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Cinco conocidos rostros de Vitoria recuerdan aquellos momentos especiales que el paso del tiempo no ha podido borrar
Luis y Juan Ignacio viajan a su infancia, y Gorka, Mauro y Encina a los años más locos
fotos alex larretxi / jaizki fontaneda/ marcos ruiz, texto JAIONE SANZ - Sábado, 7 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 04:17h
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Luis López de Sosoaga interpreta el paseillo que protagonizaba juntoa los Cachoroos a medidos de los años 50 (DNA)
Los recuerdos de Luis López de Sosoaga, Juan Ignacio Lasagabaster, Gorka Aginagalde, Mauro Entrialgo y Encina Serrano
Vitoria. Hay imágenes, olores y sensaciones que nunca se olvidan. Más aún, cuando han surgido, volado y erizado los pelos en fiestas de La Blanca. Por estas fechas, todos los vitorianos, sobre todo los que peinan canas, se acuerdan irremediablemente de aquel día, aquel año o aquella época especial que el paso del tiempo no ha podido borrar. Entre ellos, los protagonistas de nuestro reportaje: el pastelero y Celedón de Oro Luis López de Sosoaga; Juan Ignacio Lasagabaster, director de la Fundación Catedral Santa María; Gorka Aginagalde, actor de éxito; Mauro Entrialgo, dibujante y cofundador del TMEO, y Encina Serrano, concejala del Ayuntamiento.
luis lópez de sosoaga
"Tras la procesión de los Faroles, íbamos a tomar leche merengada a Casa Kiko"
Fue el año en que despegó el primer satélite artificial del mundo, los estadounidenses arribaron en Vietnam, la revolución apretó el acelerador en Cuba... Y el aldeano de Zalduondo se estrenó en su bajada a Vitoria en la Plaza de España. Luis López de Sosaga, el famoso pastelero, se acuerda bien de aquel momento. Y aunque sólo tenía nueve agostos, no duda en considerar aquella celebración de La Blanca, la de 1957, como la más destacada de su vida. Por delante, incluso, de las ediciones que disfrutó como Celedón de Oro y txupinero. "Sí, de entre todos me quedo con ese recuerdo. La gente encendió el puro. Se formó una gran humareda. El muñeco amenazó con caerse. Hubo muchos gritos". Rara vez las inauguraciones son perfectas. Incluso en el caso de "las mejores fiestas del mundo", como siempre dice el artesano de los sabrosos chuchitos.
Aquel 4 de agosto prosiguió para el pequeño López de Sosoaga con la procesión de los Faroles. "Antes era una maravilla. Había más recogimiento, y más regocijo, porque había menos follón en la calle", rememora el pastelero, al mismo tiempo que le asalta una golosa picadura en la punta de la lengua. Esa noche, tras el acto religioso, acudió a tomar una leche merengada a Casa Kiko, en la calle General Loma. Una tradición que se prolongó durante toda la infancia, al igual que el paseíllo con las cuadrillas. Los Cachorros fue la primera con la que reventó las abarcas. Eso sí, a ritmo de conga. "Nos poníamos en fila, uno detrás de otro, agarrándonos la camisa", explica. Y así salió de los toros esas tardes, y sucesivas en siguientes ediciones, para luego encaminarse a las barracas, ubicadas por aquel entonces en Prado.
"Y llegó la traca final. En la Plaza de España, saltando los cohetes. Aún no había subida de Celedón", resume el pastelero, que no duda en exhibir su orgullo por las fiestas de Vitoria siempre que puede. "Participa la gente y lo hace de corazón". Como él. A pesar de que estos días sigue levantándose a las cuatro de la madrugada para ir a trabajar, al salir de la tienda se entrega al jolgorio. A tope, como blusa veterano, hasta que suenan las campanas de medianoche y se convierte de nuevo en pastelero.
juan ignacio lasagabaster
"Todos los años tenía que volver a comprar el bastón con la trenza en el mango"
La primera vez que vio bajar a Celedón en la Plaza de España fue también la primera para el aldeano de Zalduondo. "Yo, sin embargo, pensaba que siempre había sido así", confiesa entre risas Juan Ignacio Lasagabaster, director-gerente de la Fundación Catedral Santa María. Tenía entonces siete años, pero la imagen desde casa de sus tíos quedó grabada en su memoria para siempre. Y la humareda, en su nariz. "Subía hasta los balcones. Yo estaba fascinado, encantado... Y el suelo era enteramente rojo. Entonces todo el mundo llevaba el pañuelo del mismo color", recuerda. Y él, por supuesto, no era menos. Su madre le vistió durante la infancia de blanco con complementos en bermellón, estilo San Fermín.
No obstante, para Lasagabaster, las fiesta por aquella época comenzaban el 25 de julio, fecha en la que estrenaba "el bastón con la bola en la punta y la trenza en el mango". Un artilugio que simbolizaba como ningún otro el punto de arranque de la celebración y que siempre desaparecía durante La Blanca. "Todos los años tenía que comprar uno nuevo. No sé qué pasaba...". Cosas de la fiesta, sin duda, que él vivió con absoluto fervor hasta que el paso del tiempo le obligó a echar un poquito el freno.
