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El "rollo", o lo que sea

Lunes, 26 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:15h

AVANZABA el otoño y no finalizaban las obras. Era urgente acabar los últimos trabajos. Si no, las madres y los padres de los niños podrían impacientarse. Al fin, el 15 de octubre el alcalde Patxi Lazcoz y la concejala Isabel Martínez, junto a la consejera de Educación, Isabel Celaá, reinauguraron la escuela infantil Txagorritxu tras una completa reforma en la que se habían gastado 900.000 euros. Lazcoz, en su faceta más tierna y populista, aparecía en la foto cogiendo en sus brazos de forma amable a una niña. Bonita escena para aparecer con buena imagen en los medios.

En el tejado había quedado un enigmático objeto. Era inconcebible que antes de aceptar las obras y de proceder a la reinauguración, los servicios y mandatarios municipales no hubieran hecho una profunda revisión de todos los nuevos elementos, recogiendo lo olvidado y corrigiendo lo que en los últimos días se había hecho de forma apresurada.

Han pasado más de ocho meses y en el tejado, junto a una de las chimeneas, sigue el extraño objeto. A primera vista parece un rollo de cable verde y negro. Pero ¿no será tal vez una escultura moderna, creación de algún egregio artista del Krea, colocada para adornar el novedoso tejado de chapa gris, baldosas flotantes y grava movediza? ¿O una antena de última generación? Mirándolo bien, parece un rollo que sigue allí, impertérrito, resistiendo ciclogénesis explosivas y demás eventos atmosféricos. Las abundantes nevadas de este invierno empezaron a producir alguna pequeña grieta en los bordes de la chapa. Raudos y veloces, los servicios de mantenimiento se subieron con una escalera para tirar la nieve que se amontonaba en los bordes del tejado por falta de previsión de los arquitectos, que no habían pensado en este clima cuando idearon el modernísimo tejado. Pero se olvidaron del rollo, escultura o lo que sea.

Hace tres o cuatro meses, vinieron dos jóvenes de la empresa Giroa. Con dificultades extendieron su escalera plegable. Uno de ellos se subió al tejado; dudó repetidas veces al pisar la chapa. Al final, se decidió y lo hizo con sumo cuidado. Tocó las chimeneas, apretó algún tornillo, retiró algunas piedrecillas y al rollo, o lo que sea, ni lo miró.

Entre las baldosas flotantes han empezado a florecer algunos hierbajos: es la sabia Naturaleza la que quiere alegrar el paisaje desolador, grisáceo y metálico del tejado. La chimenea de la calefacción, probablemente sin aislar adecuadamente, sigue produciendo contaminación acústica de forma fatal y sin remedio para enfado y fastidio de algunos vecinos. Los niños y niñas juegan en el patio sobre una especie de alquitrán azul con manchitas rojizas que en los días de calor sigue emitiendo, ocho meses después de ser extendido, un fuerte olor nauseabundo. Todo esto en la verde Vitoria-Gasteiz. Hace unos meses empezaron las reformas: dividieron el patio con una nueva verja, tal vez no prevista en los proyectos iniciales. Los alféizares de las ventanas han perdido su blancura marmórea con la marca indeleble de las macetas… En resumen, la vida, los días y los meses transcurren.

Pero el rollo, o lo que sea, sigue allí. Quizás esté furioso por no ser reconocido como la escultura vanguardista. Acaso se sienta fracasado por no haber podido ser utilizado para cablear la instalación eléctrica. Sea lo que sea, sigue impertérrito, pero tiene que estar estresado. Nadie le hace caso.

Todos los días, a las ocho de la tarde, aunque ahora en julio al sol le falta un amplio recorrido hacia el horizonte, las luces externas de la escuela infantil se encienden misteriosamente. No hay nadie: las trabajadoras hace horas que se han marchado y todas las ventanas están muy cerradas. ¿Un fantasma se ha quedado dentro? No, es el rollo que sigue protestando por la burocracia y las buenas palabras incumplidas. Unas dos horas más tarde, cuando ya empieza a anochecer y están a punto de encenderse las farolas de las calles y del parque, las luces se apagan.

Si Patxi Lazcoz lo viese, aunque ciertamente no es ni un soterramiento ni un auditorio ni un palacio de deportes, con toda certeza haría algo para solucionarlo. Esta vez sin los periodistas y las cámaras delante.

Satur Montoya Suso

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