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Tribuna Abierta

¿Una sociedad alienada?

* Miembro de Res Pública, por J. Gabriel Mariscal - Jueves, 5 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 08:29h

MI preocupación por intentar vivir conscientemente y mi adhesión a la visión liberal de la vida hace que me parezca necesario poner en solfa nuestras creencias. No me refiero en primera línea al hecho religioso, sino a lo que podemos calificar de axiomas, prejuicios, imágenes, en los que, como dice Ortega, estamos, desde los que vivimos sin ponerlos casi nunca en cuestión, hacemos nuestras elecciones importantes y tomamos nuestras decisiones. Hay que revisar constantemente los armarios y también los almarios, pero hay que saber bien lo que se hace y lo que se pretende. No sea que nos quedemos sin nada.

Quienes defienden la intemperie sólo la defienden para los demás. Así, dice Galbraith que son profesores universitarios con empleo vitalicio los que principalmente han lamentado las restricciones de la competencia y del movimiento libre de los precios, principal fuente de incertidumbre para las firmas mercantiles. A su vez, y según el mismo Galbraith, son los ejecutivos de empresa, que no se sentirían atraídos por compañías que practiquen el despido libre o carezcan de medidas de jubilación adecuadas, quienes miran por lo común como cosa propia de la gente más perezosa y degenerada la preocupación de los trabajadores por el seguro de desempleo o la pensión de jubilación.

No se trata, pues, de provocar la quiebra de todos los valores, sino de encontrar problemas y debilidades en nuestras creencias y reaccionar ante ellos con ideas, con esfuerzo reflexivo de respuesta. Hay algunas creencias presentes en nuestra sociedad, cuyo efecto me parece perverso.

Bien está el deporte. Mal está la estupidez deportiva. No voy a censurar a los aficionados a este o aquel equipo de balompié o de baloncesto; a este o a aquel tenista, ciclista, motorista o automovilista; pero sí me parece imbécil el forofismo; la conversión del deporte o, mejor dicho, del espectáculo, en un espasmo de nacionalismo acomplejado; en un torrente indocumentado de derby, play-off, basket, errores no forzados y otros cultos neologismos; en un vaivén de millones de euros, de repetitivas y aburridísimas informaciones sobre esta o aquella figura.

La información es imprescindible para vivir con un mínimo de racionalidad y de dignidad, pero confundir la noticia con el suceso es una pura y simple estulticia. Lo llevan haciendo los medios hace tiempo: la violencia de pareja es una de las materias paradigmáticas; cualquier suceso familiar, aunque en sí de importancia, insignificante para el común, se convierte en un espectáculo que dura días, cuando no semanas.

Es posible que esté justificado el cierre de Garoña pero ante la obsesión de Zapatero y la lata de una serie de ecologistas, no es fácil creérselo

A la sociedad se le droga con noticias machaconamente repetidas y se le propone ganar una med

Empecemos por la gripe A. La hemos tenido, y la seguimos teniendo, a diestro y siniestro, mediodía y noche, con comparecencias de toda clase de personas y autoridades, con detalles de cuántas muertes, de si los fallecidos eran sanos o tenían alguna afección, de si en este país o en aquél. Y… ¿por qué nos inquieta todo ello, si, en realidad, la gripe estacional hace tantas o más víctimas todos los años? La gripe A no es, pues, noticia. Lo único que se consigue con tanta insistencia y lujo de detalles es alarmar, al parecer, sin fundamento a ciudadanos aprensivos, temerosos, ignorantes.

De los casos de muertes hubo una que ha sido una auténtica tragedia excepcionalmente dolorosa: la de la madre fallecida y el niño nacido por cesárea de la madre y que luego falleció, al parecer, por un error. Es lógico informar de ello; no lo es dedicar día y noche durante una serie de jornadas a repetir sin parar el hecho, con minuciosidades carentes del menor interés, como es entrar a hurgar en la intimidad de la familia, en los entresijos de un hospital prestigioso, montar entrevistas absolutamente improcedentes por lo desagradables y enormemente aburridas y deleitarnos, una y otra vez, con la monserga corporativista de turno. Esto no me parece información; me parece chismorreo de mal gusto.

Otro adefesio informativo fue la muerte de Michael Jackson. Una cosa es la noticia. Me parece, en cambio, una imbecilidad y una grosería moral convertir una muerte en un desagradable y repetitivo espectáculo de formato casi festivo, con una aburrida orquestación de si le entierran o no, de dónde y cuándo en su caso, amén de otros aspectos más pedestres y sórdidos propios de casi todos los asuntos de herencias.

Otro tema de difícil digestión. ¿Cuál es la razón real del cierre de la central nuclear de Ascó? ¿Y por qué la solución dada al cierre de la central de Garoña? Es posible que estén justificados los cierres; pero, teniendo en cuenta la obsesión enfermiza del presidente del Gobierno contra la energía nuclear y la lata que dan incansablemente una serie de grupos ecologistas y algunos medios, no es fácil creérselo. Y esto se quiere llamar progresismo. ¿En qué está el progreso? ¿En arrugarse ante los riesgos que indudablemente presenta toda instalación de tecnología nuclear por unos planteamientos con muchos más visos de ideología que de ciencia? ¿Por qué no se respeta la voluntad de quienes viven junto a las centrales y trabajan en ellas? ¿Qué garantía real tienen de un puesto de trabajo sustitutivo? Y aun cuando la tuvieren, ¿todos van a tener un trabajo equivalente? No voy a echar la culpa a las organizaciones ecologistas. Ellas realizan su función. Pero quien decide es el Gobierno y éste no tiene derecho a plantearse el problema sobre la base de un puñado de votos, de un supuesto planteamiento políticamente correcto, ni de que les guste o no a los propietarios de la central o a otros grupos. Ni siquiera a su propio partido.

Con este panorama de mensajes, en el que las excepciones son casi imperceptibles, ¿qué podemos esperar de nuestra sociedad? Una sociedad a la que se droga con noticias de nulo o escaso valor, hinchadas y machaconamente repetidas; a la que se le propone como excepcional orgullo nacional ganar una medalla -lo que sin duda es bueno, pero por encima de todo para quien la gana- en una competición de espectáculos en los que se atosiga a los ciudadanos con la presentación insistente, prolongada y entusiasta de figuras dignísimas sin duda, y algunas muy meritorias, pero insuficientes por sí solas como criterios de referencia. Una sociedad a la que, en definitiva, se le da gato por liebre en la información. ¿Dónde quedan las previsiones de Huxley y de Orwell sobre la idiotización de la sociedad futura?

No creo que nada de esto sea un estímulo para aprovechar gozosamente la vida y sus momentos de ocio en el progreso personal. Al contrario, se fomenta vaciedad de espíritu, desinterés por todo lo que no sean bienes materiales. En realidad, ni siquiera placer en el sentido de satisfacción y autoestima razonable; sólo evadirse y matar el tiempo. Triste panorama societario.

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