Lasagabaster da un gran salto desde el año 1957 para llegar a su época madura. El acontecimiento, el mismo, la bajada de Celedón, pero con los amigos en lugar de la familia y balcón en la Virgen Blanca en vez de en la Plaza Nueva. Un momento "muy especial" que se truncó hace dos años con el trágico fallecimiento del anfitrión, el abogado Juan Irrizabal. "Sin él, no es lo mismo", reconoce con pesar el impulsor de la rehabilitación de la Catedral Vieja. Por eso, ya no hay txupinazo en el que el grupo de amigos no se acuerde de él mientras enciende un nostálgico puro. Tristeza disipada por el humo para alegrar el corazón y disfrutar de unas fiestas "familiares y sociables, con actos para todos".
mauro entrialgo
"Mientras sonaba "Botes de humo" de Cicatriz, la Policía empezó a lanzar pelotas""
Mauro Entrialgo lleva mirando la puerta de Alcalá los últimos veinte años de su vida. Y en todo ese tiempo, el viñetista no ha vuelto a pisar Vitoria en fiestas. "Mucho trabajo y poco tiempo libre", resume. No obstante, hay una anécdota "especialmente sorprendente" que durante estos días le vuelve a la cabeza. Es 1986, ha parido con éxito Octopus, está a punto de coengendrar el famoso TMEO y disfruta de un concierto en la explanada de la Catedral Vieja. Toca Cicatriz, aquel grupo del rock radical vasco. De pronto, aterriza una masa de jóvenes procedente de la calle Cuchillería, y detrás los uniformados. Mal asunto.
"Los manifestantes se metieron rápidamente entre el público y la poli cargó contra todos los que estábamos allí", rememora Entrialgo. Empezaron a volar pelotas de goma mientras sonaba Botes de humo: "Son las ocho y qué follón en la manifestacion, polis con cascos verás, la jeta te partirán...". La ironía se transformó en acción. Los asistentes, incluido el ecléctico artista vitoriano, se sublevaron. "Es que no entendíamos qué estaba pasando. Pero estábamos siendo agredidos". Y la batalla campal, salpicada por el alcohol, obligó a los agentes a retroceder.
Era una época revuelta en las calles de Gasteiz, pero también generadora de multitud de iniciativas independientes. "Se celebraban por aquel entonces las llamadas fiestas paralelas, organizadas al margen de los actos masivos e institucionales", subraya Entrialgo, para quien las fiestas que él disfrutó, las de los ochenta, "en absoluto podían considerarse tranquilas". Los bares no echaban la persiana en los seis días que dura La Blanca -ni querían- y él apenas bajaba los párpados.
gorka aginagalde
"Con 20 años salía de trabajar del bar a las seis, me duchaba y me iba a tocar las dianas"
Es actor, por encima de todas las cosas. Pero a lo largo de su vida Gorka Aginagalde ha tocado otros palos. El tambor, concretamente, entre los 18 y los 20 años durante las fiestas de La Blanca. Bueno, y también copas, tanto servidas como bebidas. "Sí, sí, aquellas fiestas fueron muy intensas", confirma con una generosa carcajada, mientras vigila a su hija en los hinchables del Prado.
Entonces, el cuerpo de Aginagalde aguantaba lo indecible. Trabajaba en un bar, salía de allí alrededor de las seis de la mañana, iba a casa a dormir un par de horas, desayunaba, se tomaba unos potes en las txosnas, acudía a la Plaza de España para tocar las dianas con los gaiteros, volvía a saciar el espíritu, luego hacía lo propio con el estómago y regresaba al bar. Así, sin parar, durante los seis días que duraban las fiestas. "La verdad es que era una espiral terrible", admite. Pero la juventud "y comer bien y mucho" le permitieron sobrellevarla y disfrutarla al máximo.
Ahora, el día 4 es su favorito. Sale a potear a primera hora, pasa por la plaza del Machete a empaparse del folklore, enlaza con la bajada de Celedón y continúa de bar en bar hasta que el cuerpo le pide cama. El resto de La Blanca, no obstante, está dedicado a su niña. "Para las once de la mañana he podido desayunar tres veces", apunta entre risas.
encina serrano
"Viví varios flechazos, y eso que entonces no había costumbre de tocar a Celedón para ligar"
Es la concejala terremoto del Ayuntamiento. Y una de las sexagenarias más it de Vitoria. De ahí que, cuando recuerda sus andanzas juveniles durante La Blanca, ambas cualidades hacen acto de presencia. Encina Serrano lo mismo se pegaba a una txaranga y la seguía bailando hasta quemar el repertorio como se ponía guapísima para asistir a la corrida de toros. "Me he divertido un montón, y lo sigo haciendo", subraya.
La edil del PP, al igual que les sucede a los gasteiztarras de su quinta, es una nostálgica de la bajada de Celedón en la Plaza de España. "El humo, la actitud de la gente... Era un acto muy emotivo. No entiendo por qué los jóvenes prefieren ahora mojarse con champán, no lo veo divertido", apunta. Entonces el riesgo de manchas era menor y, por eso y tal vez porque eran otros tiempos, en las corridas también "había más glamour". Así que Serrano, aficionada a este espectáculo taurino "por gusto y punto", estaba en su salsa.
Tras los toros, la edil acudía a bailar al Círculo Vitoriano, el emplazamiento testigo de "varios flechazos e historias de amor que no llegaron muy lejos". Serrano confiesa que en fiestas ligaba bastante, "y eso que entonces no existía la costumbre de tocar a Celedón". Lo que sucedía es que acudía gente de fuera, por lo que la oferta se ampliaba y mejoraba, y ellas no dudaban en aprovechar la situación. "Venían catalanes, madrileños... Así que hacíamos muchos amigos", confiesa con una sonrisa.
Ahora, pese a que los años pesan un poco, hay actos que nunca perdona: las corridas de toros, la verbena de Joselu Anaiak, los fuegos artificiales, las ferias de artesanía y gastronomía, y los conciertos de la Banda Municipal en La Florida. "Estas fiestas se viven en la calle, y hay muchísimas actividades y muy interesantes para todos los gustos y edades", recomienda la edil.
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