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20º aniversario de la muerte de Ignacio Ellacuría

Un mártir visionario

¿Qué pensaría Ellacuría de la investigación con células madre, las marchas contra la ley del aborto o la falta de vocaciones? Quienes le conocen contestan por él 20 años después de su asesinato.

Arantza Rodríguez

- Lunes, 16 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 09:52h

El jesuíta Ignacio Elacuría fue asesinado por soldados salvadoreños.

El jesuíta Ignacio Elacuría fue asesinado por soldados salvadoreños. (DNA)

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No es fácil hablar por boca de quien lleva veinte años muerto. Asesinado por tratar de aflojar la soga al cuello de las mayorías oprimidas de El Salvador. Pero si algo tienen claro quienes conocen la vida y obra de Ignacio Ellacuría es que, de poder resucitar en pleno siglo XXI, el jesuita vasco volvería a anteponer su compromiso al riesgo y echaría un sermón a ese sector de la Iglesia, anclado en el pasado, que está más preocupado de defender lo propio que los derechos humanos.

Vivió dos guerras civiles

"Una vez, un hombre le avisó de que le buscaban para matarle"

Nació en 1930, cuando por Portugalete apenas circulaban veinte automóviles. Entonces la villa, recuerda su hermano José Ellacuría, "era el epicentro de las turbulencias sociales en el País Vasco. Allí nació La Pasionaria, llegaba la mano de obra de otras regiones, estaba la burguesía vasca... Nuestra familia era de clase media, acomodada, culta, muy religiosa. Mi padre era médico oftalmólogo", detalla, convencido de que "la vida familiar marca la tendencia de una persona de darse a los demás o encerrarse en sí mismo".

A Ignacio la Guerra Civil española le partió la infancia en dos. "Con seis años vivió los bombardeos, las carreras a los refugios, las personas huyendo en barcos, la artillería de los nacionales...", relata José, también jesuita. "Cuando sonaban las sirenas", revive como si las oyera, "dormíamos en el bar de abajo y mi padre, que se tenía que ocultar en el Hospital San Juan de Dios de Santurce, nos visitaba al anochecer. Le habían dicho que le buscaban para matarlo por ser católico", remata.

Medio siglo después, paradojas de la vida, era su hijo Ignacio el que recibía, en la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador, donde desarrolló su misión, la misma advertencia. "Una vez que estaba dando una clase, un hombre le avisó: Vengo de la embajada americana para decirle que se marche cuanto antes, porque le están buscando ahora para matarle. Dejó la clase y se fue a su oficina porque estaba más recogida". Con la misma serenidad, el que fuera mediador entre el Gobierno salvadoreño y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional pronosticó en otra ocasión su sentencia de muerte. "Dijo: Si me matan durante el día, es la guerrilla y si me matan durante la noche, es el ejército". De madrugada, el 16 de noviembre de 1989, Ignacio fue asesinado por soldados del batallón Atlacatl en la residencia de la Universidad, junto con otros cinco jesuitas, una colaboradora y su hija de 15 años.

Silenciado a balazos para que dejara de denunciar injusticias, su mensaje pervive veinte años después. "Diez días antes de morir pronunció lo que podría ser su testamento. Dijo que esta sociedad está enferma y que hay que revertir la historia y lanzarla en otra dirección, que no es la civilización del capital, sino del trabajo y la pobreza", le presta la voz su hermano, con quien apenas tuvo relación. "En los cuarenta años que estuve en Oriente no nos vimos ni cuatro veces. Sabíamos el uno del otro a través de los padres", señala.

A falta de conversar con su hermano, Ignacio habló con Dios y hasta con el diablo. De hecho, nada más estallar la guerra civil en El Salvador tuvo claro que "si no era por el diálogo, no se podría solucionar el problema. Ninguna de las partes quería, pero al final tuvo que ser a base de diálogo". El defensor de la palabra no llegó a verlos, pero bien se habría merecido una dedicatoria en los posteriores acuerdos de paz.

