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Hoy se presenta en París su último libro, 'El occidente mundializado', pero ayer el sociólogo Gilles Lipovetsky hizo un alto en su camino para acudir a Artium. Allí, aprovechando la exposición 'El tiempo que venga' reflexionó sobre una sociedad que avanza impaciente.
Carlos González - Miércoles, 17 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 08:07h
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(J.R.G.)
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Vitoria. Sociólogo, profesor de Filosofía en la Universidad de Grenoble, Miembro del Consejo de Análisis de la Sociedad... La trayectoria de Gilles Lipovetsky es tan extensa como rica. De hecho, el próximo año será el comisario de una exposición en el CCB de Barcelona sobre el poder de la pantalla. Por eso, merece la pena detenerse un segundo para hablar con él y reflexionar sobre un mundo que hoy avanza a una velocidad casi de vértigo. Y él no escapa a ningún tema. No quiere. Tal vez porque sabe que en momentos como los actuales siempre es bueno detenerse un segundo y reflexionar.
Pararse en un instante en el que, según Lipovetsky, la sociedad no está tan encerrada en el tiempo presente como defienden diferentes teóricos. De hecho, para el ser humano lo que vendrá tiene también su relevancia, de ahí la importancia que tiene en el debate mundial, por ejemplo, las cuestiones relacionadas con el medio ambiente. Sin embargo, explica, "somos una sociedad enferma con el tiempo. Decimos que no tenemos tiempo para nada y sin embargo es una sociedad que va más rápido que nunca. Nos hemos convertido en seres impacientes. ¡Mandamos un e-mail, no sale al segundo por cualquier problema técnico y nos entran ganas de romper el ordenador! Ya no soportamos esperar".
En este sentido, Lipovetsky pone como el ejemplo más claro la situación de la mujer, su intento por conciliar lo profesional con lo familiar. "Se ven forzadas a gestionar el tiempo y, además, a hacerlo a título individual", apunta. De todas formas, a la hora de referirse a la situación de ellas en el mundo actual, el sociólogo asegura que no se puede hoy en día achacar todos los males de la mujer sólo al machismo, sino que hay que buscar otras causas, por ejemplo, en el mundo empresarial "que está hecho por ellos con los tiempos de ellos; por eso muchas mujeres están optando cada vez más por ser empresarias, para poder dominar, en cierto sentido, su tiempo", comenta, para añadir que "creo que las mujeres buscan la igualdad pero no el mismo modelo que tienen los hombres".
Pero estas situaciones no se dan sólo en Europa y Estados Unidos. "Occidente ya no es el centro del mundo pero sí ha exportado sus estructuras fundamentales: el capitalismo; el bienestar y el consumo; la tecno-ciencia; la lógica de los medios de comunicación y de los ciber-espacios; y la individualización. Todo el mundo se organiza en torno a estos cinco puntos. Por poner un ejemplo: en Irán hoy existe un índice de fecundidad tan bajo como en Francia. Otro: las élites de estos países odian a Occidente pero quieren armas nucleares", expresa para añadir que "estamos ante una unificación de todo el mundo que puede ser muy polémica e incluso belicosa; muchos dicen que rechazan a Occidente pero la realidad es que se están occidentalizando".
De todas formas, el pensador francés detecta en este mundo globalizado un buen número de contradicciones, como los esfuerzos renovados que en muchas partes del mundo se están realizando para recuperar el patrimonio, para explicar que la sociedad todavía tiene margen para cambiar. "Hoy vivimos en un totalitarismo de los mercados pero a la vez hay valores como la verdad, la justicia o la solidaridad que no están muertos. El juego no ha terminado". Pero tampoco hay que dejarse llevar por el optimismo puesto que la última crisis financiera y la nula adopción de medidas para reformar el capitalismo demuestran las pocas ganas reales de cambiar. "Estamos en un estrés constante. Pensábamos que íbamos a vivir mejor pero la competencia mundial nos lleva a todo lo contrario. Ahí está lo sucedido con los suicidios de France Telekom. ¿Qué pasará cuando países como China o India vivan al mismo nivel que nosotros?", describe y en paralelo, sin querer dar tampoco recetas cerradas, apunta una posible solución: "hay que vivir con inteligencia, hay que invertir y dedicar recursos a la razón y la creatividad para evitar las desigualdades si no terminaremos viviendo como en Mad Max".
La cultura y el intelectual Ante este panorama aparecen dos factores importantes para el desarrollo de cualquier sociedad: la creación y el pensamiento. Son conceptos que están cambiando su función en el mundo tanto, en el primer caso, por la entrada del mercado como, en el segundo, por la introducción de las nuevas tecnologías.
En este último caso, el de la reflexión, Lipovetsky apuesta por convertir al intelectual en un generador de herramientas, "en personas que enseñan a la gente las complejidades del mundo en que vivimos y las paradojas que nos rodean. Los blogs, Internet y los medios de comunicación ofrecen información, sí, pero muy inmediata y puntual; sin embargo, cuando hablas del largo plazo la gente se encuentra perdida. Así que el papel de los intelectuales está ahí, tomando distancia de la inmediatez para saber hacia dónde vamos y ofrecer a los ciudadanos las piezas de su propio puzzle", dice.
No es una tarea sencilla puesto que, como reconoce el pensador, eso obliga tanto a él como a sus colegas a cambiar, a darle una vuelta al papel que desarrollan en la sociedad contemporánea.
En lo que se refiere a la cultura, el sociólogo francés señala que, sobre todo desde los años 60 del siglo pasado, la creación se ha unido a lo comercial. La creatividad es hoy utilizada por las marcas, por la publicidad, por la industria. Y, de hecho, pone un ejemplo cercano como el del Guggenheim de Bilbao, por no hablar de la importancia que la industria del entretenimiento tiene en las grandes cifras económicas de Estados Unidos. "Pero el capitalismo sufre hoy sus propios excesos y el papel que le queda a la cultura es darle cierto sentido a este capitalismo", apunta sobre una cuestión que dentro verá la luz también en formato de libro, al igual que hoy presenta en París.
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