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por Xosé Luis Barreiro Rivas, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Santiago de Compostela - Miércoles, 4 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 09:51h
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Ala hora de la verdad, cuando la reforma laboral estaba adquiriendo su formato legal definitivo, el PNV y CiU actuaron con el mismo patrón de Beltrán Duguesclin: ni quitaron ni pusieron rey, pero ayudaron al PSOE, dejando al PP con un palmo de narices. Y para que ningún lector juegue a interpretar mis palabras desde la doble fama de héroe y bribón que el condestable francés se ganó en la historia de Castilla, quiero que sepan que apruebo sin reservas la posición adoptada por convergentes y jeltzales, y que estoy convencido de que, no siéndole exigible más de lo que hicieron, les era exigible, en cambio, todo lo que hicieron.
En términos políticos es lógico que ni el PNV ni CiU quieran ligar su futuro al PSOE de Zapatero y que, después de haber realizado muchos y muy costosos sacrificios para mantenerse en el centro del mapa político de España, en modo alguno se arriesguen a perder su capacidad de actuar como partidos bisagra y aportar serenidad y buen hacer a las necesarias alianzas de gobierno. Eso es lo que hicieron en toda la historia de la democracia, desde el nacimiento de la Constitución hasta hoy, y eso es lo que esperamos que sigan haciendo con la misma lealtad y acierto con el que hasta ahora actuaron.
La estructura de partidos generada desde la Transición, que en este momento podría definirse como un bipartidismo imperfecto, hizo que la formación de las mayorías parlamentarias no gire sobre un partido liberal, de corte centroeuropeo, que los electores se negaron siempre a entronizar, sino sobre unas minorías nacionalistas, extraordinariamente sólidas y estables, y con límites de expansión impuestos por su propio modelo territorial, que, además de limar las asperezas de la controversia bipartidista, mantienen en la agenda de España la cuestión de la organización del Estado y las tensiones dinamizadoras que definen las relaciones de poder entre el centro y las periferias.
En tales circunstancias se hacen muy frecuentes las situaciones en las que, como acaba de suceder en el debate sobre la reforma laboral, los partidos nacionalistas se ven obligados a responder al doble objetivo de gobernar, o de ayudar a quien lo hace, y de marcar distancias con unas mayorías que, como vine haciendo el PSOE desde hace dos años, cometen garrafales errores de diagnóstico y de decisión.
Cuando sobrevienen situaciones en las que tanto el sí como el no tienen consecuencias estratégicas contradictorias, la abstención puede convertirse en una auténtica acción de gobierno, ya que, lejos de liberar al PNV y a CiU de sus compromisos políticos, genera importantes y serias consecuencias para la política y para el posicionamiento electoral de los ciudadanos. Lo primero que hay que decir es que la abstención de los nacionalistas centristas y liberales equivale de hecho a un voto a favor de la reforma del mercado laboral, ya que esa abstención o el voto afirmativo eran condición ineludible para que la ley prosperase. No se puede negar que entre el voto afirmativo o la abstención hay notables diferencias de matiz, pero desde la perspectiva del analista político tampoco se puede ignorar y ocultar que, más allá de una posible tolerancia con la reforma, alcanzada a regañadientes, está la convicción de que era necesaria y que incluso debió haber negociaciones, más expresas que tácitas, para establecer la redacción final de la nueva ley. Y, puesto que el apoyo dado al PSOE es defendible en muchos y muy importantes aspectos, no considero un acierto que PNV y CiU traten de mostrar una total falta de compromiso con lo que, si hubieran querido, podrían evitar. Las diferencias entre los nacionalistas y los socialistas quedan marcadas por la abstención; pero la responsabilidad de la reforma laboral queda estrechamente compartida por los tres partidos que por fas o por nefas la convirtieron en ley.
Pero las razones de esta decisión van mucho más allá de un abstracto compromiso con las políticas anticrisis, ya que CiU y PNV tienen razones políticas y electorales que se relacionan directamente con la tan traída y llevada soledad de Zapatero. Porque si bien es cierto que a convergentes y jeltzales puede serles indiferente quién gobierne España a partir de 2012, no les da lo mismo que ese gobierno se fundamente en una mayoría simple o en una mayoría absoluta, porque ni están dispuestos a perder la posición estratégica que ahora les hace fuertes y les permite negociar sus políticas en condiciones de ventaja, ni tienen ninguna garantía de que un gobierno mayoritario del PP, presidido por un Rajoy indeciso y pusilánime, acabe derivando en un nacionalismo de Estado socialmente regresivo y políticamente centralizador como el que ejerció Aznar en su segundo mandato.
La posibilidad de quemar a Zapatero, y meterlo en unas elecciones a la desesperada, no es un buen escenario para los nacionalistas, ya que sería lo mismo que dirigir el palo a su propia espalda. Y por eso conviene enfriar la idea de que, en aras de una negociación maximalista como la que Urkullu parecía insinuar este fin de semana, se pueda llevar a Zapatero al borde del abismo. Los nacionalistas están obligados a plantear estrategias electorales que en ningún caso sean compatibles con el fortalecimiento de la derecha popular. Lo que quieren y necesitan PNV y CiU es que el PSOE y el PP se muevan en torno al empate, y eso, en estos tiempos, es tanto como decir que Zapatero tiene un seguro de vida que le está permitiendo gobernar en minoría durante dos legislaturas, y provocar enormes cambios sociales, económicos y políticos, si haber perdido una sola votación.
Prueba de esta necesidad es la anómala coalición que gobierna Euskadi, que tanto parece estorbar los objetivos de los socialistas como los del PNV, y que, en aras de un proyecto personalista de Patxi López, no puede hacer formulaciones de futuro que vayan más allá del pírrico y circunstancial desalojo de los nacionalistas de los despachos de Ajuria Enea. Y por eso se entiende que, mientras López y Barreda claman contra el entendimiento entre el PNV y el PSOE, Urkullu y Zapatero estén intentando un nuevo marco de acción en el que sea posible simultanear el cumplimiento pleno del Estatuto de Gernika con la controlada viabilidad del proyecto Zapatero.
Todas las encuestas electorales conocidas en este fin de semana apuntan hacia un recorte de la notable ventaja electoral que el PP había conseguido sobre el PSOE. Y a nadie debe ocultársele que ese hecho, que hace sólo un mes parecía imposible, es el resultado de tres factores muy claros: la reactivación política de Zapatero, la ayuda estratégica y oportuna que los nacionalistas le prestaron al Gobierno de Madrid y el mantenimiento de Rajoy en su adorado papel de Don Tancredo de la crisis. Y todo apunta que esta situación se vaya a mantener hasta el final, con los nacionalistas actuando con Zapatero como lo haría Dios bendito: apretando mucho, pero sin dejar que se ahogue.
Gracias por su comentario
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