Lo que sí vio y censuró en vida es la utilización de las universidades salvadoreñas como sede de partidos políticos o reuniones clandestinas. "En una ocasión, los universitarios de la UCA hicieron una huelga en contra del Gobierno y se alojaron en el salón de actos de la universidad. Ignacio fue donde ellos, les mandó callar y les dijo: Otros tendrán otros medios para resolver los problemas de la sociedad, pero nosotros tenemos que hacerlo universitariamente, a base de estudios científicos sobre la realidad nacional e invitando a las diferentes partes a construir el país. Quemar contenedores, destruir propiedades o insultar no son medios universitarios", se hace eco de su filosofía su hermano.

REALISTA y ABIERTO A LA CIENCIA

"Cultivaba la inteligencia para liberar a los pueblos"

Nicolás Mariscal conoció a Ignacio a mediados de los 60, jugando al fútbol en Madrid. "Ambos estábamos en la Universidad Complutense, yo estudiaba Ciencias Políticas y él trabajaba su tesis doctoral", se retrotrae a su juventud este profesor emérito de la Universidad de Deusto. Años después, sus vidas se cruzarían de nuevo en la UCA de El Salvador, donde este jesuita ejerció como docente hasta 1984, cinco años antes de que a Ellacuría le sellaran para siempre los labios. "Ese día estaba en el Colegio Mayor de Deusto cuando alguien llamó diciendo que habían asesinado a unos jesuitas. En el telediario se confirmó. Fue un golpe tremendo, pero estaba dentro de lo previsible. En una situación de guerra civil larvada, de baja intensidad, pero muy cruel, en la que habían matado a decenas de miles de personas y, sobre todo, una vez que habían asesinado a Monseñor Romero, allí podía morir cualquiera", reconoce, y reitera que Ignacio lo sabía. "Algunas veces sí lo comentábamos, pero Ellacuría era un hombre tan enormemente comprometido... Era muy valiente". Tanto que, de poder echar la vista atrás, pensaría que su sacrificio ha valido la pena. "No me cabe la menor duda de que era un hombre comprometido hasta más allá de su propia vida", asevera Nicolás sin temor a equivocarse.

Puesto a esbozar el perfil de Ellacuría con pinceladas de palabras, afirma que era "muy consecuente con sus ideas, muy exigente en su vida profesional, como rector, pero a la vez muy humano y cariñoso". Como intelectual, añade, "era un hombre que creía que el cultivo de la inteligencia aportaba algo fundamental a la liberación de los pueblos". De ahí su fe ciega en la labor universitaria. "Era un hombre realista, que sabía que además de humanismo y conciencia, había que tener ciencia. Siempre defendía tener ingenieros y administradores de empresa y proporcionar al país unos cuadros competentes". Con esa visión de futuro y su talante dialogante, no es difícil imaginárselo debatiendo hoy día sobre la investigación con células madre. "Estoy seguro de que no se aferraría a apriorismos. Intentaría explorar este reto. Ellacuría era un hombre abierto a la técnica, a la ciencia, al humanismo y al prójimo", resume quien fuera su compañero. Muestra de su humanidad, Nicolás se despide recordando "su ternura ante la gente pobre y especialmente ante los niños. Con ellos tenía una actitud realmente cariñosa", recalca.

Comprometido con los pobres

"Sabía el riesgo que corría, pero no abandonó el barco"

Afanado en preparar la conmemoración del veinte aniversario del asesinato de los mártires de El Salvador, el jesuita colombiano Javier Castillo reivindica desde Euskadi el esfuerzo que Ignacio y sus compañeros hicieron para "concienciar sobre la necesidad de cambiar la sociedad y poner la universidad al servicio de esa transformación. Esa fue su gran intuición", le admira, al tiempo que alaba su "mediación para la paz desde una vía civilista".

Allá por los años 80, cuando intercedió entre la guerrilla y el Gobierno, Ignacio era consciente de que su vida estaba en juego. "La prensa de entonces decía que la Iglesia católica se estaba adueñando del país con el marxismo y que uno de los cabecillas era Ignacio Ellacuría. Imagínate. Sabía que corría riesgo", suscribe Javier. No obstante, daba por bueno el sacrificio. "Sabía que quedarse allí tenía un coste, pero su compromiso era más fuerte. No abandonó el barco cuando se estaba hundiendo", le ensalza.

