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La historia de la colina no se detiene en sus fachadas. También penetra en sus entrañas, en los caños medievales. Corrompidos tras años de "agua va", el Ayuntamiento de Vitoria ha iniciado una ardua labor para resucitarlos. Cuchillería es la prueba.
Jaione Sanz
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Más de un centenar y medio de jardineras decoran el caño. (Alex Larretxi)
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La historia de las tripas del Casco Medieval es la más fascinante, desconocida y nauseabunda de todas las que dan vida a Vitoria. Comenzó en el siglo XIII, tras el incendio que barrió la primitiva aldea de Gasteiz, con las expansiones urbanas comandadas por los reyes Alfonso VIII y Alfonso X el Sabio. Ellos cocinaron la almendra por el oeste y por el este, con casas separadas por estrechos pasillos, callejuelas y patios nacidos para recoger las aguas. Todas. Las que se usaban para cocinar, las mayores y las menores. Allí fermentaban hasta que las lluvias las arrastraban al foso que serpenteaba la muralla. Al aire libre, a la vista de todos. El sistema funcionó tal cual hasta que una epidemia de cólera en 1877 obligó a embocinar los espacios. Y los vecinos aprovecharon la ocasión para estirar sus viviendas, en los peores casos para construirse sus propias letrinas. Nueva tanda de aguas mayores y menores, que añadieron más deterioro al deterioro de tantos años en una espiral laberíntica que parecía no tener fin. Hasta hoy.
La Agencia de Revitalización de la Ciudad Histórica, junto con la asociación ecologista Gaia, se ha puesto manos a la obra para adecentar los caños medievales, mejorar la calidad de vida de los vecinos que ahora los comparten y ponerlos en valor como un elemento más del patrimonio cultural del Casco Viejo. Ayer, mostró los primeros resultados de su estrategia in situ, en el pasillo ubicado entre los números 35 y 65 de la calle Pintorería y entre los portales 56 y 98 de Cuchillería. Tras tres meses de obra, el caño está irreconocible. La gatera ha desaparecido, ya no revolotean las palomas, ni hay rastro de sus huellas. El espacio está impoluto, el firme luce verde, el color ha vuelto a las fachadas, los trabajos de albañilería han trepado a tres metros de altura, la iluminación por fin existe, y todo está lleno de jardineras. 150 en concreto, cada una de ellas con dos plantas, 69 especies diferentes.
La cochambre ha cedido su espacio al vergel. El caño ya no es caño. Ahora es un recién plantado jardín botánico que, cuando llegue la primavera, podrá lucir al máximo esplendor sus plantas aromáticas y coloristas. Romero, boj, lavanda, espinos de fuego... "Éste es un modelo de cómo pueden quedar los otros 17 caños medievales, aunque cada uno exige intervenciones distintas, porque algunos están más degradados que otros, y sus formas también son diferentes", explicó el gerente de la Agencia, Gonzalo Arroita, quien está tan orgulloso del trabajo realizado que ya baraja convertirlo en exposición. Ayer, Córdoba vino a su mente. "Aunque éstos son espacios para los vecinos, en algunos momentos los abriremos a la gente para que conozca el papel que tuvieron en la historia de la ciudad y su singularidad. Y los vecinos podrían competir al caño más bello".
La conversión de los retretes-patios es, para Arroita, "la recuperación de un trozo de la vida" del barrio. Para el galerista Fernando Illana, el asunto tiene mucho de místico. "El Casco no se explica sólo por la fachada. El caño es el alma de la fachada". Y el adecentamiento, su purificación. Por eso, la catarsis no se quedará en el caño de Pintorería-Cuchillería. Continuará por el resto de la colina una vez que el Consejo de la Agencia de Revitalización de la Ciudad Histórica, formada por representantes de todas las formaciones políticas, den el visto bueno al estudio sociourbanístico que mandó elaborar en junio de 2009 y que acaba de terminar.
Este plan director, que será aprobado el próximo 3 de febrero, fija las actuaciones prioritarias, las medidas que tendrán que llevarse a cabo en cada uno de los caños y los plazos marcados para la transformación de todos ellos. En cualquier caso, el Consistorio no parte de cero. Su colaborador en esta labor, la asociación ecologista Gaia, sembró el camino hace unos años con Fernando Fernández a la cabeza. Este vitoriano, más conocido como Cibeles, demostró entonces que había mucha belleza oculta en lo que para muchos ciudadanos eran traseras insultantes a los sentidos de la vista y el olfato. Gracias a él, los cantones K, P y J entre Zapatería, Correría y Herrería volvieron al mundo de los vivos con una estética similar a la que presenta el que acaba de recuperar el Ayuntamiento entre Cuchillería y Zapatería.
Cibeles es capaz de enumerar, sin titubeos, todos los caños del Casco. Los conoce tan bien como su oscura historia. Ayer, resumió el devenir de estas callejuelas a petición del propio Arroita. "El mayoral de la calle era el que se encargaba de que, una vez al año, se limpiara lo más gordo. Fue a partir de 1790 cuando quienes tenían dinero se pusieron agua en sus casas y en 1877, con el cólera, se canalizaron y se realizó un pequeño saneamiento. Entonces empezaron a construirse los váteres, invadiendo los caños hasta desfigurarlos. Por eso no hay dos iguales". Una de esas letrinas, ahora tapada, puede observarse en el patio recién adecentado, a más de tres metros del suelo.
Los vecinos del nuevo vergel deberían de estar felices por la transformación, pero Cibeles reconoció que la primera reacción no fue positiva. "Tenían un poco de miedo porque pensaban que esta actuación supondría una invasión de su intimidad", explicó el ecologista. Justo en ese momento un vecino del primer piso levantaba la persiana y, un microsegundo después, la bajaba de un golpe aturdido por la visión: cámaras de televisión, fotógrafos y periodistas en su patio. Ejemplificador. "No obstante, una vez iniciadas las obras, a casi todos les ha encantado la idea".
La Agencia de Revitalización de la Ciudad Histórica y Gaia quisieron que el día de ayer marcara un antes y un después en la historia del Casco Medieval. Y lo hicieron con letra impresa. Descolgaron el oxidado cartel que colgaba en una de las fachadas y lo sustituyeron por otro con un gran significado de fondo. De "Ayúdanos a mantener limpios estos espacios. Muchas gracias" a "Gracias por mantener limpio este caño medieval". Arroita y Cibeles aplaudieron el cambio con generosas sonrisas.
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