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por juan zapater - Viernes, 6 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 07:32h
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Dirección: Daniel Monzón. Guión: Jorge Guerricaecheverría y Daniel Monzón. Intérpretes: Luis Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Marta Etura, Carlos Bardem. Nacionalidad: España y Francia. 2009. Duración: 110 minutos.
LA extraordinaria solidez de Celda 211 descansa en tres poderosas circunstancias. Su origen, una potente novela escrita por Francisco Pérez Gandul que se inscribe en el barrizal del submundo carcelario; su dirección, un impecable trabajo llevado a cabo por un cineasta, Daniel Monzón, que paso a paso ha crecido hasta hacerse de roca; y un reparto que, en su mayor parte, hubiera aprobado el mismísimo John Ford.
Y dentro de ese reparto, cerrando sólidamente esta película, emerge Luis Tosar, el actor en otro tiempo frágil y vulnerable que colaboraba en historias sentimentales, en retratos de hombres rotos de escasas palabras. La gacela triste y tímida de antaño es un perro salvaje ahora. Un hijo de la furia que se coloca en el centro literal y simbólico de Celda 211 para conseguir que su personaje, Malamadre, muestre la misma insania con la que Robert de Niro alimentó al Max Cady de El cabo del miedo.
Eso, miedo, es lo que inspira Tosar. Y satisfacción es lo que provoca esta película al observar que ese cine español alimenticio y pedestre hecho de timo-rrealismo y protegido a golpe de subvención empieza a tener un relevo inteligente. Pero dejemos las compa- raciones a un lado. Estábamos con Tosar. Y con Monzón. Y con un reparto coral que en algunas intervenciones vuela hasta el sobrecogimiento. Y estábamos en que Celda 211 acontece en el interior de un presidio, en medio de un motín, en el corazón de un huracán que hace de la claustrofóbica situación de un penal una metáfora inteligente de todo un país y un tiempo.
En apariencia, Celda 211 acontece en ese subgénero de las películas carcelarias. Desde el cine mudo hasta el presente la lista es amplia y la calidad, notable. Pero el cine español rara vez ha centrado su mirada en ese microcosmos y las pocas veces que lo ha hecho, Entre rojas y El patio de mi cárcel, surgía no desde los estilemas del género sino desde el roce con ¿lo real? y dirigido por directoras con voluntad aleccionadora. ¡Qué curioso! ¡Qué paradoja!
Monzón, cuya trayectoria profesional dibuja una progresión firme armado, en este caso, por el poderoso caudal de la novela originaria, se adentra en el infierno de la cárcel de manera tangencial. Al hacerlo así se escapa de las convenciones de los filmes de prisiones, siempre atados a la privación de libertad, siempre anclados en esa frustrante espera a que la condena acabe o la fuga sea efectiva.
En Celda 211 todo acontece deprisa. En estado febril. En un ritmo que retuerce el tiempo, que lo estruja y, al hacerlo así, transforma las actitudes, las lealtades y la vida. Aunque casi el cien por cien de su metraje acontezca en el interior de una prisión, ésta se revela como un pretexto, como un campo de batalla en el que se dirimen las diferencias sociales, la hipocresía política, las castas y las jerarquías; en definitiva, lo que Renoir tituló La regla del juego.
El juego en Celda 211 lo marca el azar y la regla es la desesperación. Sus principales protagonistas son un recluso prometido a la muerte y un funcionario al que las circunstancias le obligan a saber que el destino depende de eso tan caprichoso que describía Woody Allen en Match point, ¿dónde cae la bola? En su caso, en el peor lado.
Energía en la dirección, precisión en los intérpretes y un relato capaz de ir mucho más allá de la mera utilización de la anécdota alimentan este filme que ofrece pliegues oscuros y personajes notables. Cierto que hay una debilidad extrema, la que ocupa el personaje de Marta Etura, pero no por su culpa. Lo demás resulta de un control inusitado en el cine español. Esto no es una fábula para amiguetes de casa, esto es cine que aspira a traspasar fronteras.
Gracias por su comentario
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