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Santiago 2010

Los blusas reinan otra vez en el desenfreno

Los vecinos de Vitoria se volcaron, un año más, en la primera jornada festiva de su temporada veraniega

El primer paseíllo y el mercado de los ajos volvieron a ser un éxito

Axier Burdain - Lunes, 26 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:16h

La fiesta no ha hecho más que empezar (santiago 2010).

La fiesta no ha hecho más que empezar. (A. Larretxi / J. Muñoz)

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Vitoria. Gente en la Cuesta de San Francisco, gente en Mateo Moraza, en la Virgen Blanca, en la Plaza Nueva, en Dato, en San Prudencio, en General Álava... Una marea humana ávida de fiesta inundó el centro de Vitoria para celebrar el Día del Blusa. Imposible disfrutar del vermú o del pintxo de rigor sin hacer una considerable cola, porque ayer tocaba echarse a la calle y disfrutar del arranque del periodo festivo en la capital alavesa. El tiempo, además, acompañó y las familias al completo acudieron a la llamada. Un domingo con tráfico denso por la ciudad llamaría cualquier otra semana del año la atención, pero no ayer. Ayer había que demostrar que Vitoria tiene ganas de fiesta acumuladas y que lo que aguarda a partir del día cuatro será grande.

Cada edición del Día del Blusa nos va preparando para lo que ha de llegar. Si en otros tiempos fueron los molestos altavoces, aquellos que los ayuntamientos llegaron a prohibir por impedir el merecido descanso nocturno -y diurno- de los vecinos, este año la perspectiva es bastante más estética y mucho menos estruendosa. Se han puesto de moda las pistolas de burbujas, unos aparatos que, previo desembolso de seis euros en el puesto de turno, hacen las delicias de los pequeños y también, por qué no decirlo, de muchos mayores. En cuestión de globos, a cinco euritos, aunque Bob Esponja sigue estando presente en los manojos de los vendedores callejeros, ha perdido empuje frente a la pujanza de Dora la Exploradora e incluso de uno de sus propios compañeros de serie, Patricio, la estrella de mar. Afortunadamente, los vitorianos parecen haber tenido sufiente ración de vuvuzelas por televisión, de modo que lo más estridente que puebla las calles de la capital son las clásicas cornetas de plástico, que ya es suficiente.

Se iniciaba el día con la visita casi obligada a la feria de gastronomía que, desde la plaza de Abastos, daba a conocer las excelencias gastronómicas alavesas que jalonan la Ruta Xacobea. Éxito de público en esta experiencia pionera impulsada por la Diputación que se tradujo en una riada de personas con bolsas de plástico rellenas de productos autóctonos recorriendo Paz y Francia desde los primeros compases de la jornada. Tras el avituallamiento inicial, tocaba acudir al mercado de los ajos, pero de camino, qué mejor que parar un ratito en la plaza de Los Fueros para contemplar una animada exhibición de herri kirolak. Si se encontraba sitio, eso sí, porque el recinto estaba a reventar.

con las ristras a vueltas Y entre txarangas que iban y venían y cuadrillas de blusas aún impolutos, la multitud se dejaba conducir medio bailando hasta la cuesta de San Francisco. Mercado de ajos para todos los gustos. Distintas calidades y precios variados. Al principio, la gente se dedicó a controlar los puestos, comparar ofertas, irse a tomar algo y después regresar, porque no era cuestión de cargar con las ristras todo el día. Los que tenían carritos de niños solventaban el asunto cargando las hileras de cincuenta cabezas en el cochecito, pero al resto le quedaba otra que llevarlos a cuestas, así que había que aguzar el ingenio.

Quienes habían sobrevivido a la larga noche anterior y portaban las reglamentarias gafas de sol para esconder en la medida de lo posible los estragos del cansancio, fueron desapareciendo a mediodía en busca de descanso y alimento para regresar por la tarde con ánimos renovados. Y es que la misión principal consistía en hacerse con una mesa de terraza en Dato y atrincherarse en ella hasta las cinco para presenciar un espectáculo que no por muchas veces visto deja de engatusar: el primer paseíllo de los blusas.

En plena solana, la ciudad volvió a repetir el ritual de todos los 25 de julio. Contempló cómo los miembros de Belakiak abrían el desfile, disfrutó con la música de las txarangas, sacó a los niños a primera fila para que no perdieran detalle, fue testigo de como pasaban los de Gasteiztarrak, los de Bereziak, los de Luken, Los Desiguales... y así hasta perder la cuenta e iniciar otra: la de los diez días que aún restan para que llege el plato fuerte de La Blanca con la ansiada llegada del aldeano de Zalduendo.

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