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El Casco Viejo ofreció la oportunidad, y cientos de personas respondieron a la invitación. La jornada de puertas abiertas de los caños medievales ya recuperados fue un éxito .
Jaione Sanz
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fUE la primera vez. Ayer, el Casco Viejo de Vitoria mostró al mundo su otra cara. La que nació allá por el año 1202 al grito de "agua va" y fue abandonada a su suerte hasta que la ciudad se acordó de que era parte de la historia de Gasteiz, el corazón de su corazón. Y el mundo se enamoró de ella. La jornada de puertas abiertas de los cuatro caños medievales que ya han pasado por el quirófano de la asociación ecologista Gaia, gracias al apoyo de la Agencia de Revitalización de la Ciudad Histórica, fue un éxito. Centenares de ciudadanos descubrieron a lo largo de la mañana los patios purificados. A todos les picaba la curiosidad. Ya fuera porque jamás habían contemplado las tripas de la colina, como Miren y Juan, vecinos de El Pilar, o porque conviven con ellas y aún esperan su turno para someterse al plan bifidus del Ayuntamiento. Caso de María Nieves, de Cuchillería de toda la vida.
"¿Es ahí, esa puerta pequeñita?", preguntó Elisa tratando de encontrar respuesta en un despistado Jon. Acababan de encontrar la primera parada del itinerario: el caño K, ubicado entre Herrería y Zapatería, con entrada por el cantón de las Carnicerías. Y les gustó lo que vieron al cruzar el umbral: un espléndido vergel con olor a boj, lavanda, romero y un sinfín de especies vegetales ordenadas en espléndidos maceteros a lo largo del pasillo. "Da gusto cómo ha quedado. Menudo cambio. Nada que ver con el patio de mi aitona, lleno de suciedad, putrefacto", apuntó ella. Allí donde Gaia aún no ha actuado, el estado de los caños deja mucho que desear. Y la culpa la tienen tanto su función primigénea como el hombre.
Cientos de personas visitaron el caño medieval recuperado de la ladera este y los tres de la oeste
Los monarcas Alfonso VIII Y y Alfonso X el Sabio hornearon la almendra medieval con casas separadas por pasillos y callejuelas para recoger las aguas -mayores, menores y de la cocina-. Durante siglos, permanecieron a cielo abierto, lo que convirtió los caños en focos de continuas enfermedades. Así funcionaron hasta 1878, cuando tras la última epidemia de cólera se procedió a la canalización y la pavimentación de los suelos. Parecía haberse taponado el problema, pero los vecinos aprovecharon el espacio reformado para estirar sus propias viviendas y, en los peores casos, para construirse letrinas. Así que llegaron nuevas tandas de aguas. Y a eso se sumó la proliferación de gatos y la costumbre de tirar de todo a los patios. Resultado: patios convertidos en contenedores.
"Si yo les contara lo que he visto caer desde las ventanas de las casas... Gatos, ropa, vajilla rota... He estado de patrón aquí durante diez años y esto era un arrabal", apuntó, cual juglar, Demetrio García. Estaba apostado en la entrada del caño P, el pasillo que circula entre Zapatería y Herrería con acceso por el cantón de las Carnicerías, y sonreía satisfecho por el cuadro que asomaba ante él. "Ahora los patios son una auténtica delicia", sentenció. Del mismo modo opinaron María, Marisa y Amaia, amigas y vitorianas, aunque no del Casco. "Los vecinos tienen que estar súper contentos. Qué gusto asomarse por la ventana y ver plantas, suelos cuidados, todo limpio... Mucha más calidad de vida", apuntaron.
Precisamente con ese objetivo ha trabajado Gaia, que antes de contar con el apoyo de la Agencia de Revitalización ya había reformado varios caños por su cuenta demostrando que había mucha belleza oculta en esos patios viejos, feos y cochambrosos. El colectivo ha luchado contra el moho, el verdín, los suelos rotos, las paredes desconchadas y los puntos peligrosos con escoba, mucha pintura, barandillas. acometidas de agua y todo tipo de plantas.
El caño N, con acceso desde el cantón de la Soledad y ubicado entre Correría y Zapatería, es un gran ejemplo del esfuerzo de la asociación. Hace unos días, este patio alargado sitúado a dos niveles y salvados por una rampa estaba comido por la humedad. Ayer, engatusó a los visitantes con sus tejos y sus hileras de jardineras en tres alturas adornadas por especies tan diversas como el boj, el romero, la lavanda, el laurel o el rosal. Un encanto que también rezuma el caño 8, con entrada por el 47 de Pintorería. Suzanne y Susan, dos inglesas afincadas en Vitoria desde hace 36 años, pasearon ensimismadas. Para ellas, también fue su primera vez. Y no les defraudó.
Gracias por su comentario
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