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El corredor pinteño se asegura el Tour y el perdón del público en la cima del Tourmalet
El líder de Astana aguantó la descomunal ascensión que le planteó Andy Schleck y le cedió el triunfo en la mítica cima
j. colmenero - Viernes, 23 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:17h
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Alberto Contador trata de irse de Andy Schleck en la ascensión al Tourmalet, donde concluyó la etapa reina del Tour que evidenció la fortaleza del madrileño y el luxemburgués. (Foto: Efe)
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Col del Tourmalet. Un abrazo entre la niebla selló el final de una batalla preciosa, de las de antes. Alberto Contador y Andy Schleck pusieron fin en la cima del Tourmalet a la pugna que mantenían por la victoria de la presente edición del Tour y, de paso, zanjaron cualquier rescoldo de la polémica que surgió el pasado lunes, cuando el ciclista madrileño se apoderó del maillot amarillo aprovechándose de un problema en los cambios de la bici del indomable líder del Saxo Bank.
Schleck inscribió ayer su nombre con letras de oro en la memoria histórica de los aficionados al ciclismo. Con la aquiescencia de Contador, que no quiso disputarle el sprint, se convirtió en el segundo ciclista que se impone en el Tourmalet tras cien años de calvario y sudor en sus interminables rampas. El joven ciclista del Saxo Bank quería más. Y tendrá tiempo para saciar esa sed de gloria. Pero ayer no pudo con un Contador que se aseguró su tercer triunfo en París -a expensas de que ratifique los pronósticos y mantenga la renta de ocho segundos en la contrarreloj de mañana- y el favor del público galo, que lo había condenado y lo abucheaba tras el incidente que le permitió encaramarse al primer puesto de la general.
El ciclista del Astana se ganó el cielo en el cielo. Entre la niebla, a más de 2.400 metros de altura, Contador rubricó una etapa espectacular como lo habría hecho el mismísimo Miguel Indurain, uno de los primeros en felicitarle cuando concluyó la jornada. El madrileño aguantó como una lapa el inclemente ritmo con el que su oponente destrozó la carrera en los diez últimos kilómetros de subida. Y después le entregó la etapa. El abrazo cómplice en el que se fundieron antes de la ceremonia de entrega de premios resumía el orgullo de los dos hombres que se han convertido, por méritos propios, en los grandes protagonistas de la ronda gala. El resto han sido personajes secundarios ante los dos tipos que amenazan con marcar una época a base de duelos de pedal.
Después de acumular un esfuerzo inhumano y de acometer el último capítulo de los Pirineos a un ritmo impropio de una etapa de montaña, la batalla final resultó cruenta. Se mascaba la tensión varios kilómetros antes de alcanzar la ascensión definitiva. Con varias unidades en una fuga que se prolongó durante toda la etapa y Carlos Sastre buscando un imposible a mitad de camino, los equipos de los favoritos impusieron una marcha que produjo una selección natural antes incluso de pisar las faldas del temido Tourmalet. Las piernas, rotas, deshechas por los más de 3.000 kilómetros acumulados, comenzaron a fallarles a aventureros y valientes y al final el gran grupo quedó reducido a tres decenas de corredores que pronto se quedarían en menos.
El Saxo Bank abrió la veda en lasrampas finales del Soulor. Schelck había anunciado sus intenciones y no hacía falta jugar al despiste. El equipo de Bjarne Riis pretendía reventar la carrera y plantear un reto individual entre los dos grandes favoritos. Cancellara y O"Grady, normalmente eximidos del trabajo en este tipo de jornadas, tuvieron que arrimar el hombro. Su contribución, hasta que se desfondaron en el llano, evidenció que el grupo de cabeza -en el que figuraba el Euskaltel Rubén Pérez- transitaba hacia el fracaso.
El Rabobank, inmerso en la pelea por el último cajón del podio, el de Samuel Sánchez, tomó el testigo y endureció la carrera para tratar de aniquilar al asturiano, que sufrió una aparatosa caída a los 23 kilómetros de la salida y parecía tocado. Demasiado atrás en la subida al Soulor y en las primeras rampas del Tourmalet, las sensaciones que ofrecía el jefe de filas del combinado naranja resultaban ciertamente desalentadoras. Pero no estaba muerto, ni de parranda, como demostraría en la llegada, donde pudo incluso aumentar en ocho segundos la renta que tiene respecto a Menchov para afrontar la etapa cronometrada de mañana.
ataca schleck Pero todo esto llegaría después, como epílogo a una ascensión en la que Sorensen dinamitó el pelotón hasta convertirlo en un puñado de corredores desfondados y en el que ya no figuraban ni Lepheimer ni Vinokourov. Apenas habían transcurrido unos minutos de subida cuando Schleck decidió sacar partido a la destajista labor de su compañero. Quedaban diez kilómetros de subida, pero le dio igual. Lanzó un hachazo terrible y se fue para arriba, aunque algo se le enganhó a la rueda: era Contador.
El resto de los hombres importantes se quedaron clavados, pero el pinteño se aferró como una lapa a su tubular. Schleck fijó una marcha bestial, insoportable para todos, salvo para el tipo que se ha adjudicado las dos últimas ediciones de la Grande Boucle. Fueron diez kilómetros infernales, en los que parecía que el desenlace del Tour era una incógnita.
El único que estaba convencido de lo que iba a suceder era el propio Contador. Aguantó con relativa comodidad y sin alterarse hasta que Schleck comenzó un juego de miradas para testar su estado. Contador se hartó de la guerra psicológica y lanzó un ataque que le congeló la sangre al ciclista del Saxo Bank. El luxemburgués cayó en la cuenta de que todo el esfuerzo había sido en balde. Contador seguía entero y le ofrecía un pacto: la paz a cambio del triunfo parcial. Y así pasó. La niebla fue su única compañera de viaje hasta la cima del legendario coloso. Contador levantó el pie, Schleck ganó la etapa y asumió con buen sabor de boca su claudicación.
Gracias por su comentario
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