarde ella misma les lleva al paseíllo de vuelta junto a su aita, con el que disfrutan de este momento como nadie. Sin embargo, el día 7 es para estar en familia.
En su rincón, junto al bar La Unión, quedan con el resto de la cuadrilla para ver bajar a Celedón y Neska txikis. Allí les esperan sus amigos, Ibai Ruiz y su hermana Lexuri, de ocho y cinco años. Olaia confiesa sentirse emocionada. Le hubiera gustado algún día poder saludar a todos desde el balcón del Ayuntamiento, es uno de sus sueños. "Le da un poco de envidia. Cuando le tocaba a Okerrak nombrar a Celedón y Neska txikis nos lo ofrecieron, pero ella sólo tenía seis años. No pudo ser", recuerda Gari. Su hermano Ekhi, sin embargo, prefiere ver la escena desde abajo, en tierra firme. "Me da un poco de miedo la altura". Donde verdaderamente disfruta es en los fuegos artificiales, aunque se pase todas las sesiones tapándose los oídos con las mano. "Le suele molestar el ruido, pero le encantan", explica su ama. Aunque, sin duda, si se tiene que decantar por algo de estas fiestas, lo tiene muy claro. "Comerme un bocata en las txosnas". Lexuri también está emocionada con este acontecimiento, por lo que no pierde detalle de todo lo que sucede en la plaza. Ni ella ni su hermano presentan síntomas de cansancio pese al ajetreo de los últimos días, en los que se les permite llegar a casa de madrugada, a eso de las dos. "No tengo sueño, sólo tengo sueño cuando me levanto para ir a la ikastola", asegura Ibai.
Los cuatro son estudiantes de Durana. Además, tienen en común que prácticamente desde que nacieron sus padres les han intentado inculcar la tradición de las fiestas. "Les vestimos de blusas y de neskas desde el primer día, les vamos metiendo el veneno dentro para que cuando sean mayores sigan nuestros pasos y salgan también en una cuadrilla", explica Gari orgulloso. Y ya lo hacen, de hecho. Ninguno de ellos se pierde el paseíllo de vuelta, y no como espectador, sino como parte activa. Olaia y Ekhi no se despegan de su aita durante todo el recorrido; Ekhi, de hecho, no quiere moverse de encima de sus hombros. Desde allí a lo alto observa la gran cantidad de gente que se arremolina en las calles para verles pasar cada tarde, una vez termina la corrida de toros. "Les encanta que les miren, se sienten importantes", asegura Gari. Lexuri, por su parte, está fascinada con el gran tractor que les hace compañía durante todo el trayecto. Ninguno de los cuatro falta a esta cita. Pese a ello, no parecen estar demasiado cansados. "Aguantan carros y carretas", insiste el padre de Olaia y Ekhi, que todavía recuerda la jornada vivida el pasado jueves, día de La Blanca, la más emocionante por cierto, pero en la que tuvieron que madrugar. "Nos levantamos todos pronto para ir a llevarle flores a la Virgen, es uno de los días que más les gusta también a ellos, a los pequeños", explica.
A Olaia, de hecho, le encanta. "Espero poder bailarle algún año el haurresku", asegura esta joven, que durante el curso suele asistir a clases de danzas vascas. Ayer, entre la muchedumbre de la Plaza Nueva, recordaban la cantidad de cosas que les queda todavía por hacer antes de que terminen las fiestas de La Blanca. La jornada de ayer, desde luego, fue redonda. Primero la bajada de Celedón y Neska Txiki, y luego el vermut. "Eso que no falte", aseguraba Arantza. Después de echar una buena siesta, la diversión continuó en el parque de El Prado, repleto de animaciones infantiles. Ya por la noche, el cielo de la capital alavesa se volvió a iluminar para deleite de Ekhi, gracias a la muestra internacional de espectáculos pirotécnicos. Los pequeños tampoco se quisieron perder el toro de fuego, y corrieron calle arriba y abajo, desafiando el peligro, delante de unos cuernos que echaban chispas. Para cerrar la noche, qué mejor plan que mover el cuerpo con la música de Gozategi, en la plaza del Machete, y de Efecto Mariposa, en la de Los Fueros.
Para las familias González de Garibay y Ruiz sin duda están siendo unas fiestas intensas y tremendamente divertidas. Ninguno de ellos ha faltado a su cita con La Blanca desde que tienen uso de razón. "Nosotros sólo hemos fallado un año, cuando estaba embarazada de Ekhi, y los de la cuadrilla ya se encargaban de recordárnoslo, el móvil sonaba constantemente", recuerda Arantza. Aseguran que hasta el último día seguirán dándolo todo, cumpliendo con el compromiso que supone pertenecer a una cuadrilla de blusas. Eso sí, alguno que otro tiene ya la mirada puesta en las vacaciones, en tumbarse en la playa, en disfrutar de los chiringuitos, en hacer castillos de arena... "¡Nos vamos a Canarias!", anuncia Ibai.
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