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insonorización

Los hosteleros de barrio se plantean el cierre o la jubilación antes que la reforma

el sector cree que la insonorización no debe afectar a bares sin música que cierran pronto

El colectivo asegura que atraviesa por un momento difícil y que no puede asumir obras aunque se habiliten créditos

axier burdain - Viernes, 26 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 08:06h

Lucas, propietario del bar Iglesias, observa a un cliente que lee la noticia sobre la nueva normativa de ruidos

Lucas, propietario del bar Iglesias, observa a un cliente que lee la noticia sobre la nueva normativa de ruidos (JORGE MUÑOZ)

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Vitoria. La idea de enfrentarse a una reforma integral de sus locales ha sido difícil de digerir para los hosteleros de barrio. Mientras sacaban a la barra los pinchos de tortilla y ponían a calentar la máquina de café, leían en la prensa una noticia que a muchos les costaba asumir como propia. Entienden que los establecimientos que trasnochan o que tienen la música alta puedan verse obligados por normativa local a acometer una obra que supone "echar el bar abajo", pero no comprenden cómo el Ayuntamiento puede exigirles a ellos que se planteen una rehabilitación millonaria, aunque les concedan quince años para ello y les ofrezcan créditos blandos. Precisamente por ello, los profesionales de la barra consultados ayer por este diario se planteaban dos disyuntivas: jubilación o cierre. En ningún caso obras.

Carmen sirve cafés en la barra del San Franzisko, en la calle Fermín Lasuen. El suyo es un bar para echar la partida -o partidas, porque sobra la balda se amontonan el Scrabble, el Risk, el Monopoly...- y a la hora de evaluar la propuesta municipal que a partir de verano se convertirá en norma, sólo pronuncia una palabra: "horrible". "Está bien que le pidan una insonorización para los que cierran tarde, pero es que yo cierro a las diez de la noche. ¿Para qué voy a insonorizar?", se pregunta. En sus seis años de trayectoria profesional no ha tenido ni una sola queja vecinal ni una pelea ni una advertencia de la Policía Municipal. "El que dentro de 15 años lleve el bar que se meta en obras si quiere. Yo tengo 45 años ya y no me planteo ni mover un ladrillo ni estar tras la barra para entonces. No puedo permitirme el lujo de una obra, porque entre la renta y los impuestos apenas queda nada. Al final los bares se los van a quedar todos los chinos", añade.

Sin salir de Zaramaga, en el bar Iglesias, el silencio no es un requisito municipal, es un elemento inherente. No hay música. No suena la radio de fondo. Ni siquiera está encendido el televisor. Sólo el fluir del aire acondicionado rompe la quietud total. Tal vez por ello Lucas, el hombre tras la barra, recibe con gesto resignado la obligatoriedad de asumir el nuevo escenario que le plantean los políticos municipales y que le confirman los veteranos lectores de la prensa allende el mostrador. Comanda su local junto a su hermano desde 1975 y nunca hasta ahora se había enfrentado con algo similar. "No veo que tenga mucho sentido, pero lo tendré que consultar con mi hermano para ver qué hacemos. Igual no nos merece la pena continuar", sopesa con tristeza.

A la vuelta de la esquina, en el bar Ron, Martín despacha pintxos con soltura y buen humor. Es el camarero del local y considera que la obligación de insonorizar, colocar accesos para minusválidos y demás, "está bien a nivel general", si bien precisa que "para un local como éste me parece una tontería". Cierra para las once de la noche y, como él mismo señala, su hora punta son las cuatro de la tarde cuando se echa la partida y el establecimiento "parece el Casino Royale". "Me parece una manera más de recaudar. A la hostelería le están dando caña por todos los lados", explica.

En la Bodega Zaramaga, Miguel Ángel tuerce el gesto cuando se le pregunta por sus expectativas a quince años vista teniendo en cuenta los condicionantes municipales. "En mi caso, cerrar", señala tajante. En su cabeza bullen las dudas. "¿Tengo que insonorizar paredes y techo o sólo paredes? Si los baños, como en mi caso, están en el piso de arriba, ¿Tengo que bajarlos? ¿Qué condiciones de crédito nos va a ofrecer el Ayuntamiento?". Incógnitas que deberán esperar al verano para obtener respuesta. Tacha la propuesta de "muy mala" y cree que muchos establecimientos de barrio tendrán que echar la persiana. "Si no hay dinero, es lo que nos va a quedar. Y más paro", lamenta.

Jesús trabaja desde hace 23 años en el bar La Paloma y en todo este tiempo tampoco ha tenido problemas con los vecinos ni con la Guardia Urbana. Con la crisis, no tiene más remedio que cerrar pronto y la única fuente de sonido del bar es la televisión. Es arrendatario, así que ni se plantea insonorizar el local. "Que lo haga el dueño. O mejor el alcalde", bromea. Su alternativa es, como en otros casos, la jubilación. "Me parece bien que lo exijan en los locales nuevos, pero en este no lo entiendo, aunque concedan unas ayudas fantásticas", apunta.

Pero no todos lo ven tan negro. Aureliano, del bar Amaya, cree que "todas las medidas que se tomen para evitar molestias son buenas". Juzga que la accesibilidad retroactiva debe aplicarse no solo en los bares, también en los comercios. Ve lógico el plazo de 15 años y la línea de créditos, pero advierte de un detalle: "A mi no me va a afectar nada de esto, porque estoy a punto de jubilarme".

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