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Miles de vitorianos se perdieron ayer. Correos, El Campillo y la Plaza Nueva dibujaron un misterioso Triángulo de las Bermudas con un juego de huellas. Huellas escritas, cantadas, coreografiadas. Un camino a las emociones.
David Mangana
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El libro abre una página del protagonismo en Correos, que hasta el día 16 pone sello literario al centro de la ciudad: ¿palabra escrita o leída?. (Foto: jaizki fontaneda)
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vitoria tomó ayer la palabra. Y se dejó tomar por ella. Hervidero de tintas leídas, cantadas y bailadas, la calle se descubrió renglón por escribir. Y muchos ciudadanos trazaron sobre ella sus caligrafías. Buscadores de -pan de- oro en la feria del libro, libadores de melodías efímeras -o universales- en el campeonato del bertso intercuadrillas y seguidores de puntas suspensivas que dejaron miradas in albis en el Día de la Danza.
Y todo en apenas unos metros cuadrados. En un triángulo de las bermudas -sí, volvió el sol, pero se fue otra vez- que descubrió sus secretos desde el trabajo de los libreros en la plaza de Correos, desde el afán inventivo de los bertsolaris en el Campillo, desde las horas de estudio de los bailarines de José Uruñuela, que tomaron la palabra con sus trazos y pusieron la Plaza Nueva en movimiento. Y, con sus movimientos, la ciudad salió a la pista, tras el baile de las palabras.
páginas feriadas
En busca del libro
Los títulos se repiten. El Canguro de D.H. Lawrence brinca de puesto en puesto, exótico reclamo marsupial para el escaneado de los ojos. El cristalino no puede succionar todos los lomos, así que muchas conquistas quedarán irremediablemente olvidadas en el campo de batalla. El cerebro funciona a golpes de imagen y, si hay suerte, unos cientos de libros serán rescatados.
Libros rescatados y predispuestos al rescate. A la segunda lectura o, quizás, a la primera, porque un libro comprado no equivale a un libro leído. La feria del libro viejo y antiguo pretende convocar la posibilidad de revivir -o vivir- páginas. Porque los libros pertenecen a una especie perenne. Su tinta es eterna. Sus hojas no caducan. Y los ojos, esos ojos de los vitorianos que estos días los pasean, tienen la virtud de darles la vida. Vivos en el líquido amniótico de su imaginación.
Tras la sesteante semana, sábado y domingo Correos estampa sus mayores ventas. Los lectores se arraciman en busca de un pedazo de stand en el que detenerse y echar el anzuelo. No todos pican, pero casi siempre lo hace la curiosidad. Una novela, un ensayo, un cómic, un libro de autoayuda... Volumen a volumen, el librero recupera lo invertido. En el alquiler del espacio, en la gasolina, en el sueldo del empleado. Volumen a volumen, las baldas de los vitorianos guardan, hormigas de vocación, para el cercano verano, ese de las playas con libro. Ese del descanso del cuerpo y del tiempo para el alma. Aventuras en papel y fuera de él. Queda una semana para llenar la despensa.
de bota en bota
Miles de personas recorrieron los puestos de las once librerías convocadas a la feria
Un brillante Manex y una apoteósica segidilla final llevaron la txapela de cuadrillas a Aramaio
Hasta trescientos bailarines convirtieron la Plaza Nue
Aramaio txapeldun
¿Sobraría una txapela? Cuatro contra cinco. Aramaio frente a Kakiturri-Ehari. Pero, no, no era "contra". Ni "frente". Era "con" y "junto". El polideportivo de El Campillo vivió ayer un juego de música y palabras, la final del campeonato intercuadrillas. Un bertso que esquivaba la siesta. Que rimaba en fiesta.
Lehen bazkari... eta gero hitzen opari. Tras llenar el buche, las gargantas ya estaban preparadas. Las primeras, las que competían en la final del bertso escrito -no siempre-, acompañado de escenografía, música... ¡y hasta de coreografías! Las pusieron Aldapazaleak, abriendo el camino del humor con un alavesizado Mamma Mia. Porque el tema propuesto era Araba y, turismo mediante, sus cinco integrantes sacaron la gua-gua para turistear con un San Prudencio golfo -y golfista- por todas las cuadrillas. La guinda, claro, Trebiñu. Zortziko bat zortzirentzat. Tampoco olvidaron a la octava los de Aramaio, lanzadores de patata y de bertsos tras un escudo interrogante. Pero los que se hicieron con la victoria fueron Martin Ttipia, diseccionando la actualidad desde su mediática MT-TB, con patrocinios tan autóctonos como el de Paraguas Celedón.
Desde entonces, bertso en estado puro. Rojo Aramaio, verde Kakiturri y un papel en blanco en la mente del noneto. Porque no eran cuatro contra cinco. Eran nueve. Se veía en los besos con aparato entre Juan Mari Juaristi y Xabi Igoa, en el compañerismo motorista de Felipe Zelaieta e Iker Agirre, en el gardénico cortejo de Ricardo Gonzalez de Durana a Manex Agirre.
Rojo, verde y blanco. Una ikurriña perfecta que ondeó por el euskera y se descubrió infinita como el cariño -"ez da inoiz zimelduko", Manex dixit/cantat-, premiando, tras una apoteósica segidilla final, a los de Aramaio. Bajo la garganta de Andere, una futura semilla de bertsolari. Sobre la de Xabi Igoa, una lágrima que despertó las del público. Había sobrado una txapela, sí. Y fue para todos ellos. Para todo el que apoya y ama el bertso, que en El Campillo tuvo un nuevo impulso. ¿O fue casual que la última palabra cantada fuera "bizirik"?
puntas suspensivas
Danzad, danzad, benditos
Nuestros movimientos hablan. No hace falta ser cheerleader, "dame una A" y todo eso. La Plaza Nueva puso la pista de despegue para la escritura y, como en aquellos cuadernos donde aprendiamos a escribir, las barras sirvieron de guía. Los alumnos del conservatorio -y más invitados- contaron su historia. La historia de un año más de trabajo. La historia de la pasión y el sacrificio. Porque, tras los muros, día a día, construyen el cuerpo hasta convertirlo en lenguaje. Y, de vez en cuando, emergen para compartirlo.
Palabras. No valen nada. Les salva su destino. La emoción que despiertan. No son un libro, un bertso o un movimiento. Es su efímera esencia la que significa algo. Son cuando llegan. Cuando viven. Vida escrita. Cantada. En movimiento. El baile de las palabras.

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