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El muro infranqueable

Sábado, 23 de Enero de 2010 - Actualizado a las 10:45h

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despedida

David Cañada ejerció de segundo director del Fuji-Servetto en una etapa de la pasada Vuelta al País Vasco.

El muro infranqueable

EN el Tour de 2000, un pinchazo cuando lideraba la clasificación de los jóvenes le dejó tirado sin remisión en la cuneta; al año siguiente, integrado en el poderoso Mapei, le detectaron una grave enfermedad cardiaca, la de Wolf-Parkinson-White, que le disparaba el corazón hasta alcanzar el límite de las 230 pulsaciones, por lo que tuvo que pasar por el quirófano; en 2006, la enfermedad salió de su letargo y durante la Vuelta a España ingresó en urgencias con el corazón al galope, desbocado; volvió a someterse al bisturí; durante esos cinco años se había roto la clavícula, la cabeza del fémur, el radio, el codo...; y en 2007 le detectaron a él, un chico curtido bajo la canícula aragonesa, expuesto a los cañonazos de los rayos del desierto de los Monegros, un melanoma, un cáncer de piel que, después de tratado, se le reprodujo en octubre de 2008.

Nada de eso fue capaz de derribar a David Cañada (Zaragoza, 1975), un tipo de andamiaje sutil, como una sombra, y determinación granítica que el jueves anunciaba su retirada del ciclismo tras catorce años de profesional. "He tenido mala suerte, pero no me quejo. He tenido más infortunios que la mayoría de mis colegas. Eso ha afectado a mi actividad. Pero sigo. Llamémoslo cabezonería", reconocía recién explicado, el pasado año, que se apartaba del ciclismo para luchar contra el cáncer. Era entonces una cuestión temporal, pues albergaba Cañada no sólo la esperanza, sino el convencimiento de que regresaría a colocarse un dorsal para correr "al menos una temporada más". Se comparaba entonces con Armstrong estableciendo una distancia sideral entre su cáncer de piel y el que padeció el texano en 1996, éste testicular y más devastador, pues puso en franco riesgo la vida del entonces corredor del Cofidis. "Al principio suena fuerte que te digan que tienes cáncer. Le das vueltas a la cabeza. Te vienes abajo. Pero tampoco puedes dramatizar. Lo que yo tengo, al menos es lo que me han dicho los médicos, no es algo extremo. No es como lo de Armstrong y otras personas que han pasado por un cáncer peligroso", reflexionaba sobre el abismo emocional entre ambos dramas, comparable, decía él, al laboral: "A Armstrong su equipo de entonces, el Cofidis, le despidió por no confiar en su recuperación, pero a mí me han respetado el contrato, me guardan el hueco en el Fuji".

El primer muro, el del melanoma, lo derribó a cabezazos, combatiendo con terquedad suprema los efectos de un tratamiento aniquilador que le arrasaba el organismo consumiéndole, marchitando a un chico hiperactivo, vital, un culebra que en pleno tratamiento reptaba cada mediodía para alcanzar el remanso del sofá, incapaz "de forzar", de exigirse más que un paseo en bicicleta. Con todo eso acabó en diciembre, cuando finalizó el tratamiento contra el cáncer y los médicos le dieron el alta. Podría haber vuelto a correr, como anhelaba, pero no lo hará, ya que Cañada se estrelló contra la realidad: aquella promesa del Fuji, aquel hueco reservado, era de aire, inexistente. Un muro infranqueable. Hasta para Cañada.

"Tenía ilusión por volver, pero abandono. Estoy un poco desilusionado porque había confiado en el equipo en el que estaba, Fuji Servetto, actualmente Footon-Servetto. Ellos me dijeron que no había ningún problema, que iban a confiar en mí. Hasta última hora lo hice y después era muy tarde porque en octubre me mandaron una carta para decir que no contaban conmigo", dijo ayer el aragonés, dolido con Mauro Gianetti y Josean Fernández Matxín, responsables del Footon-Servetto, "las dos únicas personas que me han defraudado en todos estos años. Puse mi confianza en ellos y no me han correspondido", expuso Cañada, un ciclista que recorrió el mundo en bicicleta -debutó con la ONCE en 1996- abrazado al estoicismo de un corredor de obstáculos. Un superviviente. "En todos los equipos he tenido algún momento malo, algún problema con algún director, algún percance, alguna caída, pero conforme me sucedían, los superaba y los olvidaba. Podría dar una lista grande pero no los quiero recordar". Ni la larga espera vestido de blanco en la cuneta del Tour de 2000; ni al tal Wolf-Parkinson-White; ni el codo ni la clavícula ni la cabeza del fémur ni el radio maltrechos; ni el reciente melanoma; ni el muro infranqueable de la desilusión, el que le ha descabalgado. Con nada de eso se aflige. "No, me quedo con las victorias -pocas, seis-. Con la gente, los amigos...". Y con un deseo cargado de melancolía. "Cuando yo empezaba, un hijo le decía a su padre que quería ser ciclista y el padre estaba encantado. Ahora, no estaría tan convencido. Eso debe cambiar", apostilla con tozudez.

En noviembre, el Fuji, que le había prometido un hueco en el equipo, le comunicó por carta que no contaba con él

"Todavía no quiero desvincularme de este deporte, pero no sé adónde me voy a dirigir", dice el ciclista aragonés

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