Sabedor de que vivía bajo la sombra de la amenaza, días antes de ser asesinado, Ignacio expresó, sin embargo, su convicción de que la situación había mejorado. "Decía que había una apertura por parte de militares e insurgencia para el diálogo y, sin embargo, no fue así. Todo el mundo dice que él estaba muy esperanzado y convencido de que en ese momento sí había puentes, pero se equivocó. Fue justo cuando le mataron", constata su trágico error.

Dejando volar la imaginación hasta colarse en la mente del difunto jesuita, Javier aventura lo que pensaría Ellacuría de la falta de vocaciones religiosas y la merma de feligreses. "Los grandes hombres que, como él, pensaron una Iglesia más comprometida con los pobres, con la transformación social, sí estarían inquietos, por lo menos con esa posición de una Iglesia un poco más tirada hacia defender lo propio", señala este jesuita, miembro del equipo de reflexión y análisis de la Fundación Social Ignacio Ellacuría. Metido en harina, accede a especular sobre la opinión que tendría Ignacio sobre las manifestaciones de la Iglesia en contra de la ley del aborto. "Aunque les asista el derecho de manifestar y expresar su propia conciencia, yo creo que él diría: Eso bien, pero ¿y la otra parte qué? La parte de la justicia, de los derechos humanos... Esa parte no la podemos callar. No se puede opacar debajo de otro tipo de reivindicaciones", le presta su voz.

Favorable a que el clero opine

"Criticaría a la Iglesia actual la falta de debate interno"

Profundo conocedor del pensamiento de Ellacuría, José Sols recuerda que "fue uno de los fundadores del movimiento de la Teología de la liberación, según la cual en una sociedad en la que hay injusticias estructurales, con grandes desigualdades entre ricos y pobres, el mensaje liberador cristiano pasa por analizar esas estructuras, transformarlas y construir un mundo mejor". Partiendo de esa premisa, el director de la Cátedra Ética y Pensamiento Cristiano del Instituto Químico de Sarriá de la Universidad Ramon Llull se sumerge en un ejercicio de ciencia ficción y trata de vislumbrar cómo se sentiría el jesuita fallecido de poder analizar la situación actual de El Salvador. "Él estaría moderadamente satisfecho porque ahora hay democracia, libertad de expresión, ahora se pueden tener opiniones políticas y no te matan por ello. Esto es un gran avance. No obstante, siguen quedando dos cosas con las que él estaría muy insatisfecho: la enorme pobreza que todavía hay y la violencia, que no es una violencia política, lo cual es ya un éxito, pero no deja de ser violencia que mata y crea mucha inseguridad en el país", constata este estudioso.

Con cautela, Sols se adentra en los entresijos mentales de Ellacuría para aventurar qué opinaría de las protestas apoyadas por la Conferencia Episcopal contra la ley del aborto. "Él consideraba que la Iglesia tiene todo el derecho del mundo, como cualquier otra institución, a pronunciarse. Nadie le puede tapar la boca y, en ese sentido, habría estado totalmente a favor. En cambio, habría discrepado en que la Iglesia pretenda tener una sola voz. Criticaría a algunos sectores de la Iglesia actual la falta de debate interno, de poder hablar las cosas larga y tranquilamente". También encontraría remedio el jesuita a la falta de gancho de la Iglesia actual. "Él creía que la Iglesia tiene que adaptarse a los nuevos tiempos y que quizás sigue siendo todavía muy clerical, es decir, se basa mucho en el peso de los obispos y sacerdotes y es todavía poco laica, poco del pueblo, de la mujer y de los jóvenes. Creo que criticaría a un sector de la Iglesia actual por intentar mantener una etapa de la historia que ha pasado y no volverá. Diría: Alejaos del pasado, que tampoco fue tan brillante, por cierto, y centraos más en el siglo XXI, en los nuevos retos, en el mundo actual", predica, por boca de Sols, el mártir visionario al que intentaron, en vano, sellar los labios.

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